Es común considerar la paciencia como una gran virtud y afear
a los que no la tenemos, que exijamos rapidez en la resolución de los
problemas, recurriendo al manido argumento de que cada cosa lleva su tiempo,
considerando políticamente incorrecto a todo aquel que hace de la vehemencia y
la reiteración, un vehículo para reclamar sus derechos.
Pero después de los años pasados y de los terribles recuerdos
que nos ha dejado esta crisis, que ha colocado a una inmensa mayoría de ciudadanos
al límite y más allá, de lo que se puede soportar en la cotidianidad de la
vida, la infinita paciencia demostrada con creces por este pueblo nuestro y el
inmovilismo de todos los que han decidido que de nada vale luchar, no han
servido, como se puede comprobar, absolutamente para nada.
No ha hay habido periodo de reflexión a la hora de aplicar
las políticas de recortes por Decreto, ni en la ejecución judicial de ninguno
de los desahucios, ni en la aplicación de la Ley de Reforma Laboral que ha puesto
a miles de trabajadores en la calle de un día para otro, sin darles tiempo a
asumir que de la noche a la mañana y en innumerables casos, después de muchos
años trabajando en su empresa, tendrían que ocupar un lugar en las nutridas
filas del paro y buscarse algún tipo de ayuda para mantener a sus familias,
desprotegidos por la dureza que Rajoy ha traído a las condiciones de los
despidos y a la imposibilidad de encontrar nuevo empleo, unas veces por lo
avanzado de su edad y otras por juventud, como se ha visto en los ejemplos que
todos conocemos.
Y sin embargo, no existe político que no reclame en sus
discursos paciencia para soportar la amargura que nos aflige, ni Institución
adherida al poder que no intente por todos los medios de convencer a los ciudadanos
de que si esperan un tiempo prudencial, sus situación quedará automáticamente
resuelta, aunque sin aclarar en qué condiciones llegará esa resolución y si
serán suficientemente buenas para quienes durante años, se han visto obligados
a soportar todo tipo de carencias.
Así que teniendo en cuenta el estrepitoso fracaso que hemos
obtenido anclados, como estamos, en esta
postura de estoicismo, bien parece apostar por probar a poner en práctica una
furibunda impaciencia, a la hora de reclamar todo aquello que se nos robó,
exigiendo que nos sea restituido con la misma inmediatez con que se hizo
desaparecer de nuestras vidas, por pobra y arte de nuestro gobierno.
Ya no queremos, sino ser impacientes, pues no podemos
aguardar eternamente a que el señor Rajoy y los suyos encuentren un camino por
el que sacarnos del abismo, a fuerza de probar tácticas que van encaminadas
desde su mismo nacimiento, al fracaso.
No cabe espera para quienes han visto derrumbarse el estado
de endeble bienestar en el que vivían, ni en los que todo lo han perdido, hasta
las esperanzas, aguardando por imperativo legal, la más que probable
imposibilidad de un milagro.
Conviene ahora, elogiar la impaciencia y practicarla y no dar
tregua a los que disfrutando de una situación privilegiada y escudándose en que
teóricamente representan la voluntad del pueblo español, ignoran descaradamente
la voz que reclama un cambio radical del Sistema y permanecen anclados a una
posición de poder, que únicamente a ellos beneficia.
Abrir las ventanas, alzar la voz y salir de la mansedumbre
que nos imponen los que no actúan sino en beneficio de los poderosos, ha de ser
necesariamente, una obligación para todos los que perdimos algo en esta guerra
y la impaciencia en recuperarlo debiera ser considerada, desde ahora, una
virtud a exigir, si no queremos dejar morir la poca o mucha dignidad que nos
queda y que debemos defender como el bien más preciado de cuántos tenemos, los
que nunca ocuparemos un cargo que nos garantice el bienestar, para toda la
vida.

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