martes, 3 de junio de 2014

Testas coronadas


Parece mentira que en pleno Siglo XXI, los hombres sigamos hablando de coronar cabezas, saboteando la lucha por la igualdad entre los seres humanos que tantas vidas  ha costado, a lo largo de nuestra Historia.
Continuar admitiendo que por simples razones de nacimiento, determinadas personas puedan gozar vitaliciamente de una situación de privilegio, infinitamente superior a la que nunca disfrutarán los millones de ciudadanos de su mismo país que no tuvieron la suerte de heredar un apellido procedente de la caduca nobleza que durante años dominó sin piedad los destinos de las clases humildes en todo el mundo, resulta en esta era de la tecnología, por lo menos, incomprensible.
Como si hubiera desaparecido de la memoria el esfuerzo impagable llevado a cabo por los humildes, fundamentalmente a raíz de la Revolución francesa, media Europa, que presume de ser el referente intelectual, por razones de mera antigüedad, continúa rindiendo pleitesía a las figuras de los Reyes  y dedicando una parte importante de unos presupuestos estatales imprescindibles para solucionar temas sociales, en sufragar los gastos de estas dinastías, casi siempre prolíferas en la procreación que asegura el futuro de sus herederos.
En el caso de España, no hace falta volver a referir la magnitud del problema que nos aflige, ni hacer alusión a la enorme cifra de desempleados que sufren una situación agónica, en compañía de los que les rodean.
Y sin embargo, estamos a punto de embarcarnos en la ostentosa aventura de una coronación, que sin duda ha de ocasionar a las arcas de la nación unos gastos desmesurados, absolutamente precisos en estos momentos, para remediar los índices de pobreza y exclusión que padecen millones de familias, a las que la supervivencia de la Monarquía no hará más que mermar sus posibilidades de resistencia, en la ferocidad del entorno que les ha tocado vivir.
Pero llamarse Borbón supone para quienes llevan este apellido, continuar creyendo que sus conciudadanos son aún súbditos obligados por un voto perpetuo de obediencia, que deben mantener con el esfuerzo de su trabajo las veleidades, lujos y caprichos de quienes constituyen la Corte y   no están dispuestos a renunciar, al menos de forma voluntaria, a los prerrogativas que ofrece una Institución, caduca y trasnochada, que inexplicablemente ha logrado mantenerse, a pesar de la evolución de los tiempos.
Cuánto supondrá a los españoles la entronización de Felipe VI y la salvaguarda de un buen estatus social para sus señores padres y más fieles colaboradores, es una incógnita para la que nunca hallaremos respuesta.
Y todo esto, sin haber sido jamás consultados sobre si preferimos la Monarquía, como sistema de Gobierno.
No es de extrañar pues, que una serie de ciudadanos y colectivos hayan salido a las calles tras la abdicación de Juan Carlos, reclamando el derecho a que se celebre un Referendum, en el que podamos decidir en plena libertad, si queremos o no, mantener a esta casta que niega con su propia existencia, cualquier principio de igualdad entre todos los hombres.  


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