martes, 16 de diciembre de 2014

La firma de la vergüenza


Si la lucha sindical por los derechos de los trabajadores funcionara de manera lógica en este País, ningún representante de estas organizaciones hubiera accedido a sentarse para estampar su firma en un documento que ofrece como única opción a los desempleados de larga duración, un subsidio de cuatrocientos euros, para cuya percepción se exige, además, una lista de condiciones personales.
Si en lugar de Touxo y Méndez, fueran Marcelino Camacho y Redondo los encargados de negociar, en este caso con fuerzas gubernamentales, en un escenario dónde seis millones de parados reclaman con urgencia la oportunidad de volver a entrar al mercado laboral, en condiciones dignas, el plante a esta vergonzosa propuesta, que en nada soluciona la terrible situación a que se ha visto reducido el mundo del trabajo en España, hubiera estado asegurado, además de haberse visto acompañado por una convocatoria de huelga general, que hubiera hecho entender a Rajoy y los suyos, que los ciudadanos se niegan con rotundidad a vivir de limosna y que su deseo va encaminado, exclusivamente, a recuperar todos y cada uno de los derechos laborales que les han sido violentamente arrebatados, por las medidas de austeridad que han auspiciado los populares.
Pero estos Sindicatos y sus líderes, hace tiempo que renunciaron a los principios con que fueron creados y se han acostumbrado a disfrutar con plena inercia, de la cómoda vida que les regala el hecho de ser mantenidos por las subvenciones estatales, abandonando de esta manera a los trabajadores a una suerte negra, sin levantar un solo dedo por defenderlos y escorados en su posición de privilegio.
Por eso están dispuestos a firmar acuerdos que no hacen otra cosa que incidir en la desgracia colectiva que padecemos todos, aceptando las migajas que este sistema que nos ha llevado a la más absoluta ruina, les pueda ofrecer y sin tener en cuenta que con su actitud contribuyen a dañar gravemente los sentimientos de unas personas, a las que dejan en la indefensión más absoluta.
Nada han hecho por impedir que se aprobara la nefasta Reforma Laboral que liberalizó los despidos, ni porque no se rebajaran los sueldos de la manera más descarada, hasta límites inimaginables, ni nada tampoco, por exigir una oportunidad para el más de cincuenta por ciento de jóvenes a los que no se les da otra opción que marcharse al extranjero, para poder encauzar sus vidas, ni por frenar la privatización encubierta de la Sanidad y la Educación públicas, permitiendo los enormes recortes que se han venido produciendo en estas áreas, además de en los fondos destinados a la Investigación, cada vez mucho más denostada por la falta de medios que tampoco, en ningún momento, exigieron.
Enrocados en una posición de poder, semejante a la que ostentan los líderes de los principales Partidos Políticos, lo único por lo que se ve combatir a estos esperpénticos sindicatos, es porque no se vean mermados las cifras que reciben para cursos de formación, por ejemplo, y que no hace falta decir dónde acaban, como es público y notorio.
Los parados de larga duración, naturalmente, harán lo posible por recibir estas vergonzosas subvenciones y lo harán convencidos de la imposibilidad de conseguir nunca más una reincorporación al mundo del trabajo, que se les niega sistemáticamente por las doctrinas seguidas por este Sistema, pero no sería ese su deseo, sino poder demostrar que a pesar de ser mayores de cuarenta y cinco años, aún pueden ser y son útiles para esta loca Sociedad que empieza a considerarles viejos, en plena madurez física y psíquica, para su propia desgracia.
Y aunque para quiénes no tienen nada, la limosna de cuatrocientos euros significa poder hacer frente a unos cuantos recibos o poder cubrir necesidades muy primarias en el seno de la familia, la oferta en sí, se asemeja a lo que hasta ahora sólo se había conocido en periodos de posguerra y hiere los sentimientos de una ciudadanía, que no quiere ni debe conformarse con la adopción de medidas de este corte, que rayan en la más absoluta vileza.
La labor propia de los Sindicatos sería pues, canalizar la indignación de  este sector bien nutrido de ciudadanos y ayudarles en la consecución de metas mucho más loables, por medio de una lucha continuada contra los incomprensibles deseos de un gobierno, cuya aspiración parece encaminada a convertir el mercado laboral español, en una mera cadena de producción de corte asiático.
Los medios para conseguirlo, no hace falta que los enumere ningún articulista como yo, pues de todos son conocidos, desde hace ya demasiados años.
¿Qué no sería fácil? Por supuesto, pero el inmovilismo, la sumisión y la permisividad con la manipulación de los gobiernos en el panorama laboral, solo pueden traer, exactamente lo que ahora tenemos: habernos convertido en esclavos dispuestos a competir entre nosotros por un poco más que un plato de comida en la mesa y vivir en un pozo negro de miseria, de la que no se nos permite salir para no molestar en nada, a quienes detentan un poder que ignora nuestras verdaderas carencias.
La firma de este acuerdo, ridiculiza a quiénes lo  suscriben e invita a los afiliados a las Organizaciones Sindicales, a una profunda reflexión sobre su permanencia en ellas, en vista de estas actitudes.
Está muy claro que estamos solos ante los poderosos. Ya no cabe la menor duda.


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