Donde quiera que estés, amigo, ahora que has emprendido ese
viaje al que no hemos podido acompañarte, dejando en nosotros la huella
profunda e imborrable de tu recuerdo, este torrente de lágrimas que no puede
aflorar, se transforma en palabras que quizá no pudimos decir, creyendo que nos
quedaba aún mucho tiempo.
No quiero que quede en la memoria, ni en ese lugar preferente
que todos tenemos en el corazón, otra imagen que no sea la de tu sonrisa, ni
otra sensación más que la de los buenos momentos que vivimos, como había que
vivir, basando el lazo inviolable de la amistad en una cascada imparable de
alegría, por todos los caminos que recorrimos y demostrando que cuando hay
unidad, ni siquiera existen las distancias.
La suerte de andar a tu lado, de coincidir contigo en el
tiempo y de quererte y de que nos quisieras, como deben ser las querencias, sin
otro afán que el de practicar el amor, ya supone en sí mismo un triunfo, de
esos de los que los hombres podemos sentirnos orgullosos, por ser únicamente lo
que son y pertenecer como pertenecen, únicamente al mundo de los sentimientos.
Y aunque podría enumerar mil razones que sustentaran estas
querencias y la admiración que por ti sentimos desde el primer momento,
recordando los últimos años, no queda más remedio que confesar, que nunca
habíamos conocido a nadie tan valiente.
Valentía, ahora lo sé, es afrontar la vida como viene y
acomodar el paso en silencio, al ritmo que marca lo que nuestra historia nos
trae, a cada cual, dejándonos decidir en soledad cómo queremos dibujar nuestro
propio destino, mientras legamos, a la vez, un
ejemplo de vida a los nuestros, que será el que perdurará y el que nos
mantendrá vivos en ellos, todas y cada
una de las veces que piensen en nosotros.
Y ese pequeño paso, apenas imperceptible para el mundo, que
damos por la fuerza que mueve nuestra voluntad, marca la enorme diferencia
entre los hombres grandes y pequeños, convirtiendo a los que lo dan, en uno de
esos héroes anónimos que nunca ocuparán las páginas de ningún diario, pero sí en el corazón de quienes les conocimos.
Queriendo apartar el
dolor, el cáliz amargo de la ausencia, no sé por qué, me viene la imagen de tu
espíritu, al fin libre de todo dolor y sufrimiento, sobrevolando los verdes
valles de Boí Taüll, en los que una vez fuimos tan felices.
Descansa en su paz, amigo Josep. Nunca te olvidaremos.

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