Si la lucha sindical por los derechos de los trabajadores
funcionara de manera lógica en este País, ningún representante de estas
organizaciones hubiera accedido a sentarse para estampar su firma en un
documento que ofrece como única opción a los desempleados de larga duración, un
subsidio de cuatrocientos euros, para cuya percepción se exige, además, una
lista de condiciones personales.
Si en lugar de Touxo y Méndez, fueran Marcelino Camacho y
Redondo los encargados de negociar, en este caso con fuerzas gubernamentales,
en un escenario dónde seis millones de parados reclaman con urgencia la
oportunidad de volver a entrar al mercado laboral, en condiciones dignas, el
plante a esta vergonzosa propuesta, que en nada soluciona la terrible situación
a que se ha visto reducido el mundo del trabajo en España, hubiera estado
asegurado, además de haberse visto acompañado por una convocatoria de huelga
general, que hubiera hecho entender a Rajoy y los suyos, que los ciudadanos se
niegan con rotundidad a vivir de limosna y que su deseo va encaminado,
exclusivamente, a recuperar todos y cada uno de los derechos laborales que les
han sido violentamente arrebatados, por las medidas de austeridad que han
auspiciado los populares.
Pero estos Sindicatos y sus líderes, hace tiempo que
renunciaron a los principios con que fueron creados y se han acostumbrado a
disfrutar con plena inercia, de la cómoda vida que les regala el hecho de ser
mantenidos por las subvenciones estatales, abandonando de esta manera a los
trabajadores a una suerte negra, sin levantar un solo dedo por defenderlos y
escorados en su posición de privilegio.
Por eso están dispuestos a firmar acuerdos que no hacen otra
cosa que incidir en la desgracia colectiva que padecemos todos, aceptando las
migajas que este sistema que nos ha llevado a la más absoluta ruina, les pueda
ofrecer y sin tener en cuenta que con su actitud contribuyen a dañar gravemente
los sentimientos de unas personas, a las que dejan en la indefensión más
absoluta.
Nada han hecho por impedir que se aprobara la nefasta Reforma
Laboral que liberalizó los despidos, ni porque no se rebajaran los sueldos de
la manera más descarada, hasta límites inimaginables, ni nada tampoco, por
exigir una oportunidad para el más de cincuenta por ciento de jóvenes a los que
no se les da otra opción que marcharse al extranjero, para poder encauzar sus
vidas, ni por frenar la privatización encubierta de la Sanidad y la Educación
públicas, permitiendo los enormes recortes que se han venido produciendo en
estas áreas, además de en los fondos destinados a la Investigación, cada vez
mucho más denostada por la falta de medios que tampoco, en ningún momento,
exigieron.
Enrocados en una posición de poder, semejante a la que
ostentan los líderes de los principales Partidos Políticos, lo único por lo que
se ve combatir a estos esperpénticos sindicatos, es porque no se vean mermados
las cifras que reciben para cursos de formación, por ejemplo, y que no hace
falta decir dónde acaban, como es público y notorio.
Los parados de larga duración, naturalmente, harán lo posible
por recibir estas vergonzosas subvenciones y lo harán convencidos de la
imposibilidad de conseguir nunca más una reincorporación al mundo del trabajo,
que se les niega sistemáticamente por las doctrinas seguidas por este Sistema,
pero no sería ese su deseo, sino poder demostrar que a pesar de ser mayores de
cuarenta y cinco años, aún pueden ser y son útiles para esta loca Sociedad que
empieza a considerarles viejos, en plena madurez física y psíquica, para su
propia desgracia.
Y aunque para quiénes no tienen nada, la limosna de
cuatrocientos euros significa poder hacer frente a unos cuantos recibos o poder
cubrir necesidades muy primarias en el seno de la familia, la oferta en sí, se
asemeja a lo que hasta ahora sólo se había conocido en periodos de posguerra y
hiere los sentimientos de una ciudadanía, que no quiere ni debe conformarse con
la adopción de medidas de este corte, que rayan en la más absoluta vileza.
La labor propia de los Sindicatos sería pues, canalizar la
indignación de este sector bien nutrido
de ciudadanos y ayudarles en la consecución de metas mucho más loables, por
medio de una lucha continuada contra los incomprensibles deseos de un gobierno,
cuya aspiración parece encaminada a convertir el mercado laboral español, en
una mera cadena de producción de corte asiático.
Los medios para conseguirlo, no hace falta que los enumere
ningún articulista como yo, pues de todos son conocidos, desde hace ya
demasiados años.
¿Qué no sería fácil? Por supuesto, pero el inmovilismo, la
sumisión y la permisividad con la manipulación de los gobiernos en el panorama
laboral, solo pueden traer, exactamente lo que ahora tenemos: habernos
convertido en esclavos dispuestos a competir entre nosotros por un poco más que
un plato de comida en la mesa y vivir en un pozo negro de miseria, de la que no
se nos permite salir para no molestar en nada, a quienes detentan un poder que
ignora nuestras verdaderas carencias.
La firma de este acuerdo, ridiculiza a quiénes lo suscriben e invita a los afiliados a las
Organizaciones Sindicales, a una profunda reflexión sobre su permanencia en
ellas, en vista de estas actitudes.
Está muy claro que estamos solos ante los poderosos. Ya no
cabe la menor duda.

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