En este incierto diciembre, en el que han sucedido tantas cosas, y que aún no sabemos qué nos deparará en los días que le restan, con el fantasma de la triste Navidad que se aproxima, para las miles de familia que hacen cola ante las oficinas del INEM, cuesta un poco sacar siquiera una sonrisa, en esta tensa espera de futuro inmediato, que no augura buenas perspectivas sociales, por muy lleno que nos empeñemos en contemplar el vaso del optimismo.
Recopilando los acontecimientos mas recientes, en que nos hemos encontrado, al mismo tiempo, con la desastrosa huelga de controladores, que empuja sin querer a tener malos pensamientos de índole catastrofista, la detención del señor Assange, en el intento de acallar la voz de una crudísima verdad que representa la cotidianidad de los pueblos invadidos, la larga cola de la trama Gurtel, con sus ramificaciones de evasión de capitales al extranjero, y la constante beligerancia entre los partidos que conforman nuestro denostado arco político, son pocos o ninguno, los motivos de alegría que le quedan a nuestro sufrido pueblo, que no hace últimamente otra cosa que esperar que el próximo paso, sea todavía peor que el anterior, mermando del todo sus posibilidades reales de encontrar una salida.
Se empeñan en hacernos creer que nos encontramos ante un bache pasajero, que se irá arreglando poco a poco, pero ya nada volverá a ser lo mismo y es tal la ferocidad que el sistema capitalista está demostrando para subyugar a los que nunca tuvimos otra riqueza que la de nuestro trabajo, que cuando el paisaje desolador que nos rodea, se abra a nuestros ojos sin las cortinas de humo embriagador que lo envuelven, la imagen que se detendrá en nuestras retinas, será aterradora y, probablemente, irremediable.
En algunos sitios, una tímida respuesta a la rapidez con la que se suceden los acontecimientos, trata de paliar esta desolación, intentando transmitir que es posible otro discurso para encauzar un camino menos tortuoso que el que nos ha tocado andar y que el esfuerzo colectivo de los más pequeños, podría aportar nuevas ideas capaces de demoler sin miramiento, un sistema asfixiante, cuya atmósfera nos resulta ya irrespirable.
Sin embargo, el miedo “convenientemente” arraigado durante años, en un modo de vida cómodo, que ha ido minando con su placidez nuestra capacidad de pensamiento, nos impide tomar iniciativas como la de retirar los fondos de los bancos, o la de salir a las calles para gritar que basta ya, que hasta aquí hemos llegado y que, sin nosotros, ningún juego engañoso llegaría a ser posible.
Es evidente, que cansa considerablemente predicar en desierto mientras contemplamos el grado de adocenamiento de las masas, que nada hacen por mejorar o cambiar un porvenir, que, al fin y a la postre, no deja de ser más que el reflejo de sus posibilidades vitales, envuelto en una engañifa política, que no contempla más que el brillo del neón de las grandes empresas que deciden por nosotros, sin ni siquiera llamarnos a consulta.
Y aunque no decaemos en el esfuerzo continuado por hacer salir a la inmensa mayoría de su ceguera psicológica, es tal la decepción por el fracaso que una y otra vez obtenemos como única respuesta, que a veces la desesperación nos mina el espíritu y nos apetece, sinceramente, tirar la toalla.
Entretanto, el que sobrevive al látigo castigador de la crisis, sigue el sendero comercial que marcan las normas de las fechas que se aproximan e invierte su ilusorio montante en los brillantes comercios, abiertos 24 horas, preparando, como cada año, la celebración de las fiestas.
Pero, realmente, ¿queda algo que celebrar?
Recopilando los acontecimientos mas recientes, en que nos hemos encontrado, al mismo tiempo, con la desastrosa huelga de controladores, que empuja sin querer a tener malos pensamientos de índole catastrofista, la detención del señor Assange, en el intento de acallar la voz de una crudísima verdad que representa la cotidianidad de los pueblos invadidos, la larga cola de la trama Gurtel, con sus ramificaciones de evasión de capitales al extranjero, y la constante beligerancia entre los partidos que conforman nuestro denostado arco político, son pocos o ninguno, los motivos de alegría que le quedan a nuestro sufrido pueblo, que no hace últimamente otra cosa que esperar que el próximo paso, sea todavía peor que el anterior, mermando del todo sus posibilidades reales de encontrar una salida.
Se empeñan en hacernos creer que nos encontramos ante un bache pasajero, que se irá arreglando poco a poco, pero ya nada volverá a ser lo mismo y es tal la ferocidad que el sistema capitalista está demostrando para subyugar a los que nunca tuvimos otra riqueza que la de nuestro trabajo, que cuando el paisaje desolador que nos rodea, se abra a nuestros ojos sin las cortinas de humo embriagador que lo envuelven, la imagen que se detendrá en nuestras retinas, será aterradora y, probablemente, irremediable.
En algunos sitios, una tímida respuesta a la rapidez con la que se suceden los acontecimientos, trata de paliar esta desolación, intentando transmitir que es posible otro discurso para encauzar un camino menos tortuoso que el que nos ha tocado andar y que el esfuerzo colectivo de los más pequeños, podría aportar nuevas ideas capaces de demoler sin miramiento, un sistema asfixiante, cuya atmósfera nos resulta ya irrespirable.
Sin embargo, el miedo “convenientemente” arraigado durante años, en un modo de vida cómodo, que ha ido minando con su placidez nuestra capacidad de pensamiento, nos impide tomar iniciativas como la de retirar los fondos de los bancos, o la de salir a las calles para gritar que basta ya, que hasta aquí hemos llegado y que, sin nosotros, ningún juego engañoso llegaría a ser posible.
Es evidente, que cansa considerablemente predicar en desierto mientras contemplamos el grado de adocenamiento de las masas, que nada hacen por mejorar o cambiar un porvenir, que, al fin y a la postre, no deja de ser más que el reflejo de sus posibilidades vitales, envuelto en una engañifa política, que no contempla más que el brillo del neón de las grandes empresas que deciden por nosotros, sin ni siquiera llamarnos a consulta.
Y aunque no decaemos en el esfuerzo continuado por hacer salir a la inmensa mayoría de su ceguera psicológica, es tal la decepción por el fracaso que una y otra vez obtenemos como única respuesta, que a veces la desesperación nos mina el espíritu y nos apetece, sinceramente, tirar la toalla.
Entretanto, el que sobrevive al látigo castigador de la crisis, sigue el sendero comercial que marcan las normas de las fechas que se aproximan e invierte su ilusorio montante en los brillantes comercios, abiertos 24 horas, preparando, como cada año, la celebración de las fiestas.
Pero, realmente, ¿queda algo que celebrar?

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