martes, 10 de junio de 2014

Acoso a la docencia


Encontrar fórmulas para denostar la labor de los docentes, parece haberse convertido en una norma común para los dos grandes Partidos que se han repartido el poder en España, al menos hasta ahora.
Los unos por clasismo y los otros por un populismo exacerbado, han ido desgastando paulatinamente las atribuciones del profesor, llegando a colocarle en una indefensión absoluta ante las reclamaciones de los alumnos y sobre todo, de unos padres que nunca terminan de aceptar que sus hijos sean suspendidos por no haber cumplido los objetivos marcados por los programas y que suelen achacar el fracaso personal de sus vástagos, como no, a la rigidez de criterios de quiénes los enseñan.
Se ha convertido en algo natural cuando los niños suspenden, sobre todo en Secundaria y muy particularmente, en el curso al que sigue la Selectividad, que los progenitores recurran a instrumentos legales que suelen estar ocultos en la letra pequeña de las programaciones de las asignaturas, apostando por que la magnanimidad de los inspectores de zona que no desean verse inmersos en procesos de reclamación que constituyen un trabajo extra,  acuda siempre en su favor, otorgando aprobados que harían sonrojar a cualquier profesional que se precie y que distan mucho de aportar al sistema educativo español, esa excelencia en el alumnado que todo el mundo pretende.
La Junta de Andalucía acaba de enviar un Decálogo a los Institutos de Secundaria, en el que aclara al colectivo bajo su mando, todos los pasos que se seguirán, en el caso de tropezarse con reclamaciones al final de curso y que llega a exigir la grabación de los exámenes orales, como prueba fehaciente de que el profesor no sobrepasará en ningún caso los límites establecidos, aunque dudando muy seriamente de su profesionalidad a la hora de evaluar a un alumnado con el que han convivido, al menos, durante todo un  curso académico.
Viene a decir el documento, que difícilmente se fallará a favor del profesorado en aquellos casos que se reclamen y que los padres son un colectivo al que hay que mimar, tengan o no razón, en la exposición de sus argumentos.
Si las Instituciones no respetan en absoluto la labor de los profesores de la Enseñanza Pública y como parece, permiten que pasen de nivel alumnos que han sido evaluados con notas, generalmente bajísimas, ¿cómo pueden los docentes exigir a quienes asisten a sus clases un seguimiento serio de la materia que se imparte, sabiendo como saben que estudien o no, si reclaman, van a terminar aprobando?
La falta de consideración hacia el buen hacer de los funcionarios de la docencia y la poca importancia que se da a que la formación que se ofrece pueda llegar a ser de auténtica calidad, no puede ser más evidente.
Habrá que recordar que para ocupar una plaza de Profesor titular en el sistema educativo español, hay que aprobar unas durísimas oposiciones que exigen una dedicación absoluta al estudio durante al menos, un par de años y que a veces, incluso después de haber aprobado con excelente puntuación, muchos aspirantes no consiguen el puesto, teniendo que volver a presentarse, algunos, en varias ocasiones.
¿Y todo para qué? ¿Para qué finalmente su criterio de evaluación sea echado por tierra por una Administración empeñada en evitar conflictos con padres a los que lo único que importa es que sus hijos consigan el aprobado, independientemente de que conozcan o no las materias que componen el año que cursan?
Decididamente, también  en esta importantísima cuestión, los dos grandes Partidos necesitan un duro correctivo que ayude a determinar qué clase de Enseñanza es la que se oferta al alumnado español y que devuelva al profesorado en general, el sitio que se le ha venido hurtando reiterativamente, con cada nueva Ley aprobada por cada nuevo Ministro que llega al poder.
De todos es sabido que para los padres, si el niño aprueba, es porque su inteligencia no tiene límites, pero si suspende, es porque el profesor carece de formación, o simplemente porque por alguna insólita razón, no puede soportar al alumno en cuestión y el cero es un modo de venganza y no una justa apreciación de los resultados y el trabajo demostrados por el alumno a lo largo de todo un año.
A este paso, pronto se entregará a los padres el primer día de curso, un impreso en el que puedan evaluar como deseen a sus propios hijos, que no podrá discutirse ni modificarse, estudie o no estudie el alumno y que, desde luego, hará felices a las Inspecciones, por el nulo nivel de conflictividad con el que tropezarán cada Junio, cuando termine el calendario escolar establecido.
En su defecto, los profesores acabarán por convertirse en meros espectadores de la evolución que quieran seguir sus alumnos y sobre todo, de la percepción que cada padre tenga de su hijo y de su manera de afrontar el reto que constituye su propia formación, que de este modo, no puede jamás llegar a ser buena.


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