martes, 14 de diciembre de 2010

Verdades a medias

Las explicaciones ofrecidas sobre la pasada huelga de controladores, y los factores que rodearon las vicisitudes vividas por miles de viajeros en esos días, las ofrezca quien las ofrezca, parecen insuficientes y da la sensación de que todos guardaran información en la manga, con la intención de dulcificar una cruda verdad, que podría muy bien haber desembocado en una catástrofe de dimensiones astronómicas.
Tampoco parece que nadie se interese en exceso por hacer comprobaciones de cómo se organizó el paro ni de qué otros sectores hubieran estado dispuestos a secundarlo, de haber triunfado en sus pretensiones esta élite de altos vuelos, que ha aprendido concienzudamente, y con aplicación, los métodos utilizados por una clase trabajadora tradicional, cuando no le ha quedado otro remedio para reclamar sus derechos.
Está claro, que una puesta en escena de tal envergadura, siempre tiene detrás un nutrido grupo de organizadores, que se encargan de ordenar las secuencias, estudiar el terreno y proponer el momento oportuno para pasar a la acción, en la esperanza de obtener unos resultados óptimos y siempre jugando con el factor sorpresa, que suele ayudar bastante en estos casos.
No me explico por qué el gobierno, y en este caso, los ministros implicados en este tortuoso asunto, ni siquiera han entrado en las polémicas reuniones que los líderes de los controladores mantuvieron, unos días antes de la huelga, con dirigentes del Partido Popular, ni se han detenido celosamente en averiguar qué se discutió en esos encuentros, sospechosamente cercanos al desastre, ni si tras esas conversaciones existía una trama política que aunaba esperanzas para, si la situación se hacía insostenible, exigir una pronta dimisión del Presidente Zapatero, probablemente seguidos por los pilotos, e incluso, más tarde, por los transportistas de carreteras, lo cual hubiera provocado una paralización total del país.
Algo similar pasó ya en Chile en el año 1973. Todos sabemos cómo acabó el entonces presidente Allende y sería inútil ahondar ahora en los detalles de una historia archiconocida, cuyos desastroso resultados aún colean en los tribunales, defendidos por personas honradas, como el oportunamente defenestrado Juez Garzón.
Tal vez este inexplicable silencio, conlleva el precio de un apoyo a la propuesta de prolongación del Estado de Alarma que el gobierno tiene en mente proponer a votación, en el Congreso, en previsión de que algo similar a lo ocurrido semanas atrás, pudiera repetirse en Navidad, privando de su libertad de movimiento a las muchas familias que aprovechan estas fechas para volver a reunirse, si viven habitualmente separadas.
La pregunta es qué pasará después. Porque si se ha de dar una militarización permanente, para que el control aéreo de la nación funcione con la normalidad deseada, mal pintan las cosas para nuestros mandatarios y otro gravísimo problema viene a sumarse a la ya larga lista de desatinos que se vienen sucediendo desde que comenzara esta maldita crisis.
Y si, como resulta previsible, en el momento en que se levante el estado de alarma, los controladores vuelven a retomar el camino iniciado, propiciando a través de subterfugios inadmisibles, otro caos en nuestros cielos ¿tendrá el señor Rubalcaba nuevos argumentos con que mitigar sus acciones, si ahora no ha arrancado, de raíz y con todas sus consecuencias, el cáncer de la ambición por la que se mueven quienes urdieron el primer intento?
Excuso decir que este territorio, tan zarandeado por tantas desgracias, tiene un único y exclusivo dueño: el pueblo soberano.
No es como ellos se piensan, un feudo del Partido Popular, ni de ningún otro partido político, ni de los controladores aéreos o terrestres, ni de ningún otro colectivo que en cualquier momento quiera erigirse como salvador de la patria. Es hora de que quede muy claro este concepto porque el último salvamento al que fuimos sometidos, nos costó una dictadura de cuarenta años y un retraso intelectual del que aún arrastramos secuelas, como es fácil comprobar, al oír el discurso manido al que se agarran aquellos que elegimos para que nos representaran, cosa de la que nunca nos arrepentiremos bastante.

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