martes, 9 de diciembre de 2014

En manos de Castro


Como era de esperar, el Fiscal Horrach carga las tintas contra Iñaki Urdangarín, en el caso Noos y pide cerca de veinte años de cárcel para él, mientras continúa defendiendo la inocencia de la Infanta, en consonancia con la postura que ha venido manteniendo, desde que se iniciara la instrucción de este caso.
En clara oposición a la conocida actitud del juez Castro, que en todo momento ha ignorado la procedencia familiar de cristina de Borbón, en un intento desesperado por aplicar una justicia igualitaria para todos los españoles, Horrach considera que si de algún modo habría que castigar a la hermana del Rey, sería admitiendo que se lucró de los capitales obtenidos de esta trama corrupta, aunque sin conocer la procedencia de los mismos.
Los ciudadanos, que reiteradamente han afeado la actuación de este fiscal, que reiterativamente se ha apartado de sus funciones específicas en este caso en concreto, esperan que la inflexibilidad de Castro al juzgar esta causa sea absoluta y que nadie se libre de ser condenado a la pena que correspondiese a sus delitos, con independencia de su apellido.
La acusación popular sin embargo, pide ocho años de cárcel para la mujer de Urdangarín y defiende su participación directa en los negocios que en este caso se tratan, con conocimiento pleno de que se estaban defraudando caudales públicos y utilizando estas ganancias en mil aspectos de su vida personal, como demuestran las cuatrocientas facturas que obran en poder del Juez.
Se da además, un flagrante agravio comparativo con las acusaciones que Horrach hace a la mujer del socio de Urdangarín , que podrían colocarla en una clara indefensión, siendo su posición en las empresas exactamente la misma que la de Cristina de Borbón, a quien no se le supone delito alguno.
Todo este caso, que desde el principio ha resultado extremadamente espinoso, precisamente por la importancia en la vida pública de los implicados, continúa, a día de hoy, constituyendo una enorme maraña que con toda probabilidad resultará difícil desenredar, si el juez no se afana en el estricto cumplimiento de sus funciones, a pesar de la multitud de presiones externas que ha recibido y recibe, desde que cayera en sus manos la instrucción de la causa.
La opinión general es que si Castro no se ha rendido hasta ahora, nada ni nadie podrá impedir que siente a la Infanta en el banquillo y que consiga a duras penas, llegar hasta el mismo fondo de este asunto, aunque no sea más que para demostrar que no se equivocaba en sus conclusiones, que le han costado una enemistad manifiesta con un fiscal, que más parece abogado defensor contratado por la Casa Real, que acusador, como debiera.
Por tanto, no parece probable que el Juez admita la aplicación de la Doctrina Botín, que seguramente reclamará la defensa de Borbón como último recurso y todo hace pensar que los españoles veremos al matrimonio Urdangarín, uno junto a otro, en el juicio, por mucho que pese al Gobierno, a la Casa Real y a todos los monárquicos del País, por la vergüenza que constituye para la Institución a la que pertenecen ambos cónyuges.
Pero el principio de igualdad ha de ser aplicado en los juzgados mucho más que en cualquier otra parte y es por tanto de Ley, que aquellos que delinquen se atengan a las consecuencias que acarrea el descubrimiento de sus delitos, sin que sea jamás posible la impunidad para nadie, sea Príncipe, o simplemente, mendigo.
Una condena a Cristina de Borbón, si la merece, reforzaría y mucho la opinión que los ciudadanos tienen sobre un deteriorado  Sistema Judicial, que ha venido desgraciadamente y con demasiada frecuencia, bailando el agua a los infractores fiscales, emitiendo ridículas sentencias que han permitido que la corrupción llegue a los niveles que está alcanzando últimamente.
El único camino para terminar con esta sinrazón es que los culpables, sean quiénes sean, devuelvan los capitales robados en su integridad y paguen con los años de cárcel que les corresponda, la osadía de haber cometido un delito que nos afecta directamente a todos.
Y ser Borbón, no constituye en modo alguno, un eximente.


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