lunes, 1 de diciembre de 2014

Un nido de violencia


El opio del pueblo español, el fútbol, que hace tiempo  dejó de ser un deporte para convertirse en el negocio más rentable de cuántos tenemos, además de ayudar a los gobiernos a canalizar la indignación ciudadana, a través de los resultados de la liga y otras competiciones, propicia inequívocamente la aparición de ciertos grupos de fanáticos seguidores de los equipos, que se mueven casi exclusivamente y con la tácita complicidad de los Clubs, por medio de la violencia.
Dos de estos grupúsculos formados en su mayoría por gente intelectualmente pobre, como no puede ser de otra manera, a la vista de las acciones a las que se dedican, acaban de protagonizar un suceso en las calles de Madrid que se ha saldado con la muerte de un aficionado de poco más de cuarenta años y con una docena de heridos que han tenido que ser atendidos en los hospitales públicos, a pesar de que habían programado con anterioridad el encuentro, con la única intención de atacarse los unos a los otros, sin que mediara entre ellos más conflicto que el de pertenecer a equipos distintos, que jugaban entre sí, un partido más, un domingo cualquiera.
Estas “citas”, que resultan del todo incomprensibles para cualquier persona normal, pero que son algo rutinario entre fanáticos futboleros, ponen de manifiesto que todo lo que sucede alrededor de dicho deporte y muy particularmente el comportamiento de algunos de sus seguidores, ha de ser revisado severamente, a la mayor brevedad, por constituir en sí mismo un grave peligro para la seguridad de los ciudadanos en general y muy concretamente para aquellos que sólo con ánimo de divertimento, acuden a los campos para ver los partidos, muchos, acompañados de sus familias.
Y sin embargo, sin que se llegue a entender la razón, al fútbol se le consiente todo. No sólo ya que acumulen deudas millonarias con la Hacienda pública o que presuman de pagar por determinados jugadores cifras insultantes en unos tiempos como los que corren, sino también que periódicamente, alteren el orden público destrozando el mobiliario urbano e incluso locales cercanos a la ubicación de los Campos, llegando algunos individuos, como vimos ayer, a ser capaces de matar a palos, a navajazos, o por inmersión en el rio, a otros, simplemente porque cometen el “delito” de ser socios de otro club que no es el suyo o incluso, porque pasaba por allí, en aquel momento.
Llama la atención en estos casos el silencio ensordecedor de Interior, que ni siquiera califica a estos energúmenos sin cerebro como alborotadores profesionales, como suele hacer cuando se trata de hablar de manifestantes que han salido a las calles a protestar contra alguna medida del gobierno y a pesar de que estas historias de violencia se repiten Domingo tras Domingo, en casi todas las capitales de España. Todavía, ni siquiera se ha planteado la creación de alguna ley, que sancione duramente la reincidencia de estos individuos en este tipo de actos, que no es la primera vez que cuestan vidas, como todos podemos comprobar, si tiramos de Hemeroteca.
¿Hasta cuándo se va a seguir tolerando que los Clubs se desentiendan de lo que saben a ciencia cierta que pasa con estos seguidores, a los que incluso suelen mimar, por considerarlos una especie de élite, entre sus abonados?
¿Cuánto tiempo se va a ignorar el abuso reiterado de los dirigentes de los equipos, magnates casi todos, deudores con el erario de todos y consentidores tácitos de historias como la de ayer, de las que no hacen más que tratar de desligarse con buenas palabras?
La verdad, parece que los gobiernos tuvieran mucho que agradecer a este tipo de empresas, a juzgar por la inacción que protagonizan frente a ellas, tanto en las cuestiones financieras, como en las de las alteraciones del orden público que se producen a las puertas y dentro de los estadios.
Cierto es, que el Fútbol adormece conciencias y que gracias a él, muchos ciudadanos se evaden por un rato de los verdaderos problemas que les acucian, ofreciendo con esa evasión, un respiro al Gobierno.
Pero todo tiene sus límites. Y  la manera de afrontar todo lo que sucede alrededor de este negocio es, por lo menos, de una inmoralidad consumada y muchos de nosotros, afirmo, nos escandalizamos por ello.






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