domingo, 12 de diciembre de 2010

El precio de la gloria

La larga y nefasta sombra del dopaje, ennegrece bajo sus alas las historias de muchos atletas, en su ambición por rozar el cielo desde el podium, utilizando para ello métodos nada recomendables para su propia salud física o psicológica.
Algunos valientes, se han atrevido a ponerse delante de los medios de comunicación para contar sus historias o las de sus compañeros, desatando las iras del entorno elitista que les rodeaba, negando la evidencia de que cuanto narraban era cierto y que, aún debajo de su sinceridad, se movía un submundo paralelo, la mayor parte de las veces, controlado por médicos, terapeutas y cargos relacionados con un deporte, que poco tiene que ver con el esfuerzo individual y colectivo, y mucho con los beneficios que generan, en poco tiempo, los atletas que alcanzan la categoría máxima, en alguna de las disciplinas.
Todos recordamos, por ejemplo, la experiencia referida por Pedro García Aguado, campeón de waterpolo, en la que reconocía su adicción a las drogas, de las que después tuvo la valentía de salir, corriendo mejor suerte que su compañero Jesús Rollán, que murió a causa de ellas en extrañas circunstancias, no se sabe si por accidente o por propia decisión.
Es fácil reclutar jóvenes y prometerles que cumplirán todos sus sueños. Es, relativamente sencillo, si les acompañan ciertas cualidades, retirarlos del mundo, hacerles ingresar en centros destinados a los llamados deportistas de élite, comenzar a entrenarlos y ofrecerles, a temprana edad y alejados de sus familias, un montante económico cuantioso, que la mayoría no sabe cómo administrar, cayendo en tentaciones nada deseables.
Lo importante para federaciones y atletas, no es otra cosa, que conseguir un máximo rendimiento en las competiciones a las que acuden y, aunque nadie se atreva a decirlo, nada importan los medios utilizados para este fin, ni los juguetes rotos que sea preciso crear, si los resultados son los apetecibles.
De todos es sabido, que en estos centros de élite circulan todo tipo de sustancias, que el crecimiento de la masa muscular de los atletas puede ser, literalmente, acelerado, si las circunstancias lo requieren, parado, como en el caso de las niñas de la gimnasia rítmica, adecuadamente regulado, si su especialidad necesita adecuarse a un determinado peso, o multiplicado si la competición está cerca y se supone que no darán la talla.
Los chicos, en su ilusión por alcanzar las metas propuestas, suelen pasar por el aro de cuantas sugerencias les sean ofrecidas e incluso conocen a la perfección el modo de tomar sustancias y en qué momento, para dar negativo después, en los controles a los que son sometidos.
Continuamente, son creados nuevos compuestos que escapan a las revisiones periódicas, en cuanto la evidencia de que fueron usados por alguno de ellos, se convierte en noticia y acarrea una sanción para quien los ingirió o para el que se atrevió a suministrárselo.
Si todos los que, por alguna razón, quedaron en el camino, teniendo que afrontar después su cruda realidad, lejos de los oropeles del triunfo, sin oficio ni beneficio, se atrevieran a detallar lo que vieron y vivieron, sin pelos en la lengua, ni en la conciencia, quedaríamos asombrados al comprobar cuántos nombres engrosan la lista de los que padecieron este fenómeno que ahora se quiere hacer aparecer como un hecho puntual, en un intento desesperado por no salpicara las instituciones con su podredumbre.
La operación galgo, no es más que la punta del iceberg de lo que encierra, en sus entrañas, el día a día de muchos de nuestros atletas, en todas y cada una de las disciplinas deportivas a las que decidieron o los empujaron a dedicarse.
Dan igual, los manifiestos que muchos de ellos firmen, negando la triste realidad que convierte la verdad en el espejismo de los triunfos pasajeros a los que se llega por tener celos de la velocidad del viento. Una vez alcanzados, se desvanecen y a veces, la imagen que queda después, pasado el tiempo, nada tiene ya que ver con la de los niños reclutados a los que alguien hizo las mejores promesas del mundo.
Algunos, muchos, ni siquiera son capaces de convivir consigo mismos, sin las relajadas costumbres adquiridas, mientras dura la corta “carrera” que los mueve a ritmo frenético hacia la gloria.
Habría que fijar los ojos, sin dudarlo, en la frialdad de los directivos, ocupados en la supuesta forja de unos héroes sustentados sobre peanas de barro mal fraguado, e investigar su segura implicación en esta creación de falsos mitos a cambio de sustanciosos beneficios y adoptar, con ellos, medidas tan ejemplarizantes, que toda esta parafernalia establecida alrededor del deporte, quedara enterrada para siempre junto con sus posibilidades de volver a acceder a puesto alguno, a perpetuidad, aunque hubiera con ello que tirar de la manta más grande que haya existido, desde que se inventó esta expresión, hace ya tanto tiempo.



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