miércoles, 15 de diciembre de 2010

Un empobrecimiento paulatino



A todas las penurias económicas que ya teníamos, como consecuencia de esta interminable crisis, habremos de añadir, a partir de Enero, una importante subida en el recibo de la luz, que parece que rozará el diez por ciento, y que ,en parte, se invertirá en remendar la problemática del carbón, que, por lo visto, acabaremos pagando los de siempre.
No sé qué idea tendrán nuestros políticos de nutridos bolsillos, por lo general, del poder adquisitivo que disfrutamos los pocos españolitos de a pie, que aún tenemos la suerte de conservar un jodido puesto de trabajo, pero da la impresión de que nuestros sesudos representantes deben creer, que los sueldos que tanto trabajo nos cuesta conseguir, consisten en una especie de goma de mascar, capaz de estirarse hasta el infinito, y del que se puede disponer cada vez que a uno de ellos, le asalta la idea prodigiosa de añadir un nuevo gravamen a cualquier producto de estricta necesidad, como si nuestra sociedad disfrutara de un periodo de bonanza que le permitiera, sin desdoro, todos los dispendios.
No quiero ni pensar en la situación en que quedarán ahora, esas familias, cuyos miembros engrosan las nutridas listas del INEM, si han de añadir al hambre que ya padecen, el frío que habrán de sufrir este crudo invierno, ya que en sus delicadísimas circunstancias, no van a poder permitirse, ni tan siquiera, encender una triste estufa con la que calentarse, dado que las nuevas tasas serán, para ellos, del todo inadmisibles.
Esta ceguera institucional, que se acompaña de una sordera que no oye el grito desgarrador de un pueblo, que ve como se aproxima a un empobrecimiento similar a la hambruna de los años cuarenta, se acompaña además, de un lenguaje ininteligible para el grueso de la población que contempla atónita cómo todas las soluciones propuestas, augura un futuro desesperanzador y un alejamiento, aún mayor, de los que ya no representan a nadie, ni a nada, que no sean sus propios intereses de permanencia en el poder.
Y es normal, que en contextos como este, la desesperación de los más afectados vaya degenerando en actitudes de violencia, que hasta resultan excusables, si se desmenuza la dificultad con que han de afrontar el día a día, estos desheredados por el derrumbe del ladrillo y por la ambición desmesurada de los usureros que regentan la Banca.
Al menos, uno espera la ayuda de aquellos que subidos a una tribuna pública, a simple vista, le parecieron personas como el, de aquellos en los que, en un momento determinado, depositó su confianza, creyendo de buena fe que representarían sus intereses de clase ante los posibles atentados que pudieran mermarlos, hasta colocarlos en bretes como los que, actualmente, se ven obligados a soportar, pero la espera se hace interminable y el mensaje que a uno de viene a mente es meridianamente claro: para la próxima vez, no cuenten con nosotros, porque, seguramente, ya seremos mendigos y no seremos dignos siquiera, de ser empadronados en ninguno de sus censos.






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