El opio del pueblo español, el fútbol, que hace tiempo dejó de ser un deporte para convertirse en el
negocio más rentable de cuántos tenemos, además de ayudar a los gobiernos a
canalizar la indignación ciudadana, a través de los resultados de la liga y
otras competiciones, propicia inequívocamente la aparición de ciertos grupos de
fanáticos seguidores de los equipos, que se mueven casi exclusivamente y con la
tácita complicidad de los Clubs, por medio de la violencia.
Dos de estos grupúsculos formados en su mayoría por gente
intelectualmente pobre, como no puede ser de otra manera, a la vista de las
acciones a las que se dedican, acaban de protagonizar un suceso en las calles
de Madrid que se ha saldado con la muerte de un aficionado de poco más de
cuarenta años y con una docena de heridos que han tenido que ser atendidos en
los hospitales públicos, a pesar de que habían programado con anterioridad el
encuentro, con la única intención de atacarse los unos a los otros, sin que
mediara entre ellos más conflicto que el de pertenecer a equipos distintos, que
jugaban entre sí, un partido más, un domingo cualquiera.
Estas “citas”, que resultan del todo incomprensibles para
cualquier persona normal, pero que son algo rutinario entre fanáticos
futboleros, ponen de manifiesto que todo lo que sucede alrededor de dicho
deporte y muy particularmente el comportamiento de algunos de sus seguidores,
ha de ser revisado severamente, a la mayor brevedad, por constituir en sí mismo
un grave peligro para la seguridad de los ciudadanos en general y muy
concretamente para aquellos que sólo con ánimo de divertimento, acuden a los
campos para ver los partidos, muchos, acompañados de sus familias.
Y sin embargo, sin que se llegue a entender la razón, al
fútbol se le consiente todo. No sólo ya que acumulen deudas millonarias con la
Hacienda pública o que presuman de pagar por determinados jugadores cifras
insultantes en unos tiempos como los que corren, sino también que
periódicamente, alteren el orden público destrozando el mobiliario urbano e
incluso locales cercanos a la ubicación de los Campos, llegando algunos
individuos, como vimos ayer, a ser capaces de matar a palos, a navajazos, o por
inmersión en el rio, a otros, simplemente porque cometen el “delito” de ser
socios de otro club que no es el suyo o incluso, porque pasaba por allí, en
aquel momento.
Llama la atención en estos casos el silencio ensordecedor de
Interior, que ni siquiera califica a estos energúmenos sin cerebro como
alborotadores profesionales, como suele hacer cuando se trata de hablar de
manifestantes que han salido a las calles a protestar contra alguna medida del
gobierno y a pesar de que estas historias de violencia se repiten Domingo tras
Domingo, en casi todas las capitales de España. Todavía, ni siquiera se ha
planteado la creación de alguna ley, que sancione duramente la reincidencia de
estos individuos en este tipo de actos, que no es la primera vez que cuestan vidas,
como todos podemos comprobar, si tiramos de Hemeroteca.
¿Hasta cuándo se va a seguir tolerando que los Clubs se
desentiendan de lo que saben a ciencia cierta que pasa con estos seguidores, a
los que incluso suelen mimar, por considerarlos una especie de élite, entre sus
abonados?
¿Cuánto tiempo se va a ignorar el abuso reiterado de los
dirigentes de los equipos, magnates casi todos, deudores con el erario de todos
y consentidores tácitos de historias como la de ayer, de las que no hacen más
que tratar de desligarse con buenas palabras?
La verdad, parece que los gobiernos tuvieran mucho que
agradecer a este tipo de empresas, a juzgar por la inacción que protagonizan
frente a ellas, tanto en las cuestiones financieras, como en las de las
alteraciones del orden público que se producen a las puertas y dentro de los
estadios.
Cierto es, que el Fútbol adormece conciencias y que gracias a
él, muchos ciudadanos se evaden por un rato de los verdaderos problemas que les
acucian, ofreciendo con esa evasión, un respiro al Gobierno.
Pero todo tiene sus límites. Y la manera de afrontar todo lo que sucede
alrededor de este negocio es, por lo menos, de una inmoralidad consumada y
muchos de nosotros, afirmo, nos escandalizamos por ello.

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