No hay que ser adivino para hacer un pronóstico de futuro político, cuando vives en este país y te han creado la costumbre de que todo aquello que se niega reiterativamente como probable, acaba inevitablemente siendo un hecho.
Como si la sociedad española estuviera compuesta por una multitud de analfabetos, dispuestos a creer cuántas palabras salieran de las bocas de sus nefastos representantes y a seguir con adoración religiosa a sus líderes, por el mero hecho de haber sido refrendados ampliamente en las urnas, continuamente se trata desde las altas esferas de manipular escandalosamente su opinión, prescindiendo de cualquier norma moral que obligue al uso de la verdad en las acciones llevadas a cabo, en este caso, por quienes nos gobiernan.
Hemos oído en los últimos días negar a los Ministros del Partido Popular, por activa y por pasiva, la inminencia de un rescate económico, mientras la prima de riesgo supera de forma escandalosa todos los límites, acercándose con celeridad imparable a una zona de alerta máxima, que deja al Estado Español a un nivel parecido al que tienen ahora países como Grecia, Portugal o Irlanda, lo que hace prever que no pasará mucho tiempo hasta que finalmente seamos rescatados, seguramente por sorpresa y en un momento en que la población se encuentre, por ejemplo, en pleno tránsito vacacional, para que no pueda responder con contundencia, a esta nueva medida de incalculables consecuencias.
La táctica de la negativa, utilizada como medida de distracción de la opinión pública, no es más que una maniobra para conseguir un tiempo precioso, durante el que fraguar el modo de hacer parecer el rescate algo diferente, que no crispe aún más la indignación que ya llevan puesta los ciudadanos por motivos que todos sabemos, y que de acrecentarse, podría convertirse en una peligrosa bomba de relojería, cuya mecha hiciera estallar una protesta social que exigiera, directamente, la inmediata dimisión de un Parlamento, con el gobierno a la cabeza, cuya inutilidad ha quedado de manifiesto, con la desastrosa gestión de esta crisis, hasta traernos al punto catastrófico en el que nos encontramos en la actualidad.
Habremos pues de prestar atención máxima a cualquier movimiento que se inicie a partir de ahora, pues el próximo paso ya no se trata de las manidas guerras de acusaciones entre el PP y el PSOE, culpabilizándose mutuamente de la situación económica en la que estamos. El rescate, de producirse, es hipotecar al país, durante al menos dos generaciones completas, arrastrándolo a unos niveles de pobreza, comparables a los que se produjeron en la post guerra civil y que nos acarrearía un retraso a todos los niveles, imposible de superar con los medios que quedarían a nuestro alcance, después de tamaño cataclismo.
Todos los logros sociales y primero que nada, la Sanidad y la Educación públicas se irían definitivamente al garete, no pudiendo eludir cualquier exigencia que nos fuera impuesta de parte de nuestros “rescatadores”, que no se conformarían sólo con esto para saciar su infinita voracidad, sino que escudriñarían todos y cada uno de los rincones de nuestro suelo patrio, intentando sacar partido de todo lo que generara cualquier tipo de riqueza, sin compasión ninguna hacia las personas, que también podrían convertirse para ellos en una fuente segura de generar beneficios a través del trabajo, a base de aumentar los horarios, a cambio de sueldos de miseria.
La verdad es que a estos usureros de sigloXXI, nosotros les importamos un carajo. Su crisis está dando los apetecidos frutos previstos por ellos y no están dispuestos a renunciar a la posibilidad de hacerse con el mayor número de poder que puedan acumular en sus arcas, nunca suficientemente llenas para quienes tienen el sueño enfermizo de una colonización global, que ponga a la humanidad entera al servicio de su especulación, esclavizándola a través del miedo y la pobreza.
Sin embargo, a nosotros si que debe importarnos y mucho, entablar una batalla continua que haga frente a los delirios de grandeza de este grupo sin rostro que nos arrastra hasta el abismo.
Y aunque a menudo se tiene la errónea idea de que las Revoluciones siempre tienen que ver con estallidos violentos, lo cierto es que todas ellas están estrechamente ligadas a una transformación paulatina de una forma de pensamiento, que finalmente acaba por conseguir desviar el rumbo de la historia, cambiando sistemas políticos y derribando murallas que al principio, nos parecían inexpugnables.
Ahora más que nunca, una de esas revoluciones es absolutamente necesaria, si queremos seguir conservando al menos, la dignidad de ser libres. Y en vista de que este modelo económico no satisface los derechos de las mayorías, otorgándoles un nivel de vida que les permita tener cubiertas unas necesidades mínimas, resulta imprescindible volver la mirada hacia nuevas maneras de hacer política, desterrando para siempre la intervención de las entidades financieras en los asuntos de Estado, de igual modo que se desterró la intervención de las religiones en ellos, para bien de la humanidad.
La perseverancia es algo fundamental si se desea fervientemente este tipo de cambio y no es posible contemplar siquiera la posibilidad de una rendición, condicionados por el terror que entre nosotros tratan de introducir los artífices de esta nefasto sistema de gobierno, que coloca las cifras por encima de las sociedades, a los bancos por encima de los individuos y la especulación por encima de la decencia.
No podemos, aunque se anuncie el rescate, permanecer al margen de la situación por el mero hecho de no encontrarnos en nuestro habitual lugar de residencia, sino que debemos sumarnos masivamente a las protestas que se produzcan in situ, con la seguridad de que quienes nos acompañen son compañeros de viaje y sus necesidades las mismas que las nuestras, a pesar de ser hasta ahora desconocidos para nosotros.
El clamor que se produjo en las manifestaciones del pasado día 19, ha de ser y será superado con creces, por la presencia de una ciudadanía que ya no tiene casi nada que perder, pero que está dispuesta a hacer su propia revolución, en favor de las generaciones venideras y de su propio bienestar y provecho.
La historia presenta numerosos ejemplos de que con la unidad de los pueblos se pueden conseguir avances que por su envergadura, pudieran parecer utópicos e imposibles de lograr, al tratarse de batallas libradas contra gigantes, en principio, invencibles.
Y sin embargo, estamos donde estamos por el esfuerzo que muchos como nosotros hicieron antes, arriesgándose a pelear sin apenas medios ni recursos. No hacerlo nosotros ahora, sería un ultraje a su memoria y una traición que nunca podríamos explicar a los que nos sigan cronológicamente.

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