jueves, 12 de junio de 2014

Memoria de un valiente


Donde quiera que estés, amigo, ahora que has emprendido ese viaje al que no hemos podido acompañarte, dejando en nosotros la huella profunda e imborrable de tu recuerdo, este torrente de lágrimas que no puede aflorar, se transforma en palabras que quizá no pudimos decir, creyendo que nos quedaba aún mucho tiempo.
No quiero que quede en la memoria, ni en ese lugar preferente que todos tenemos en el corazón, otra imagen que no sea la de tu sonrisa, ni otra sensación más que la de los buenos momentos que vivimos, como había que vivir, basando el lazo inviolable de la amistad en una cascada imparable de alegría, por todos los caminos que recorrimos y demostrando que cuando hay unidad, ni siquiera existen las distancias.
La suerte de andar a tu lado, de coincidir contigo en el tiempo y de quererte y de que nos quisieras, como deben ser las querencias, sin otro afán que el de practicar el amor, ya supone en sí mismo un triunfo, de esos de los que los hombres podemos sentirnos orgullosos, por ser únicamente lo que son y pertenecer como pertenecen, únicamente al mundo de los sentimientos.
Y aunque podría enumerar mil razones que sustentaran estas querencias y la admiración que por ti sentimos desde el primer momento, recordando los últimos años, no queda más remedio que confesar, que nunca habíamos conocido a nadie tan valiente.
Valentía, ahora lo sé, es afrontar la vida como viene y acomodar el paso en silencio, al ritmo que marca lo que nuestra historia nos trae, a cada cual, dejándonos decidir en soledad cómo queremos dibujar nuestro propio destino, mientras legamos, a la vez, un  ejemplo de vida a los nuestros, que será el que perdurará y el que nos mantendrá vivos en ellos, todas y  cada una de las veces que piensen en nosotros.
Y ese pequeño paso, apenas imperceptible para el mundo, que damos por la fuerza que mueve nuestra voluntad, marca la enorme diferencia entre los hombres grandes y pequeños, convirtiendo a los que lo dan, en uno de esos héroes anónimos que nunca ocuparán las páginas de ningún diario, pero sí  en el corazón de quienes les conocimos.
  Queriendo apartar el dolor, el cáliz amargo de la ausencia, no sé por qué, me viene la imagen de tu espíritu, al fin libre de todo dolor y sufrimiento, sobrevolando los verdes valles de Boí Taüll, en los que una vez fuimos tan felices.
Descansa en su paz, amigo Josep. Nunca te olvidaremos.


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