No parecen dolerle prendas a la Iglesia Católica, a la hora de hacer comentarios sobre temas de una vida que, en todos sus ámbitos les es ajena –dada su aparente falta de conexión con la realidad- pero que no pueden permitir que arruine sus dogmas, ni siquiera cuando, por mera evolución, se aparta de los derroteros marcados por los pastores de sus rebaños.
La última necedad salida de los labios de uno de sus altos cargos, cuyo nombre no merece siquiera mención, es una curiosa teoría que, según ellos, demuestra que la violencia de género es mucho más abundante entre aquellos que decidieron unirse sin pasar por el sacramento eclesiástico, sin aclarar si fue por descreimiento o por abominar de los costos múltiples que reporta que se santifique dicha unión.
Habla , en primer lugar, este necio interlocutor desde una postura de celibato que difícilmente puede permitir una visión próxima a la realidad de la vida en común y que, por otra parte, invita a una unión vitalicia a los que pasan por sus púlpitos, desdeñando toda posibilidad de arrepentimiento en los cónyuges, haya por medio o no, maltrato, sobre todo si este se produce por parte del hombre hacia la mujer, a la que ni siquiera permiten ejercer el sacerdocio, en una posición incomprensible de absoluto machismo.
Durante años, eso lo conocemos bien los mayores, han alentado a las señoras a las que dirigían espiritualmente, a soportar con paciencia los defectos y las numerosas infidelidades de sus maridos, con la excusa de que la debilidad carnal del macho de la manada, era proclive a hacerlos caer con mayor facilidad en el pecado de la lujuria y que el papel de la esposa, no era otro, que el de ser la balanza equilibradota de la vida familiar, siempre dispuesta a perdonar en una actitud de sufridora paciente, que para sí hubiera querido el santo Job, en según qué casos.
Eso sí, todo cambia cuando el tribunal de la Rota recibe una sustanciosa cantidad en alguno de los casos de nulidad que le llegan. Ahí tenemos, bien cerca, famosos a los que se ha dispensado de su palabra marital, con o sin maltrato por medio, y a veces, hasta sin móvil aparente que pudiera mover la muy cerrada razón de estos jueces de lo divino y de lo humano.
Si efectivamente, este y otros necios, hablaran desde una postura realmente cristiana, su primordial obligación sería poner toda su voluntad al servicio de las víctimas de la violencia de género, como víctimas que son, y desdeñar por absurdo, de qué manera fue constituida su pareja e incluso qué religión o ideología profesan, dada la urgencia de algunos casos en los que se teme, incluso, por la vida.
Pero de nuevo, la vanidad, el pavoneo y la imperiosa necesidad de atraer nuevos clientes, prima sobre las directrices de su primera doctrina y la falta de humanidad que demuestran estos oradores de sotana de alta costura, no hacen otra cosa que corroborar la poca importancia que tiene para ellos, cualquier `problema que escape a su necesidad de control y al ansia de poder que caracteriza a las altas esferas vaticanas.
Cójanos Dios confesados, si en algún momento de nuestras vidas hemos de depender de la ayuda de estos elementos lenguaraces e inoperantes, porque puede bien llegarnos la muerte aguardando en la puerta de una Iglesia, una caridad cristiana absolutamente desconocida para los que habitan en ella.
La última necedad salida de los labios de uno de sus altos cargos, cuyo nombre no merece siquiera mención, es una curiosa teoría que, según ellos, demuestra que la violencia de género es mucho más abundante entre aquellos que decidieron unirse sin pasar por el sacramento eclesiástico, sin aclarar si fue por descreimiento o por abominar de los costos múltiples que reporta que se santifique dicha unión.
Habla , en primer lugar, este necio interlocutor desde una postura de celibato que difícilmente puede permitir una visión próxima a la realidad de la vida en común y que, por otra parte, invita a una unión vitalicia a los que pasan por sus púlpitos, desdeñando toda posibilidad de arrepentimiento en los cónyuges, haya por medio o no, maltrato, sobre todo si este se produce por parte del hombre hacia la mujer, a la que ni siquiera permiten ejercer el sacerdocio, en una posición incomprensible de absoluto machismo.
Durante años, eso lo conocemos bien los mayores, han alentado a las señoras a las que dirigían espiritualmente, a soportar con paciencia los defectos y las numerosas infidelidades de sus maridos, con la excusa de que la debilidad carnal del macho de la manada, era proclive a hacerlos caer con mayor facilidad en el pecado de la lujuria y que el papel de la esposa, no era otro, que el de ser la balanza equilibradota de la vida familiar, siempre dispuesta a perdonar en una actitud de sufridora paciente, que para sí hubiera querido el santo Job, en según qué casos.
Eso sí, todo cambia cuando el tribunal de la Rota recibe una sustanciosa cantidad en alguno de los casos de nulidad que le llegan. Ahí tenemos, bien cerca, famosos a los que se ha dispensado de su palabra marital, con o sin maltrato por medio, y a veces, hasta sin móvil aparente que pudiera mover la muy cerrada razón de estos jueces de lo divino y de lo humano.
Si efectivamente, este y otros necios, hablaran desde una postura realmente cristiana, su primordial obligación sería poner toda su voluntad al servicio de las víctimas de la violencia de género, como víctimas que son, y desdeñar por absurdo, de qué manera fue constituida su pareja e incluso qué religión o ideología profesan, dada la urgencia de algunos casos en los que se teme, incluso, por la vida.
Pero de nuevo, la vanidad, el pavoneo y la imperiosa necesidad de atraer nuevos clientes, prima sobre las directrices de su primera doctrina y la falta de humanidad que demuestran estos oradores de sotana de alta costura, no hacen otra cosa que corroborar la poca importancia que tiene para ellos, cualquier `problema que escape a su necesidad de control y al ansia de poder que caracteriza a las altas esferas vaticanas.
Cójanos Dios confesados, si en algún momento de nuestras vidas hemos de depender de la ayuda de estos elementos lenguaraces e inoperantes, porque puede bien llegarnos la muerte aguardando en la puerta de una Iglesia, una caridad cristiana absolutamente desconocida para los que habitan en ella.

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