Bajo el mandato de un Presidente que parece haber perdido la razón, los españoles hemos caído en una vorágine de pesimismo y nos dejamos arrastrar sin responder, hasta las mismas puertas del abismo que para nosotros prepara una Europa usurera y traidora.
Hemos permitido que se nos culpabilizara de una crisis nacida directamente de la avaricia de los poderosos, abandonándonos a las manos ineptas de unos políticos demasiado implicados en sus propios proyectos de grandeza, como si nada se pudiera hacer ante el infortunio que se nos preparaba, aceptando con sumisión el yugo de esclavitud que a modo de mordaza, se nos colocaba alrededor de la boca, y consintiendo la más grande pérdida derechos sociales hasta ahora conocida, empezando por la rebaja de salarios que se ha instalado como norma en todas las empresas y siguiendo por la pérdida paulatina de calidad, en sectores como la sanidad y la enseñanza.
Las exigencias del monstruo que nos engulle sin piedad hasta aniquilar el que era nuestro modo de vida, siguen siendo de una agresividad tan extrema, que a diario inventa nuevas condiciones para herirnos, sin que nadie sepa realmente dónde revierten los beneficios obtenidos de los planes de ajuste, mientras el desempleo sigue aumentando en una población desesperada por encontrar una salida a su situación de amarga desesperanza,
A medida que el tiempo transcurre sin que se vea el menor síntoma de recuperación, a la vez que se nos vuelve a amenazar con más y más recortes que ahora parecen ir encaminados nuevamente al desgraciado ámbito del funcionariado y puede que también al hasta ahora intocado núcleo de los pensionistas, nadie logra aclarar cuál es exactamente el límite que se pone a estas medidas, ni dónde está el listón hasta el que se llegará, en esta carrera que nunca alcanza la meta, pero cuyas consecuencias nefastas inciden siempre sobre los trabajadores.
Y sin embargo, nadie plantea como posible la desaparición radical de instituciones absolutamente inservibles como las Diputaciones o el Senado, o recorta severamente los sueldos de los políticos, que en muchos casos cuentan con más de un salario, ni reduce drásticamente el número de cargos que pululan alrededor de cada Ministerio, ni se ahorra en desplazamientos o, por ejemplo, en la elevadísima minuta que cada año se lleva la extensa familia real. Nadie propone una inmediata revisión a la baja del Concordato establecido con la Iglesia Católica, ni trae a casa a los soldados que tenemos repartidos por el mundo, mezclados en conflictos que en nada nos atañen, generando unos gastos militares que también parecen del todo intocables.
No se exige la devolución de lo defraudado en los múltiples casos de corrupción que han protagonizado nuestros “intachables” políticos, ni se piden cuentas de las obras faraónicas realizadas para no cumplir ninguna función, como los aeropuertos que salpican la geografía española, sin aviones ni viajeros que justifiquen su existencia.
En lugar de invertir en lo que verdaderamente importa, el trabajo, se endeuda al País hasta los dientes a favor de una banca que ha dejado a su paso flagrantes casos de fraude como el de Bankia, y ni siquiera se investiga la implicación en los delitos de los numerosos consejeros adscritos a estas entidades, con la intención de gozar vitaliciamente de una posición impecable.
Claro está, que de existir justicia y unos sindicatos con la fortaleza requerida para combatir este tipo de atropellos, los límites de los recortes los establecerían, como debe ser en Democracia, las mayorías que las integran.
Pero habiendo como hay, un vacío espeluznante de organismos empeñados en la defensa de los derechos humanos y habiéndose extendido entre nosotros la cómoda postura de aferrarse a los sillones de mando sin fecha de caducidad, probablemente habrá de ser la sociedad en su enorme soledad., quien haya de poner freno a la locura generalizada que ha poseído a nuestros políticos, de manera mucho más enérgica y sonora que la que hasta ahora se ha venido practicando y que tanto agrada al señor Rajoy.
Por su interés, debiera saber que su impopularidad se extiende ya hasta las filas de sus mismos correligionarios y que no hay una sola calle de España en que no se critique severamente su espantosa forma de gobernar, que ya lo califica sin paliativos como el peor de los presidentes que haya tenido nuestra Democracia.
De seguir así, habrá de irse acostumbrando a la algarada y a la protesta y a ir entendiendo que la represión de las ideas y de las voces acaba pasando factura a quien la practica de forma indiscriminada.
Ya tiene a los mineros a las puertas de Madrid. Puede que pronto sigan, por ejemplo, los transportistas, o los funcionarios, en cuyo sueldo se interviene despreciando su esfuerzo y su trabajo, o los mayores que no pueden vivir en el mundo que está creando para ellos, o las amas de casa que no pueden alimentar a sus familias a causa de la subida del IVA, o los desempleados, que se acercan peligrosamente a los siete millones, o los estudiantes a quienes afecta la escandalosa subida de las tasas de matrícula, o los dependientes, que se quedan sin subvenciones junto a otros colectivos de exclusión social, o los periodistas, a los que se niega su libertad de expresión si su opinión es contraria a la de este nuevo régimen, o los agricultores y pescadores, abandonados a su suerte por la ineptitud en las negociaciones, o incluso los niños, a los que también se ha recortado en prestaciones cerrando guarderías, al igual que otros Centros que tienen que ver con algún tipo de ayuda a los humildes.
Si uno se detiene a contar qué número de descontentos albergan todos estos colectivos afectados directamente por el paso huracanado de estos recortes masivos, fácilmente comprenderá que el camino que se ha seguido hasta ahora, no es precisamente, el correcto.
Y si conserva aún un poco de inteligencia, se aprestará a terminar a la mayor brevedad posible con la situación que se esta creando a su alrededor, o habrá de asumir necesariamente, que se termine de otro modo con la espantosa gestión que es la ruina de su propio pueblo.

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