Por mucho que lo pienso, sigo sin comprender cómo puede paralizarse un país a causa de un partido de fútbol, por interesante que sea su contenido, siendo a la vez tan difícil movilizar a esta misma gente para que salgan a la calle en defensa de sus derechos, o conseguir esta misma paralización en una huelga general, cuando se convoca por reivindicaciones de una importancia vital para todos.
Tampoco entiendo el patrioterismo barato de ondear banderas e insignias nacionales en una actitud que raya claramente en la horteridad, apelando a sentimientos de defensa de no se sabe bien qué valores, mientras se vociferan consignas prácticamente ininteligibles, que desde luego dicen mucho del nivel de inteligencia de quienes las profieren.
Las banderas, que suelen ser casi siempre motivo de contiendas, son simplemente símbolos cuyo uso no implica necesariamente más amor al suelo que representan, ni ofrecen garantía de heroicidad alguna a los que las portan, sobre todo porque en la mayoría de los casos, suelen ser inmediatamente identificadas con algún grupo político en concreto, como si los que no pertenecen a él, hubieran perdido todo el derecho a defenderlas o se trataran simplemente, de advenedizos oportunistas.
Está bien haber ganado la Eurocopa, nadie lo discute, aunque habría mucho que hablar de algunas circunstancias directamente relacionadas con el evento, que sí tendrían que preocupar y mucho al sufrido pueblo español, sobre todo cuando despierte de la narcotización ejercida sobre él durante todo un mes de circo permanente, y compruebe que la situación en qué nos encontramos sigue siendo sinceramente desastrosa, además de haber tenido que sufragar los gastos originados por el desplazamiento y estancia de una multitud de gorrones, a tan venturoso evento.
Habría que aclarar que Rajoy, los Príncipes y los representantes de la Federación, por ejemplo, no acuden solos a este tipo de celebraciones, sino que lo hacen acompañados de un numeroso séquito de personas que han de ser igualmente desplazadas, alojadas, alimentadas y atendidas en todas sus necesidades, no precisamente en pensiones de tres al cuarto, sino en hoteles y establecimientos de primera categoría, ocasionando con su estancia facturas impensables para cualquier español de clase media y que son abonadas, por supuesto, por las arcas estatales, que en estos momentos se encuentran, según se nos cuenta a diario, en una situación de ruina que “avala” todos los recortes practicados en los últimos tiempos y que inciden directamente y sobre todo en sanidad, educación y partidas sociales, por no hablar de la reducción de salarios de los funcionarios, en algunos casos por segunda vez.
Pero curiosamente nadie explica con claridad cómo es posible, si tan necesario es el aporte ciudadano a la hacienda pública, costear con toda naturalidad esta especie de vacaciones pagadas para tanta gente, sobre todo cuando estamos a la espera de que en breve se nos vuelvan a exigir nuevos sacrificios, y por qué no se prescinde también por decreto, de estas numerosísimas representaciones, que no aportan otra cosa que despilfarro a nuestra muy maltrecha nación.
Desde luego, no se es más español, ni desde luego mejor político, por adscribirse a estas festividades para ocupar un palco en apoyo de deportistas de élite. En este momento, ser verdaderamente español sería permanecer exactamente en el mismo sitio en que se encuentran, por ejemplo, los seis millones de desempleados que ayer contemplaron la final desde la sala de estar de sus hipotecadas casas y destinar el montante que ha ocasionado el masivo desplazamiento, a intentar encontrar un sitio en el que reubicar a los muchísimos despedidos de las empresas que han cerrado a causa de la crisis, y que no ven posibilidades de futuro, si la actitud de sus representantes sigue siendo tan profundamente insolidaria.
La extrema necesidad que padecemos, hace imprescindible un cambio en las condiciones de vida, también y sobre todo, en los que ocupan cargos de peso en la política nacional y que parecen haber decidido no renunciar a ninguno de sus privilegios, a juzgar por el gusto que demuestran en cualquier cosa que tenga que ver con su ocio, aunque tengan que cruzar el mundo de punta a punta, para presenciar el festejo que les interesa.
En cambio, exigen a los ciudadanos que renuncien a derechos inalienables, implantando reformas laborales que los denigran como personas, o pretendiendo que vivan con subsidios de cuatrocientos euros, cuando terminan los periodos de prestación por desempleo, sin que los gobiernos hayan sido capaces de buscar una salida a su desesperanza.
Exigen que renuncien a lo que ganaron con su trabajo, llevando los sueldos a niveles de hace treinta años y que prescindan de la posibilidad de disfrutar del periodo vacacional, por falta de recursos y que trabajen más horas a cambio de menos, o que alarguen su vida laboral, amenazando con no poder hacer frente al pago de las pensiones.
No cabe mayor egoísmo ni una desfachatez más superlativa. Con copa o no, con bandera o sin ella, discúlpenme, no es lícito tener que aceptar con sumisión y en silencio, una forma tan descarada de saqueo y un modo menos elegante de hacer política que éste.
Así que la paralización del país, a causa de este tipo de eventos, no puede por menos que provocar en mí una terrible indignación, a la vez que profunda tristeza. Basta ver las imágenes que, seguramente, proyectarán una y otra vez a partir de hoy, en todas las televisiones del panorama nacional, para comprender el motivo de estos comentarios. Y no soy la única que lo piensa.

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