Parece mentira que en pleno Siglo XXI, los hombres sigamos
hablando de coronar cabezas, saboteando la lucha por la igualdad entre los
seres humanos que tantas vidas ha
costado, a lo largo de nuestra Historia.
Continuar admitiendo que por simples razones de nacimiento,
determinadas personas puedan gozar vitaliciamente de una situación de
privilegio, infinitamente superior a la que nunca disfrutarán los millones de
ciudadanos de su mismo país que no tuvieron la suerte de heredar un apellido
procedente de la caduca nobleza que durante años dominó sin piedad los destinos
de las clases humildes en todo el mundo, resulta en esta era de la tecnología,
por lo menos, incomprensible.
Como si hubiera desaparecido de la memoria el esfuerzo
impagable llevado a cabo por los humildes, fundamentalmente a raíz de la Revolución
francesa, media Europa, que presume de ser el referente intelectual, por
razones de mera antigüedad, continúa rindiendo pleitesía a las figuras de los
Reyes y dedicando una parte importante
de unos presupuestos estatales imprescindibles para solucionar temas sociales,
en sufragar los gastos de estas dinastías, casi siempre prolíferas en la
procreación que asegura el futuro de sus herederos.
En el caso de España, no hace falta volver a referir la
magnitud del problema que nos aflige, ni hacer alusión a la enorme cifra de
desempleados que sufren una situación agónica, en compañía de los que les
rodean.
Y sin embargo, estamos a punto de embarcarnos en la ostentosa
aventura de una coronación, que sin duda ha de ocasionar a las arcas de la
nación unos gastos desmesurados, absolutamente precisos en estos momentos, para
remediar los índices de pobreza y exclusión que padecen millones de familias, a
las que la supervivencia de la Monarquía no hará más que mermar sus
posibilidades de resistencia, en la ferocidad del entorno que les ha tocado
vivir.
Pero llamarse Borbón supone para quienes llevan este
apellido, continuar creyendo que sus conciudadanos son aún súbditos obligados
por un voto perpetuo de obediencia, que deben mantener con el esfuerzo de su
trabajo las veleidades, lujos y caprichos de quienes constituyen la Corte y no
están dispuestos a renunciar, al menos de forma voluntaria, a los prerrogativas
que ofrece una Institución, caduca y trasnochada, que inexplicablemente ha
logrado mantenerse, a pesar de la evolución de los tiempos.
Cuánto supondrá a los españoles la entronización de Felipe VI
y la salvaguarda de un buen estatus social para sus señores padres y más fieles
colaboradores, es una incógnita para la que nunca hallaremos respuesta.
Y todo esto, sin haber sido jamás consultados sobre si
preferimos la Monarquía, como sistema de Gobierno.
No es de extrañar pues, que una serie de ciudadanos y
colectivos hayan salido a las calles tras la abdicación de Juan Carlos,
reclamando el derecho a que se celebre un Referendum, en el que podamos decidir
en plena libertad, si queremos o no, mantener a esta casta que niega con su
propia existencia, cualquier principio de igualdad entre todos los hombres.

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