Con toda la maquinaria preparada para la entronización del
nuevo Rey y el empeño en convencer a la ciudadanía de que todo se hará con
austeridad, los parlamentarios españoles que han apoyado en un ochenta y cinco
por ciento la decisión de abdicar de Juan Carlos, esperan que los actos del día
19 no se les escapen de las manos y todo pueda llevarse a cabo con normalidad,
como si de un traspaso de poderes políticos se tratara y nada tuviera que ver
con la continuidad de una institución arcaica, como es la Monarquía.
Blindando la tranquilidad de Felipe y Leticia, con fuertes
medidas policiales que les permitirán circular por Madrid sin ser increpados
por nadie, se han prohibido para ese día todas las manifestaciones a favor de
la República y poco o nada se habla de los grupos parlamentarios que
sintiéndose identificados con ella, no acudirán a la coronación, en lógica
coherencia con su pensamiento.
Tampoco asistirán los Reyes salientes, aduciendo que no desean
restar esplendor a un acto, cuyo protagonismo corresponde exclusivamente a su
hijo, aunque resulta extraño, la verdad, que unos padres no estén presentes en
el que seguramente será el acontecimiento más importante de la vida de su
retoño, a no ser que existan razones ocultas para su ausencia, como pudiera ser
que la abdicación no haya sido tan voluntaria como se nos quiere hacer creer y
más bien, haya sido finalmente forzada por no se sabe que oscuros sucesos.
Pero este reinado que empieza, ya lo hace con una fragilidad
que no es posible ocultar a la inteligencia de los españoles y el castillo en
el que vivirán los nuevos Reyes está construido, metafóricamente, de arena,
siendo por tanto susceptible de derrumbarse en cualquier momento, con sus
habitantes dentro.
Han pasado ya muchos años desde que terminó la transición y
el momento histórico que atravesamos viene marcado por una extrema dificultad,
que seguramente no podrá ser resuelta por quien llega a la cabeza del Estado
por razones de sangre y no legítimamente elegido en las urnas por aquellos en
quienes recae la verdadera soberanía, en este caso el pueblo, según reza en
nuestra Constitución.
En vista de estas circunstancias, ya lo decíamos el otro día,
el ciudadano Felipe de Borbón obraría bien, si como primera medida de su nuevo
reinado, anunciara la convocatoria de un Referendum que legitimara o no, de una
vez, la situación personal en que se encuentra y que evidentemente, desagrada
sobremanera a una buena parte de la sociedad que desde ahora estará, al menos
aparentemente, bajo su mandato.
Porque aunque los partidos mayoritarios estén empeñados en
llevarle en volandas hasta el trono y en allanarle el camino que conduce
directamente al Palacio de la Zarzuela, lo cierto y verdad es que Felipe, ni
cuenta con el consenso necesario para empezar con buen pie, ni puede apoyarse
en los argumentos que tuvo su padre para convertirse en Rey, con Franco recién
muerto y los militares amenazando
permanentemente con dar un golpe de Estado que colocara al frente de la Nación,
a otro de los suyos.
Es más, Felipe va a encontrar un país mancillado, vejado y
empobrecido por los efectos de una crisis que no termina de pasar e indignado
hasta la médula, no solo con la actuación de los políticos, sino también y muy
particularmente, con los escándalos protagonizados por destacados miembros de
la Casa Real, empezando por el propio Juan Carlos y sus cacerías de elefantes y
terminando por la más que presunta implicación de su propia hermana y su
marido, en uno de los casos de corrupción más mediático, de los muchos que han
sido descubiertos en los últimos tiempos.
Por tanto, nada tiene que ver su entrada en escena con la que
protagonizó su padre, ni la mentalidad de los españoles es la misma que tenían
en el año 1975, sobresaltados aún por el terror que se había encargado de
inculcarles el aparato de la Dictadura.
Libres para hablar y decidir, al menos teóricamente, los
ciudadanos del 2014, estudiarán con lupa todos y cada uno de los actos que
protagonicen los que ahora se hacen cargo de la corona y tengan por seguro, que
no perdonarán ni siquiera el más pequeño desliz en una trayectoria que habrá de
ser, forzosamente, inmaculada y de total transparencia.
No habrá lugar, a partir del día 19, para hechos que puedan
traer consigo tener que pedir un apresurado perdón, ni para los malos gestos a
que nos tiene acostumbrados Leticia durante determinados actos públicos, según
le sople el viento.
Y que quede muy claro que reinarán, sustentados en el apoyo
que el bipartidismo les blinda, pero que nada tiene que ver con la realidad que
se vive en la calle, ni con lo que opinan, casi en su totalidad, esos que ellos
podrán considerar como súbditos, pero que son, en verdad, ciudadanos libres y
preparados para decidir qué sistema desean como forma de Gobierno.

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