Creyendo que han participado en un hecho histórico, los
catalanes han acudido de manera masiva a las urnas, para votar en el pseudo
Referendum que les ha permitido el Estado, pero haciendo un ejercicio de
libertad que por sí mismo, es digno de admirar, se esté de acuerdo o no con la
consulta.
Queda probado que las prohibiciones, la falta de diálogo, el
reiterado ataque que han venido recibiendo desde el Partido Popular, no han
servido, sino para que desearan mucho más hacer uso de su derecho a decidir,
sin que ninguna de las estúpidas medidas tomadas por Mariano Rajoy hayan
conseguido disuadirles de una idea que puede parecer mala o buena, pero que les
ha devuelto la ilusión.
Ya hemos hablado con anterioridad de las dudas que a muchos
nos provocan los motivos de Mas, para haberse convertido en adalid de la
independencia y también de la peligrosidad que históricamente han tenido los
nacionalismos, del signo que fueren, para los destinos de los pueblos, pero el
llamado problema catalán y la gestión que se ha hecho del mismo desde el
gobierno español, no es ya siquiera, una cuestión meramente identitaria, sino
más bien, un deseo colectivo de no ceder a una dominación impuesta por la razón
de la fuerza.
Quizá por eso, muchos que recelaban de las razones de su
Presidente, cuya política de recortes ha sido, exactamente igual que la de
Rajoy, de una ferocidad desmedida, se han animado finalmente a depositar su
voto en las urnas, aún cuando no se hayan aclarado aún las vías a seguir si
realmente se consiguiera una Independencia, que tal vez, ni siquiera se habían
planteado con anterioridad, hasta que les prohibieron la celebración de la
Consulta.
El conflicto, que en principio bien pudo haber quedado
resuelto por la vía del diálogo, que no es otra que atender recíprocamente a
las razones de peso que se plantean ante una mesa de negociación, ha sido en
diferentes fases, primero ignorado, después amenazado y por último reprimido,
sin que se haya ofrecido desde Moncloa una explicación diferente a lo que
marcan unas leyes, que sistemáticamente han sido modificadas a conveniencia del
Gobierno y que ahora se han convertido en una excusa recurrente para abortar la
libertad de expresión de una parte del pueblo.
No es de extrañar, si se tiene en cuenta que la trayectoria
de Rajoy desde que llegó al poder se ha orientado de todas las maneras posibles
hacia una supresión paulatina de los derechos civiles, tratando además de
criminalizar a cualquier colectivo o persona, que se atreviera a contradecir
cualquiera de sus acciones de gobierno.
Si a esto añadimos el rancio nacionalismo español del que
siempre ha hecho gala el PP, apoyado en un patrioterismo barato, incapaz de
evolucionar con el paso inexorable del tiempo, la cuestión catalana no podía
ser abordada de otra manera que como se ha hecho, siendo quién es, este
Presidente de Gobierno.
Pero que Rajoy haya convertido el silencio en un modo de
hacer política y que en cierta medida le haya funcionado para ir dilatando los
problemas, sin afrontar el modo de resolverlos, no quiere en absoluto decir que
esa sea la mejor manera de gobernar, ni que haya conseguido el éxito, en
ninguna de sus batallas.
Porque si hubiera hablado, si hubiera al menos admitido la
posibilidad de derivar el estado de las autonomías hacia una situación de
federalismo, quizá la otra parte, la que representan Mas y sus socios, hubiera
retrocedido en sus posiciones, posponiendo la consulta, hasta comprobar al
menos. qué tal funcionaría Catalunya, si fuera un Estado federal.
Somos muchos los españoles que nos mantenemos al margen de
este enraizado conflicto, quizá porque pensamos que el entendimiento entre los
pueblos siempre es posible, por fuertes que sean sus diferencias y muchos
también, los que nos alegramos de que los catalanes hayan decidido dar hoy un
paso adelante, libres del miedo que se les ha pretendido inculcar, votando como
querían hacerlo.
Puede que esta lección sirva para convencer a Rajoy de la
importancia de que salga de su ostracismo y de la obligatoriedad de oír a los
ciudadanos en sus reivindicaciones, procedan de donde procedan y propongan lo
que propongan.
Esa, es la primera exigencia que debe hacerse a sí mismo un
Presidente de Gobierno, si es que es verdad, como suelen decir, que representan
a todos y cada uno de los ciudadanos.

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