jueves, 26 de julio de 2012

Elementos no deseables


Al fin comparece Rodrigo Rato, ante la Comisión para asuntos económicos del Congreso, revestido con una visible coraza de rabia y soberbia, pero sin dar una sola prueba de autocrítica en lo que fue su gestión de Bankia, a pesar de que su manera de dirigir la entidad, ha obligado al país a embarcarse en una deuda multimillonaria, que ahora recae directamente sobre las espaldas de los sufridos ciudadanos.

Le vemos francamente indignado, con evidentes signos de rencor, iniciar una sucesión de acusaciones directas contra una serie de personas, a las que trata de hacer responsables del estrepitoso derrumbe de la que fuera Caja de Madrid, argumentando haber sido víctima de su propia obediencia ciega, a cuantos consejos se le dieron, en tres momentos distintos y por tres personas diversas.

Arremete primero contra Fernández Ordoñez, pudiendo deducirse de sus palabras que prácticamente le obligó a la fusión que luego sería su fracaso, en pos de una supuesta solidez económica que después se ha demostrado absolutamente inexistente, para continuar afirmando que el gobierno de Rodríguez Zapatero le presionó de manera reiterada para que Bankia entrara en bolsa y que vistos los resultados obtenidos, finalmente fue empujado de manera indigna por el gobierno de Rajoy, hasta tener que abandonar un puesto que, siempre según su criterio, había llevado muy dignamente, a pesar de haber obedecido a rajatabla, cuántas exigencias les fueron impuestas por sus propios correligionarios.

Conociendo la trayectoria de Rato, que se convirtió en un personaje mediático tras ser durante muchos años Ministro de Economía, en el gabinete de José María Aznar, no hay que ser un lince para empezar a dudar de la veracidad de los argumentos aducidos, aunque sólo sea por la personalidad que se le atribuye en los medios políticos, y que no le colocan precisamente, en una postura de docilidad que facilite su manipulación personal por parte de individuos o entidades, sobre todo si proceden de corrientes tan diversas.

No se `puede imaginar a Rato cumpliendo sin rechistar las sugerencias de nadie procedente del principal partido de la oposición, con el que ya mantuvo en su etapa política discrepancias de cierta resonancia, y mucho menos si los consejos llegaban por línea directa desde una Moncloa, entonces tan ansiada por los sueños de grandeza del Partido Popular y en plena hostigamiento a un Presidente demasiado agobiado por las dificultades que le regalaba la crisis y cuyo final se sabía a ciencia cierta cercano, en todos los ámbitos de la Nación.

En el mismo sentido, creer ciegamente en las promesas de un Fernández Ordoñez, al que su partido había sometido a una operación de acoso y derribo, como después se demostró cuando tuvo que abandonar su cargo, tampoco cuadra como justificación cuando se sabe que las simpatías ideológicas de Rato están desde siempre, mucho más cerca de los atacantes que del agredido, aunque los consejos que éste se atreviera a ofrecer, hubieran sido de una fiabilidad indudable.

Además, olvida Rato que la dirección de Bankia se encontraba entonces bajo su mandato y que ninguna Ley le obligaba a una obediencia servil a los mandatos sobrevenidos, fuera cual fuera su procedencia, y que por tanto, en última instancia, la responsabilidad de haber aceptado la fusión y haber introducido a Bankia en Bolsa, sin llevar a cabo antes un exhaustivo estudio de los mercados y haber previsto las más que probables consecuencias, era exclusivamente suya, sin que valgan las excusas expuestas, para suavizar su culpabilidad.

Probablemente es cierto que se puso a las órdenes del Gobierno Rajoy, aplicando cuantas medidas le fueron sugeridas desde Moncloa, esperando que su sumisión le dejara al menos, la posibilidad de salir airoso del profundo agujero creado durante sus años de dirección, pero, lo hemos dicho muchas veces, en política no hay amigos y quien lo piense, tendrá con toda probabilidad la oportunidad de comprobarlo, en cuanto su gestión pueda poner en entredicho a la formación a la que pertenece, sobre todo si la envergadura del error es, como en este caso, de máxima gravedad.

A los que esperaban un acto de contrición por parte del ex ministro, puede que les haya extrañado su altivez y la falta de ética demostrada, al no dolerse siquiera de haber colocado al País en las condiciones que se encuentra, pero a la inmensa mayoría de los ciudadanos, ni siquiera sorprenden ya este tipo de reacciones cuando vienen de parte de alguien relacionado con el mundo de la política y ahora lo que esperan, es que el peso de la Ley caiga con contundencia sobre los verdaderos culpables de la situación que atravesamos, llámese Rodrigo Rato, o señor X.

En otro orden de cosas, el dimitido Juez Dívar se atreve a reclamar una indemnización de 208.000 euros, como si la procedencia de su despido albergara cualquier viso de duda y sus millonarios viajes a Marbella hubieran sido un espejismo que ha imaginado el empobrecido pueblo español, que no termina de creer la osadía de que hace gala este individuo, de cuya moralidad ya puede esperarse cualquier cosa.

Quizá debiera pararse a pensar que su dimisión no se ha visto forzada por el núcleo progresista de sus compañeros, sino por la irresponsabilidad de sus propios actos, que lejos de demostrar la honradez que debiera caracterizar a un alto representante del Poder Judicial, no hacen más que dilapidar la ya maltrecha imagen de esta institución, con episodios de dudoso gusto, a cargo de las arcas de un Estado, a punto de ser rescatado por su insolvencia.

Estos elementos no deseables son los que, para bien de todos, deberían desaparecer del panorama público español, si se quiere recuperar una cierta fiabilidad que nos permita volver a encauzar el triste panorama que nos aflige, sustentando el futuro en hombres y mujeres incorruptibles, capaces de devolver la ilusión a una sociedad más que cansada de tener que asistir a los deleznables espectáculos que a diario dejan en entredicho la honradez de los que aquí vivimos.

La vileza de sus acciones y el descaro con que son capaces de presentarse ante los ciudadanos tratando de defender lo indefendible, no hacen otra cosa más que causar vergüenza y repulsión a los que aún conservamos un mínimo de decencia, para llevar la cabeza alta y asegurar que todavía no nos hemos vendido por nada, ni a nadie.







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