Todos los españoles hemos sido testigos durante mucho tiempo
de la lucha encarnizada que han mantenido Rajoy y Rubalcaba, no solo en sus
enfrentamientos verbales en el Congreso, sino en todas las ocasiones en que
ambos han sido preguntados sobre el adversario, llegando incluso a traspasar
las líneas de la ética, como dos enemigos que parecían, al menos en apariencia,
absolutamente irreconciliables.
Pero todo ha cambiado tanto tras el resultado de las
europeas, que parece que hubieran transcurrido al menos un par de años, a
juzgar por toda la serie de bombazos informativos que se han venido
produciendo, después de que la Formación de Pablo Iglesias se haya encargado de
recordar, de forma contundente a los dos Partidos mayoritarios, que nada es eterno
y que el poder puede ser tan efímero, como los ciudadanos se propongan.
Se ha ido el Rey y también Rubalcaba decidió finalmente
abandonar su puesto y he aquí que como por arte de magia, ese gesto ha bastado
para que Don Alfredo se haya convertido
en un político de cualidades extraordinarias, absolutamente fiable y leal,
según reza en las últimas declaraciones de todos los líderes del PP ante las
cámaras de televisión, ya que han debido borrar de un plumazo todo lo sucedido
en el pasado más inmediato, empezando por una serie de gravísimas acusaciones
que debían ser, si nos guiamos por la postura actual, absolutamente inciertas.
No se sabe muy bien si esto es un agradecimiento por haberles allanado el
camino de la competición por el poder, dejando como ha dejado Rubalcaba a un
PSOE herido de muerte y enzarzado en una encarnizada guerra sucesoria o un
respiro de alivio al comprobar que el lobo feroz al que tanto temían desde las
filas de Rajoy, al final era un monárquico convencido que no va a dar ninguna
guerra reclamando la llegada de la tercera República.
Pero la verdad es que hemos pasado de una agresividad
paranoica a una continua adulación endulzada por halagos que hace apenas un mes
nos hubieran parecido impensables y que en el fondo, vienen a demostrar que los
políticos son, per se, veleidosos y nada fiables en sus apreciaciones, sobre
todo por la rapidez con que son capaces de cambiarlas.
Un poco más y en una de esas visitas que acostumbran a
realizar los populares al Vaticano,
proponen al Papa Francisco la inmediata canonización de Rubalcaba, por
sus innumerables virtudes y le colocan en los altares como ejemplo para
generaciones venideras de lo que debe ser un opositor en el Parlamento,
honrado, fiel y capaz de abandonar caballerosamente cuando advierte que sobra,
en el terreno de la política.
Poco o nada importa que los españoles hayamos oído toda la
suerte de lindezas que los conservadores han venido dedicándole al líder de la
oposición y no solo en esta negra legislatura de Rajoy, sino también y muy
particularmente, durante los tiempos en que fue Ministro del Interior con
Zapatero, en el que llegaron a acusarle de haber filtrado información a la ETA,
provocando una reacción de absoluto rechazo hacia él, en todas las víctimas del
terrorismo.
Como a los ciudadanos se nos suele considerar imbéciles desde
las altas esferas, el PP puede que pretenda que aceptemos su cambio de postura
y hasta que lo acojamos con aplausos, como si el pasado se hubiera borrado de
repente de nuestras mentes, a causa de una amnesia irremediable que nos roba
los recuerdos almacenados y que por desgracia para ellos, suelen ser
indelebles.
Ahora resulta que no solo se ha terminado la crisis y España
avanza imparable hacia una recuperación económica que sin duda asombrará al
mundo con su magnitud, sino que además, Alfredo Pérez Rubalcaba es un dechado
de virtudes que ni ha hecho daño a su Partido, ni ha discutido jamás con el PP,
en todos los larguísimos años que ha durado su permanencia en el mundo de la
política.
Y nosotros, nos lo creemos.

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