Comienza el Mundial de Fútbol, justo cuando los españoles
parecían emocionarse con la brillante entrada de Podemos en el panorama
político y coincidiendo con el debate que sostienen, entre Monarquía y
República, los grupos que conforman el Parlamento, además de con la guerra
interna que se ha declarado en el PSOE, por la sucesión de Rubalcaba y con la
recta final de la instrucción del caso Urdangarín, que al fin parece que va a
concluir en breve, según fuentes cercanas a medios judiciales.
Así que
mientras las selecciones de diferentes países disputan en Brasil el título
mundial y se adormecen las conciencias con el negocio más redondo de cuántos se
conocen, en España tendremos, si un milagro de los gordos no lo remedia, la
entrada en escena de un nuevo Rey, la lucha entre varios candidatos por ocupar
la Secretaría General del segundo Partido en número de votos y probablemente,
la conclusión de uno de los casos más mediáticos de corrupción de los últimos
tiempos, amén de la implantación de una Ley que blinde judicialmente al Rey
saliente y a su señora esposa y todo esto, prácticamente sin que nos enteremos,
precisamente por estar, literalmente, pegados a una pantalla de televisión.
El hipnótico
perfecto, llamado balompié, consigue sentar en el sofá a millones de españoles,
dejando las calles vacías de coches y contaminación durante quince días y que
no se hable de otra cosa en los bares, en los parques y allá donde se reúna un
grupo de personas, sin que ya no interese nada más que los resultados que se
vayan produciendo en los campos brasileños.
Tristemente derrotados por el discurrir de un balón sobre la
hierba, los graves trastornos que viene ocasionando la interminable crisis,
desaparecen de las portadas de los diarios que son ocupadas en su totalidad,
por alguna de las múltiples jugadas que protagonizan los equipos participantes
en el evento, como si el mundo y el País en concreto, se hubieran paralizado
repentinamente y ya no existiera nada más en la vida, que las victorias que se
producen en cada enfrentamiento y que van aclarando quiénes será finalmente,
los que se alcen con la consecución de tan imprescindible triunfo.
Una busca alguna rendija por la que escapar de la reiterativa
pesantez que le produce el dichoso espectáculo, pero resulta francamente difícil
huir del tema en cuestión e incluso negarse rotundamente a ser absorbida por
los efectos adormecedores que produce su contemplación, porque la lucha se
convierte en incomprensiblemente individual y perdida por goleada.
Qué soluciona a los seis millones de parados, a los
estudiantes a quienes se les ha retirado la beca, a los usuarios de la Sanidad
y la Educación pública a quienes se han robado una parte importante de sus
derechos, a los funcionarios a los que se ha reducido visiblemente el sueldo, a
los jubilados que han perdido parte de su pensión y a todos los colectivos que
han sufrido las consecuencias de todas las medidas de recortes, este circo
mediático, es una incógnita que francamente, no soy capaz de resolver y me
cuesta mucho aceptar que la multitud de problemas que padecemos puedan parecer
enterrados como por arte de magia, simplemente porque un lance deportivo se
esté celebrando, precisamente en un País, absolutamente necesitado de
inversiones urgentes en temas sociales, que quedan relegadas a un segundo
plano, a favor del negocio del siglo.
Esto lo saben bien los millones de brasileños que se juegan
el tipo entre fortísimas medidas policiales, protestando enérgicamente por la
celebración en su territorio, del acontecimiento.
Aquí, cuando todo termine y los alienados espectadores
consigan despertar de su inducido sueño, muchas cosas importantes habrán
cambiado aquí y desgraciadamente para nosotros, otra vez, no habremos
participado ni en su elaboración, ni en su implantación forzosa y permanente.

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