Se va acercando el nueve de Noviembre y nada se sabe sobre
las intenciones que guarda celosamente Rajoy, acerca de las medidas que tomará,
si Mas persiste en el empeño de celebrar la consulta en Cataluña.
Los recientes casos de corrupción han agotado casi hasta el
extremo las fuerzas de los populares para afrontar otros problemas de gobierno,
pero la vida sigue y el panorama político en España no sólo tiene que ver con
redadas policiales o malas gestiones en el tratamiento del virus del ébola, del
que por suerte, ha salido Teresa Romero, definitivamente airosa.
Debe ser muy difícil pensar en dirigir el curso de un país,
con la espada de Damocles apuntando directamente al centro de tu cabeza y
rodeado de sospechosos habituales de los que no sabes cuánto tiempo te puedes
fiar, antes que la justicia descubra si tienen alguna cuenta en Suiza, en
Andorra, o en cualquier paraíso fiscal, proveniente de alguna malversación de
caudales públicos, que son, teóricamente, de todos los ciudadanos.
Pero Rajoy tiene un grave problema con la cuestión de
Cataluña y la sociedad española, derecho a saber qué piensa hacer si el nueve
de Noviembre, las urnas se colocan en la calle y los catalanes votan
masivamente, contraviniendo todas las sentencias dictadas por los tribunales y
a favor de la independencia.
¿Ordenará el Presiente la detención de los más destacados
líderes promotores del Referéndum?
¿Reprimirá con medios policiales la participación ciudadana
en la votación?
¿Tomará los colegios para evitar el recuento de votos o
permitirá que se conozcan los resultados, comunicando después, a través de
alguno de sus colaboradores, que no tienen validez, al ser la consulta ilegal,
pasando directamente a otra cosa?
¿Y cómo sentará en Cataluña que alguna de estas cosas se
produzca? ¿Cómo reaccionarán los ciudadanos si las fuerzas del orden, por
ejemplo, les impiden por medio de la fuerza acudir pacíficamente a votar? ¿Y
los daños colaterales que se producirán seguramente, si se tomara este camino?
El silencio que se mantiene desde el poder, resulta
verdaderamente inquietante, si se tiene en cuenta que una de las primeras
obligaciones de un Presidente de Gobierno es mantener informada a la ciudadanía
de las acciones que se van a llevar a cabo, por incómodas y dolorosas que sean.
Pero el nueve de noviembre está encima y la esperada
comparecencia de Rajoy no se produce, por lo que aumentan considerablemente las
especulaciones que en torno al tema, se van haciendo en todos los círculos
políticos, de todo signo.
Vivir en este País, es ciertamente turbador, pues nunca se
sabe qué clase de futuro nos aguarda, debido al gusto por el ocultismo que
practica este Presidente, al que parece asustar sobremanera ponerse delante de
su pueblo, para cumplir con una de las labores que por razón de su cargo
resulta ineludible, vaya o no, en consonancia con su propia manera de ser o sus
preferencias personales al afrontar los problemas.
Cinco días, nos separan de conocer de primera mano y
seguramente a través de los medios, el desenlace de esta historia.
Esperemos que todas las partes implicadas en el evento sean
capaces, al menos, de conservar la tranquilidad y nadie pierda los nervios
complicando una situación que, en principio, habría podido ser, con diálogo,
felizmente pacífica.

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