No hace tanto tiempo, cuando la euforia electoral del PP subía la libido de sus militantes y el sueño de apartar al maléfico Zapatero de la Moncloa parecía por fin, ser factible de convertirse en realidad, mientras se forjaba la leyenda de que Europa era un lugar asequible al que el radicalismo de las izquierdas no habían sabido llegar, todas las promesas hechas a los votantes españoles auguraban un futuro color de rosa, en cuanto el relevo del poder fuera un hecho y España fuera gobernada por los auténticos defensores de la Patria, que jamás permitirían injerencias que amenazaran la estabilidad nacional, volviendo a colocarnos en el cuadro de honor que se había perdido, por la mala gestión de la crisis.
Pepelandia estaría asentada sobre un estado de bienestar que potenciaría una inmediata bajada de los impuestos y los trabajadores volverían a recuperar con celeridad los trabajos que habían volado con la caída de la burbuja inmobiliaria, con lo cual se daría una reactivación del consumo y se abriría para nosotros una etapa de brillo y esplendor, como la que nos había hecho vivir el nunca bien ponderado Aznar y que tanto se había deteriorado a causa de la mala cabeza de unos dirigentes demasiado derrochadores e ignorantes en cuestiones de Estado, como había quedado probado en la legislatura que estaba a punto de vencer.
Todo eran sonrisas, parabienes y cercanía con las clases populares, para demostrar que al futuro Presidente no le dolían prendas en ir puerta a puerta por pueblos y ciudades, contando a los españoles los principales puntos del programa del cambio, e incluso haciendo gala de resolver los problemas personales de cada uno de los que quisieran oír las buenas palabras de los candidatos al Congreso, sin que quedara un solo rincón por recorrer en toda nuestra geografía y en cualquier lugar en que los residentes españoles representaran un buen fajo de votos.
Una vez alcanzados los objetivos previstos y obtenida la mayoría absoluta en el Parlamento, el panorama preciosista que se nos había pintado empezó a oscurecerse y las primeras insinuaciones a que la herencia recibida no se correspondía con lo esperado empezaron a hacerse patentes, en cada una de las intervenciones de todos los ministros y hasta del propio presidente, cuando todavía teníamos la suerte de merecer su presencia en los medios de comunicación, pues aún no había comenzado su etapa de silencio.
Pero el reloj corría y las maravillas juradas a pie de urna no solo no acababan de cobrar forma, sino que iban siendo sustituidas todas ellas, por un enorme abanico de tijeretazos devastadores, que por su dureza, dejaban caer bruscamente el velo suntuoso que cegó la inteligencia de los electores, mostrando que no parecía ser tan fácil crear el país de ilusión en el que habían creído, subyugados por el discurso de unos cuantos encantadores de serpientes.
La imagen del triunfo, la soberbia de haberlo conseguido y el reflejo de autosuficiencia que emanaban los miembros del gabinete Rajoy, se iban deteriorando al compás de las reformas impuestas y la vida en España se degradaba con celeridad, sin que ya fuera responsabilidad su deterioro, de ningún elemento radical que tuviera que ver ni de cerca, con la intervención de la izquierda.
Después de siete meses, nos ha quedado claro que Pepelandia nunca existió y que sus inventores eran meros ilusionistas que ocultaban bajo las mangas trucos muy diferentes a los que se esperaban en la sala repleta de nuestro teatro.
Los apoyos que se esperaban desde fuera nunca llegaron y la fuerza arrasadora que se iba a poner en el empeño de levantar el país que heredaron, se desinfló pinchada por su propio modo de actuar, a espaldas del patio de butacas.
El mago llevó a cabo el truco final de su propia desaparición y no se le ha vuelto a ver desde entonces, sin que los parabienes que prometía en su atractivo cartel hayan sido percibidos por ninguno de los espectadores que contemplaban su bochornoso espectáculo.
Era cierto, eso sí, que nos aguardaban cambios inimaginables, pero no en el sentido que se anunciaban en la publicidad emitida para obligarnos a comprar las entradas que nos permitirían ver su actuación, cuando aún no había llegado el esperado día del estreno.
Y ahora somos, una grada absolutamente indignada por la estafa que ha protagonizado el ilusionista, que patalea rabiosamente en cada nueva actuación que se nos ofrece, traumatizada por el descaro del engaño.
La trama bien orquestada que nos llevó hasta donde estamos, nos ha servido desde luego de experiencia, para no volver a caer en el error de confiar en sus promotores y para estar pidiendo desde nuestros asientos, que se retire del cartel el entretenimiento que está acabando con nuestra infinita paciencia.
Ya nadie sonríe en el escenario ni fuera de él y en el local, solo se espera que se cierre inopinadamente el telón y que los “artistas” no vuelvan a ser contratados jamás, en el escenario político de esta empresa, de la que todos somos dueños.

No hay comentarios:
Publicar un comentario