martes, 17 de junio de 2014

Castillos de arena


Con toda la maquinaria preparada para la entronización del nuevo Rey y el empeño en convencer a la ciudadanía de que todo se hará con austeridad, los parlamentarios españoles que han apoyado en un ochenta y cinco por ciento la decisión de abdicar de Juan Carlos, esperan que los actos del día 19 no se les escapen de las manos y todo pueda llevarse a cabo con normalidad, como si de un traspaso de poderes políticos se tratara y nada tuviera que ver con la continuidad de una institución arcaica, como es la Monarquía.
Blindando la tranquilidad de Felipe y Leticia, con fuertes medidas policiales que les permitirán circular por Madrid sin ser increpados por nadie, se han prohibido para ese día todas las manifestaciones a favor de la República y poco o nada se habla de los grupos parlamentarios que sintiéndose identificados con ella, no acudirán a la coronación, en lógica coherencia con su pensamiento.
Tampoco asistirán los Reyes salientes, aduciendo que no desean restar esplendor a un acto, cuyo protagonismo corresponde exclusivamente a su hijo, aunque resulta extraño, la verdad, que unos padres no estén presentes en el que seguramente será el acontecimiento más importante de la vida de su retoño, a no ser que existan razones ocultas para su ausencia, como pudiera ser que la abdicación no haya sido tan voluntaria como se nos quiere hacer creer y más bien, haya sido finalmente forzada por no se sabe que oscuros sucesos.
Pero este reinado que empieza, ya lo hace con una fragilidad que no es posible ocultar a la inteligencia de los españoles y el castillo en el que vivirán los nuevos Reyes está construido, metafóricamente, de arena, siendo por tanto susceptible de derrumbarse en cualquier momento, con sus habitantes dentro.
Han pasado ya muchos años desde que terminó la transición y el momento histórico que atravesamos viene marcado por una extrema dificultad, que seguramente no podrá ser resuelta por quien llega a la cabeza del Estado por razones de sangre y no legítimamente elegido en las urnas por aquellos en quienes recae la verdadera soberanía, en este caso el pueblo, según reza en nuestra Constitución.
En vista de estas circunstancias, ya lo decíamos el otro día, el ciudadano Felipe de Borbón obraría bien, si como primera medida de su nuevo reinado, anunciara la convocatoria de un Referendum que legitimara o no, de una vez, la situación personal en que se encuentra y que evidentemente, desagrada sobremanera a una buena parte de la sociedad que desde ahora estará, al menos aparentemente, bajo su mandato.
Porque aunque los partidos mayoritarios estén empeñados en llevarle en volandas hasta el trono y en allanarle el camino que conduce directamente al Palacio de la Zarzuela, lo cierto y verdad es que Felipe, ni cuenta con el consenso necesario para empezar con buen pie, ni puede apoyarse en los argumentos que tuvo su padre para convertirse en Rey, con Franco recién muerto y los  militares amenazando permanentemente con dar un golpe de Estado que colocara al frente de la Nación, a otro de los suyos.
Es más, Felipe va a encontrar un país mancillado, vejado y empobrecido por los efectos de una crisis que no termina de pasar e indignado hasta la médula, no solo con la actuación de los políticos, sino también y muy particularmente, con los escándalos protagonizados por destacados miembros de la Casa Real, empezando por el propio Juan Carlos y sus cacerías de elefantes y terminando por la más que presunta implicación de su propia hermana y su marido, en uno de los casos de corrupción más mediático, de los muchos que han sido descubiertos en los últimos tiempos.
Por tanto, nada tiene que ver su entrada en escena con la que protagonizó su padre, ni la mentalidad de los españoles es la misma que tenían en el año 1975, sobresaltados aún por el terror que se había encargado de inculcarles el aparato de la Dictadura.
Libres para hablar y decidir, al menos teóricamente, los ciudadanos del 2014, estudiarán con lupa todos y cada uno de los actos que protagonicen los que ahora se hacen cargo de la corona y tengan por seguro, que no perdonarán ni siquiera el más pequeño desliz en una trayectoria que habrá de ser, forzosamente, inmaculada y de total transparencia.
No habrá lugar, a partir del día 19, para hechos que puedan traer consigo tener que pedir un apresurado perdón, ni para los malos gestos a que nos tiene acostumbrados Leticia durante determinados actos públicos, según le sople el viento.
Y que quede muy claro que reinarán, sustentados en el apoyo que el bipartidismo les blinda, pero que nada tiene que ver con la realidad que se vive en la calle, ni con lo que opinan, casi en su totalidad, esos que ellos podrán considerar como súbditos, pero que son, en verdad, ciudadanos libres y preparados para decidir qué sistema desean como forma de Gobierno.




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