Continúa la criba en RTVE, que se salda con la desaparición de la parrilla de cuántos profesionales y programas presenten algún viso de hacer oposición al “nuevo régimen” de Rajoy, sin tener para nada en cuenta si bajan las muy deseadas audiencias, pero tratando a la desesperada de deshacerse de un plumazo de cualquier escollo ideológico que pueda ensombrecer aún más, la deteriorada imagen de que el Partido Popular goza últimamente entre los ciudadanos.
Los primeros en salir son, por supuesto, los periodistas de opinión, como Juan Ramón Lucas o Tony Garrido, aunque también se teme por la continuidad de series muy bien asentadas, que gozan de enorme seguimiento, como Amar en Tiempos Revueltos, o la República.
Con una prensa adicta casi en su totalidad a la ideología de nuestros gobernantes, la emisión de determinados programas de televisión se clavaba como una espina punzante en el corazón de la derecha, al recordar con minuciosidad cuáles eran sus verdaderos orígenes y cómo ha sido la forma de actuar de esta derecha, que ahora trata de presumir de un centrismo que nunca tuvo ni tendrá.
Cerrando este capítulo que aún permanecía abierto, vuelve a quedar de manifiesto la auténtica importancia que se reserva al papel de los medios de comunicación y cómo se trata de manipular desde los partidos políticos la información que finalmente recibe el ciudadano, tratando de jugar siempre en su propio favor, sin que verdaderamente importe la transparencia a la hora de ofrecer las noticias, incluso si los argumentos tienen que ver con un pasado del que probablemente se avergüenzan los herederos de sus protagonistas.
Este tipo de represión ideológica, que asegura los cimientos de una línea unilateral de pensamiento y que no permite conocer en profundidad todos los matices de los acontecimientos, parece más propia de una dictadura bananera que de un régimen aparentemente democrático, como el nuestro, y constituye un serio agravio a la libertad de expresión y al libre ejercicio de profesionalidad de los que ejercen el periodismo.
Aunque parezca una bobada, sigue siendo cierto que la palabra es un arma peligrosa y que a través de ella, aún pueden moverse montañas. Lo saben perfectamente los gobernantes afectos a la manipulación descarada de la realidad y hacen lo imposible por no permitir que vea la luz, sometiéndola a una tiránica censura que ataja las verdades antes ser expuestas o enterrándolas para siempre, sometiéndolas a un total ostracismo.
Con la descarada remodelación del ente público, quedan claras las perspectivas que los conservadores tienen sobre qué hacer con los medios y de qué modo afecta su llegada a cuánto tenga relación directa con la opinión que puedan llegar a formarse los ciudadanos.
No hay más que pararse en un quiosco para comprobar de qué lado están las líneas editoriales de quienes dirigen los periódicos y cuál es la orientación del nutrido escaparate que se expone en las vitrinas y que el público compra.
La ventana de la caja tonta, que es de una influencia bestial, sobre todo entre las clases humildes, pronto será también, ya lo verán, una tribuna desde la que justificar cualquier tipo de medida que tome el gobierno de Rajoy y un sitio desde el que disfrazar sus fracasos de éxitos, sin dar cabida a cualquier idea que frustre su ambición de triunfo.
En nuestras manos queda seguir el juego que se nos propone, alimentando con nuestras aportaciones este tipo de información maquillada, u optar por no volver a comprar el producto que se nos ofrece, negándonos también a encender la primera y segunda cadenas de televisión, como protesta tácita a estos recortes marrulleros de personal y material incómodos.
Afortunadamente, aún pude encontrarse a través de la red un periodismo fresco y diferente, dispuesto a no dejarse conducir al aburrido camino del manejo solapado que ofrecen los dirigentes de nuestra nación y que se convierte ahora en una alternativa de lucha a favor de la libertad de expresión, sin cortapisas y con compromiso, como exigen las leyes fundamentales del periodismo.
Seguir la marcha borreguil que se nos ofrece, renunciando a nuestro derecho a conocer la verdad de lo que sucede en nuestro entorno, por cruda que sea, no puede conducirnos más que a una ceguera total que ni siquiera nos permita la protesta contra las agresiones que desde el poder recibimos.
Hacérselo saber es una obligación de los que nos sentimos ninguneados y vejados en nuestra necesidad de estar informados de aquello que nos afecta y nos duele.
A la caza de brujas encubierta que se está produciendo entre nosotros, sólo le falta llevar ante tribunales de investigación a los profesionales que disientan de la manera de hacer de estos reyezuelos del siglo XXI y, si pudieran, desde luego que les encantaría exigir los nombres de cuántas personas disintieran de su manera de gobernar, para, de alguna manera, condenarlas al infierno de la inactividad y al olvido.

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