Saca adelante el PP el proyecto de Ley de Seguridad
Ciudadana, con la oposición de todos los Partidos políticos que forman el
Parlamento y sólo gracias a contar con la consabida mayoría absoluta que tanto
daño nos está haciendo y nos hará, en lo que falta para que se acabe la
legislatura vigente.
La “Ley mordaza”, ideada desde el principio como una medida
de fuerza para evitar cualquier tipo de oposición ciudadana a los mandatos de
este gobierno, acarrea para la Sociedad una nueva pérdida de derechos civiles y la deja prácticamente indefensa ante las
incontables tropelías que se están cometiendo contra ella, al castigar el
derecho de manifestación en determinadas situaciones, con penas de altísimas
multas, sin que medie un juicio donde presentar alegaciones, es decir, de
manera tiránica.
Dos de los actos penados con mayor dureza son el de
manifestarse a las puertas del Congreso y del Senado y el de prestar apoyo a
los desahuciados, intentando impedir la entrada de las fuerzas del orden en los
domicilios.
Tampoco se podrá grabar a los policías mientras ejerzan
represión contra manifestantes, aunque
sus actos sobrepasen con mucho el ejercicio de sus funciones y bastará con la
palabra de los agentes, para que a cualquier ciudadano se le pueda exigir el
pago de multas, considerándose delito hasta el hecho de negarse a presentar el
DNI, si la policía lo requiriese.
Negar el acercamiento de la ciudadanía al Parlamento, que
teóricamente es el órgano representativo de la Nación y blindarlo hasta el
punto de hacer imposible que nada perturbe la tranquilidad de quienes han
llegado a ocupar un escaño, sólo gracias al voto de los españoles, constituye
la mayor aberración de cuántas hemos conocido desde que se implantara la
Democracia y atenaza nuestra libertad de poder dirigir nuestras quejas ante las decisiones que allí se tomen, lo que
resulta francamente inaceptable, si se tiene en cuenta que con nuestros
impuestos financiamos en su integridad, los sueldos de los diputados y
senadores que allí ejercen, incluidos los del PP.
Tampoco es fácil de digerir que mientras se permite con
extrema laxitud que grandes evasores de capitales trasladen los fondos públicos
a cuentas personales abiertas en Paraísos fiscales, se siga consintiendo en que
se desahucie a miles de familias afectadas por el desempleo que ha traído la
Reforma Laboral de Rajoy, sin admitir siquiera que la entrega del inmueble que
habitaban salde la deuda adquirida con unos bancos, cuyo rescate estamos
pagando todos, pero que se niegan a admitir un alquiler social de parte de los
desahuciados, mientras se arregla su situación laboral, incluso en los casos en
que hay por medio, ancianos y menores.
Qué debemos hacer los ciudadanos mientras se producen estos
atropellos, es la pregunta que, en conciencia, nos hacemos todos los que
consideramos que la política no consiste en acatar dócilmente las decisiones de
unos cuantos, sino una pirámide en la que los de arriba han de estar
necesariamente condicionados por los deseos de los que se encuentran debajo, a
quienes han de representar fielmente y siempre en función de un beneficio para
la mayoría.
Sin embargo y para el gobierno que encabeza Mariano Rajoy,
los ciudadanos nos hemos convertido en una seria molestia que le repite a
diario la cruda realidad de su estrepitoso fracaso y que impide, con su
contestación mayoritaria, la vana presunción de haber sido los salvadores de
una Patria que encontraron hundida y a la que han sacado, con sus acciones, de
una profunda crisis.
Que se les recuerde en la calle, a las puertas del Parlamento
o dónde fuere que hay un millón de desempleados más que cuando llegaron, que la
Sanidad y la Educación han bajado considerablemente la calidad de sus servicios
o que den la vuelta al mundo las imágenes de los desahuciados, arrancados
violentamente de sus viviendas por las fuerzas policiales, frustra de manera
indiscutible sus ínfulas triunfalistas y pone en evidencia la gravísima
situación a la que nos han llevado y la opinión que todos tenemos sobre ellos.
Por eso, había que terminar, de la manera que fuere, con las
protestas y sobre todo evitar que la desesperación popular pudiera llegar a
convertirse en un ataque personal contra quienes han estado liderando esta
suerte de catastróficas desdichas.
Para ellos, es mejor tratar únicamente con sus leales
militantes, en mítines y reuniones donde la orquestación de los aplausos les
haga creer, ilusoriamente, que su mandato ha sido un éxito.
Pero esa clac que les vitorea y les aclama allá donde
comparecen, no es el pueblo español, ni representa siquiera a una buena parte
de la sociedad, que piensa de una manera bien distinta.
El gobierno de Rajoy ha representado en realidad para los
españoles, un retroceso histórico de incalculables consecuencias y del que nos
costará trabajo salir, si no nos damos prisa en conseguir, por medio de
nuestros, votos, que el PP abandone con urgencia las posiciones de poder que
ocupa, procurando que no vuelva jamás y que comprenda el calado de sus
acciones.
Podrán amordazarnos por medio de esta Ley, pero sólo hasta
las próximas elecciones.

No hay comentarios:
Publicar un comentario