La complicadísima trama del caso Bárcenas, tiene al juez Ruz
sumido en un maremágnum de eternas investigaciones que empiezan a dejar
sentados algunos hechos y que van confirmando, punto por punto, la veracidad de
los papeles intervenidos al ex tesorero, que el PP siempre negó con rotundidad,
huyendo apresuradamente hacia adelante.
Al magistrado no le queda duda de que existió una
financiación ilegal del Partido y que muchos de sus líderes recibieron sendos
sobresueldos, cuyo importe quedó escrupulosamente anotado durante años, en las
cuentas paralelas que manejaba el encargado de las finanzas en Génova.
También parece establecer que una buena cantidad de esos
fondos fueron hábilmente desviados hacia bancos suizos y baraja ciertas
informaciones que, según fuentes cercanas, comprometen a cierto político de
renombre que podría haber sido el otro titular junto a Bárcenas, que tuviera
acceso a los fondos depositados en el País helvético.
Calla el PP entretanto, como ha venido haciendo desde que se
conocieran los delitos fiscales de aquel en quién tanta confianza tenían y si
se les azuza, niegan la mayor desviando la atención de los medios hacia otros
de los muchos asuntos que centran la actualidad de los últimos días, marcados
ahora por la oportuna marcha del Rey y también por la del opositor Rubalcaba,
que les ha venido estupendamente para no tener que referirse a lo que el juez
Ruz trae entre manos.
Pero a medida que va pasando el tiempo, lo que empezaron
siendo sombras de sospecha sobre la implicación de la cúpula directiva del PP,
se va transformando lentamente en pruebas indiscutibles que probablemente Ruz
está entrelazando, con la intención de acabar por componer un puzle que en
principio, parecía ser de una dificultad extrema y que al final va a dejar absolutamente claro quién era cada
cual y qué papel jugaba en la presunta red de extorsión ejercida contra el
empresariado español que quería conseguir de alguna forma, contratos
relacionados con las obras públicas.
El PP juega, eso sí, con que el paso del tiempo termine por
desgastar la magnitud del escándalo, aunque no cuenta con el nivel de
indignación que sus políticas han ocasionado en un pueblo, que ya no está
dispuesto a perdonar las veleidades relacionadas con la corrupción que los
políticos acostumbran a cometer, por desgracia, con demasiada frecuencia.
Así que cuando acabe la instrucción de este caso, por muchos
años que pasen, encontrarán enfrente a un montón de colectivos que exigirán,
sin ningún género de dudas, que los culpables sean juzgados y paguen por los
delitos cometidos, llámense cómo se llamen y ocupen el cargo que ocupen.
La flaqueza de la memoria de los españoles se ha corregido
casi en su totalidad por la dureza de los recuerdos que han ido dejando en la
colectividad las medidas aprobadas por el PP a golpe de Decreto y la
imbecilidad que se supone a las clases populares, casi siempre apoyada en su
natural inmovilidad, no deja sin embargo lugar al perdón, cuando se han estado
evadiendo fondos que son de todos, mientras se exigía a los trabajadores un
nivel insoportable de sacrificio.
Esos tiempos quedaron atrás y más, ahora que parece que el
pueblo por fin ha despertado de su letargo para apoyar otras opciones.

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