Conmovidos por los vientos libertarios que acompañan a la marcha de los mineros sobre Madrid, miles de ciudadanos se sienten identificados con las reivindicaciones que exigen estos valientes y se acercan hasta el borde de las carreteras para demostrarles su apoyo, con un aplauso.
Están dando estos trabajadores y sus familias una auténtica lección de coraje, al resistir heroicamente sin dar un paso atrás en la justa reclamación de sus derechos, e incluso soportando la dura represión a que son sometidos, dentro y fuera de las cuencas mineras, demostrando una vez más que son la avanzadilla que siempre estuvo en primera línea de lucha por los logros sociales y que no están dispuestos a ceder, sobre todo cuando saben lo mucho que peligra lo que ha sido hasta ahora, la única fuente de su sustento.
El país mira la marcha con admiración, como si se tratara de un raro vestigio de épocas pasadas, ahora que nadie adopta ya decisiones de este calibre, y aguarda con expectación el desenlace de esta larga huelga, anhelando que dé los resultados apetecidos y en cierto modo, deseando que otros colectivos tan o más afectados que este por los recortes del Gobierno Rajoy, se decidan también a dar un paso al frente para plantar cara de una vez, a la ignominia que se comete con el pueblo.
La recia seriedad que reina en la marcha no puede ser por menos que sobrecogedora para quienes la contemplamos desde fuera, quizá porque para muchos de nosotros representa exactamente aquello que se debería estar haciendo en cada rincón de esta tierra en la que vivimos, aunque sólo fuera para tratar de desterrar la indefensión absoluta en que nos encontramos, huérfanos como estamos, de políticos que representen verdaderamente nuestros intereses y teniendo que seguir bajo las órdenes de un Presidente que se ha propuesto enterrar el poco bienestar que teníamos, bajo los residuos tóxicos de la nube contaminadora que llega desde Europa, sin límite alguno en las medidas que mancillan la dignidad de la gente.
Quizá el habernos acomodado a un modo de vida placentero en los últimos años, nos había hecho olvidar que acciones como éstas han sido las que han ido cambiando a lo largo de la historia el mapa de las relaciones laborales, las que sacaron a los hombres de una esclavitud similar a la que ahora pretenden volver a instalar los dueños de los capitales y los colocaron en un escalafón de igualdad desde el que poder dirigirse a quienes los empleaban a cambio de un salario, consiguiendo a la par una serie de mejoras que ayudaran a tener un futuro mejor para sus hijos y derechos en el ámbito social, que con el tiempo se convirtieron en realidades innegociables.
Este momento, que empieza a parecerse peligrosamente a otras épocas en que se libraban horarios maratonianos a cambio de sueldos de miseria, reclama de nuevo la acción, si se quiere detener el avance generalizado de esta corriente neocapitalista que nos coloca a niveles de hace cincuenta años, como si de repente hubiera vuelto aquella patronal inflexible y represora, cuya arma de persuasión no era otra que la amenaza del despido, si no se aceptaban las condiciones impuestas a sangre y fuego sobre quienes no tenían otra cosa más que sus manos para salir adelante.
Los gobiernos han dado un golpe desde los estados sobre la clase obrera y ya no se puede contar con su ayuda para dirimir el futuro que nos aguarda. Se ha cambiado el caciquismo que imperaba en las aldeas y ciudades, por una mano invisible y manipuladora que maneja los modernos mercados financieros, inclinando siempre la balanza hacia el terreno de los más fuertes y que a través del miedo, intenta desesperadamente llevarnos hacia una posición de indefensión en la que poder retenernos para obtener de nosotros todo el beneficio que podamos reportar a su insaciable avaricia.
Por eso es importante no olvidar de dónde procedemos y volver a retomar los caminos que nos trajeron a donde estábamos, justamente hasta el mismo instante en que a alguien se le ocurrió empezar a inventar esta crisis.
Hay que volver a la pelea, como si los últimos cuarenta años hubieran sido un sueño del que hemos despertado de repente, sabiendo que nuestro esfuerzo diario es la única baza que nos queda para tener derecho a un mañana.
La entrada de los mineros Madrid, es un poco la entrada de todos en la inexpugnable fortaleza que ha establecido este gobierno falaz, su voz es nuestra voz gritando desde las vísceras que ya está bien de rendiciones incondicionales a los designios de la riqueza y de su éxito dependerá seguramente, que pueda darse un cambio en esta orientación política, que no conduce a ninguna parte.

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