En este mundo, poblado mayoritariamente por elementos acostumbrados a hacer de la mentira un modo de vida, empecinados en llevar la ambición hasta sus últimas consecuencias y forzados por las corrientes en el poder a renegar de principios, ideología e incluso de la propia identidad, se paga caro ser un espíritu libre y la defensa de la verdad, es sistemáticamente silenciada por la represión de los que no pueden soportar que salga a la luz, incluso a pesar de su evidente prepotencia.
Julian Assange, fundador de Wikileaks, está empezando a conocer las consecuencias que acarrea el intento de abrir una ventana al infinito, para lanzar, a través de ella, toda esa información reiterativamente sesgada u oculta, que demuestra las auténticas intenciones de los Estados opulentos cuando maniobran para conseguir doblegar o invadir a otros menos afortunados, que, simplemente, incomodan su política de capitalismo feroz, por razones que ahora no vienen al caso.
El precio a la valentía de enfrentarse a los colosos que todo lo manejan, no suele ser barato. Aunque para quien tanto tiene, resulte fácil conseguir sacar ases sin fin de la manga, incluyendo supuestos delitos, como en este caso, que sean capaces de arrancar de raíz, cualquier cosa que escape a sus largos tentáculos de manipulación permanente.
Amordazar o liquidar a los que dan un paso adelante, desafiando al pastor que conduce la manada, siempre ha traído una respuesta contundente, en un intento rotundo de recordar quien maneja los hilos que mueven el planeta y, sobre todo, que quien abandona el sendero, probablemente acabe tendido en él, con un par de balazos en la cabeza.
Seguramente, esta habría sido la primera intención con respecto a Assange, pero la evidencia habría sonado tan clara para las personas de cierta inteligencia, que la grave acusación de varios delitos sexuales, probablemente mediante compra de testigos, cumplirá igualmente la función deseada, al mismo tiempo que desacreditará para siempre la reputación de este hombre, para que acabe cayendo en el olvido.
Es obligación inaplazable de los que nos sentimos identificados con él y no solemos hacer concesiones partidistas cuando nos sentamos a redactar lo que consideramos una opinión neutral en lo que concierne a las noticias, hacer llegar a la mayor gente posible, un grito desgarrador de alerta, para que estas puestas en escena, magistralmente ensayadas y orquestadas, no den el fruto apetecido y se respete la libertad de expresión en su extrema pureza, si queremos que la sociedad sea consciente de cuánto ocurre a su alrededor y de la clase de comportamientos que practican los que detentan el bastón de mando.
Hacer otra cosa, sería reverenciar al becerro de oro, en una inadmisible renuncia a nuestra ideología, a nuestra capacidad para transmitir noticias fidedignas y a nuestro inalienable derecho a poseer la verdad completa de las informaciones que nos llegan, sin hacer desaparecer aquellos capítulos vergonzantes en los que ofenden las actitudes de determinados elementos.
Por ello, y porque aún nos queda un resquicio de ilusión, en que parte de la judicatura no baila al son que le tocan, conservamos cierta esperanza en un rápido esclarecimiento de este caso y en que al señor Assange, le sea permitido proseguir con la interesantísima labor iniciada, haciendo uso de su libertad de comunicación, ahora en entredicho, con esta pantomima altamente sospechosa de manejo encubierto.
No sabemos qué clase de jueces se hacen cargo del caso, ni si los vientos que los mueven soplan de un lado u otro de esta tensa cuerda, cuyos extremos alcanzan una disparidad de imposible reconciliación.
Pero los ojos del mundo se han posado sobre ellos y analizarán hasta el mínimo detalle del transcurso de este juicio, porque en este barco viajamos todos y es mucho nuestro interés por conocer cuál será nuestro destino y, sobre todo, si podremos elegirlo nosotros, sin coacciones ni peligro.
Julian Assange, fundador de Wikileaks, está empezando a conocer las consecuencias que acarrea el intento de abrir una ventana al infinito, para lanzar, a través de ella, toda esa información reiterativamente sesgada u oculta, que demuestra las auténticas intenciones de los Estados opulentos cuando maniobran para conseguir doblegar o invadir a otros menos afortunados, que, simplemente, incomodan su política de capitalismo feroz, por razones que ahora no vienen al caso.
El precio a la valentía de enfrentarse a los colosos que todo lo manejan, no suele ser barato. Aunque para quien tanto tiene, resulte fácil conseguir sacar ases sin fin de la manga, incluyendo supuestos delitos, como en este caso, que sean capaces de arrancar de raíz, cualquier cosa que escape a sus largos tentáculos de manipulación permanente.
Amordazar o liquidar a los que dan un paso adelante, desafiando al pastor que conduce la manada, siempre ha traído una respuesta contundente, en un intento rotundo de recordar quien maneja los hilos que mueven el planeta y, sobre todo, que quien abandona el sendero, probablemente acabe tendido en él, con un par de balazos en la cabeza.
Seguramente, esta habría sido la primera intención con respecto a Assange, pero la evidencia habría sonado tan clara para las personas de cierta inteligencia, que la grave acusación de varios delitos sexuales, probablemente mediante compra de testigos, cumplirá igualmente la función deseada, al mismo tiempo que desacreditará para siempre la reputación de este hombre, para que acabe cayendo en el olvido.
Es obligación inaplazable de los que nos sentimos identificados con él y no solemos hacer concesiones partidistas cuando nos sentamos a redactar lo que consideramos una opinión neutral en lo que concierne a las noticias, hacer llegar a la mayor gente posible, un grito desgarrador de alerta, para que estas puestas en escena, magistralmente ensayadas y orquestadas, no den el fruto apetecido y se respete la libertad de expresión en su extrema pureza, si queremos que la sociedad sea consciente de cuánto ocurre a su alrededor y de la clase de comportamientos que practican los que detentan el bastón de mando.
Hacer otra cosa, sería reverenciar al becerro de oro, en una inadmisible renuncia a nuestra ideología, a nuestra capacidad para transmitir noticias fidedignas y a nuestro inalienable derecho a poseer la verdad completa de las informaciones que nos llegan, sin hacer desaparecer aquellos capítulos vergonzantes en los que ofenden las actitudes de determinados elementos.
Por ello, y porque aún nos queda un resquicio de ilusión, en que parte de la judicatura no baila al son que le tocan, conservamos cierta esperanza en un rápido esclarecimiento de este caso y en que al señor Assange, le sea permitido proseguir con la interesantísima labor iniciada, haciendo uso de su libertad de comunicación, ahora en entredicho, con esta pantomima altamente sospechosa de manejo encubierto.
No sabemos qué clase de jueces se hacen cargo del caso, ni si los vientos que los mueven soplan de un lado u otro de esta tensa cuerda, cuyos extremos alcanzan una disparidad de imposible reconciliación.
Pero los ojos del mundo se han posado sobre ellos y analizarán hasta el mínimo detalle del transcurso de este juicio, porque en este barco viajamos todos y es mucho nuestro interés por conocer cuál será nuestro destino y, sobre todo, si podremos elegirlo nosotros, sin coacciones ni peligro.

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