miércoles, 18 de junio de 2014

De fastos y de hambre


Tratando de convencernos con un argumento de falsa austeridad, el Parlamento refrendará esta mañana la coronación de Felipe VI, en unos actos que contarán con más de dos mil invitados y entre fuertes medidas de seguridad que impedirán a una gran parte de los españoles gritar en la calle, lo que realmente piensan.
Y mientras se celebran estos fastos, casi dos millones de niños y sus familias miran con gran preocupación el fin del presente Curso escolar, que trae consigo el cierre de los comedores  que proporcionan a muchos alumnos  la única comida fuerte que hacen al día, debido a la imposibilidad económica que sus progenitores tienen para alimentarlos, a causa de la situación que les ha regalado la crisis.
Poco importa a estos colectivos, sinceramente, si un nuevo Rey se sienta en el trono y mucho que todas las comunidades que gobierna el PP nieguen la evidencia de su desnutrición, huyendo de la mala imagen que puede dar esta desgracia ente sus socios en Europa.
Así que solo las comunidades que no están bajo el mando de las huestes de Rajoy, han decidido que los comedores de los colegios continuarán abiertos en verano, con la idea de paliar, al menos en parte, los gravísimos problemas sociales que padecen estas familias.
Pero el hambre de nuestros niños es unan realidad que no puede negarse y no desaparecerá por poner en práctica una táctica de despiste, mientras se ignora de manera reiterativa que lo único que puede solventar sus dificultades sería que sus padres encontraran el modo de acceder a un puesto de trabajo de nueva creación, responsabilidad que compete en exclusividad a este Gobierno y que no parece constituir, visto lo visto, la principal preocupación del Partido Conservador, absolutamente enfrascado ahora, en depositar con suavidad a Felipe VI, en el Palacio de la Zarzuela.
No se entiende que en un momento de perentoria necesidad, pueda dedicarse ni un solo euro a la organización de unos actos que solo representan en realidad, un mero trámite administrativo y mucho menos, que quiénes van a ser coronados consientan el despilfarro que origina una sucesión, que bien podría haberse celebrado en la intimidad del Parlamento y que sin embargo requerirá de la presencia de siete mil policías en la calle y un dineral destinado al agasajo de los que asistirán a las posteriores recepciones y que son, como no podía ser de otra manera, representantes de las élites económicas y políticas.
¿Puede Felipe, de verdad, consentir este despilfarro, sabiendo fehacientemente que casi dos millones de niños españoles no tienen qué llevarse a la boca y más de seis millones de personas se encuentran en situación de desempleo, bajo el supuesto amparo de su corona?
Si puede, e ignora con su actitud lo que ocurre, mal empieza el camino de un reinado que se asienta de manera evidente sobre la extrema necesidad que padece un pueblo, a quien ni siquiera se permite decidir si está de acuerdo o no, con su manera de llegar a la jefatura del Estado.
Nosotros sí que sabemos, por desgracia, lo que es la austeridad y no quienes presumiendo que la practican, destinan los fondos públicos a actos desmesurados, arcaicos y obsoletos, como esta coronación de hoy.


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