Rodeados por un numeroso grupo de personas, que reclaman un
Referendum por el que los españoles puedan decidir entre Monarquía o República,
como Sistema de Gobierno, los Diputados aprueban la Ley de Abdicación del Rey,
con el apoyo natural de todos los miembros del PP que se sientan en el Congreso
y la disciplina de voto que el PSOE impone a los suyos, desoyendo las voces que
reclamaban libertad para que cada cual
pudiera expresar su opinión personal, precisamente en este asunto.
Viniendo como vienen los socialistas de un Partido que nació
con clara vocación republicana, llama poderosamente la atención que los
dirigentes actuales hayan decidido forzar a sus representantes en las Cortes a
prestar un apoyo a la Monarquía, que en la mayoría de los casos no se
corresponde con la ideología personal que defienden, o al menos con la que
defendían hasta que la derechización acabó invadiendo un colectivo que hasta
entonces, se había considerado de izquierdas.
Abusando del argumento que defiende la intocabilidad de una
Carta Constitucional, aprobada expresamente para los años de la transición y
con las concesiones que entonces se dieron obligatoriamente para evitar que un
estallido social siguiera a la muerte de Franco, los socialistas parecen haber
abandonado definitivamente los principios fundamentales que movieron su
nacimiento y se enrocan ahora en una teoría de absurdo agradecimiento a la
figura de Juan Carlos, que a este paso se va a convertir en eterno, en cuanto
sea un hecho la entronización de un nuevo Rey, que no ha sido elegido
democráticamente, por los votos de todos los ciudadanos.
Tampoco esta vez se ha tenido en cuenta la opinión de otros
grupos minoritarios que defendían el derecho de los españoles a decidir sobre
su forma de Gobierno, ni el espíritu republicano que existe de hecho, en una
buena parte de los que se sientan en el Parlamento y solo se ha podido
conseguir, a instancias de IU, que la votación se realice a mano alzada y que,
por tanto, se pueda saber por qué se decanta cada uno, pertenezca al Partido
que pertenezca.
Solo le faltaba al PSOE un error de tamaña magnitud, que
viene a sumarse a la multitud de problemas que están convirtiendo al Partido
centenario en un incomprensible esperpento del que nadie conoce el final y que
coloca a sus más significados protagonistas y a la cúpula saliente, en una
ridícula posición que no hace, sino agrandar las distancias existentes con las
clases populares, que miran atónitas como se va derrumbando un Partido en el
que una vez, mayoritariamente, confiaron y que no ha sido capaz de mantener la
ilusión que antaño provocó, por la espantosa gestión que han venido haciendo
sus líderes.
El grito de Salud y República, que durante años fue el saludo
que entrecruzaban los militantes socialistas al encontrarse en los actos en que
coincidían, ha quedado hoy muy atrás y por lo que hemos vivido en los últimos
tiempos, yo diría que nunca jamás volverá a pronunciarse y que quedará
definitivamente enterrado y únicamente será referido, quizá cuando transcurra
el tiempo, como una mera anécdota que protagonizaron hombres y mujeres, cuando el
mundo se movía por ideales y no por motivos exclusivamente crematísticos y por
ambición de poder, como desgraciadamente sucede ahora.

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