Debería implantarse, como asignatura obligatoria en las escuelas, una que bien podría llamarse, “Interpretación del lenguaje político”, y que resultaría de gran utilidad a los pobres usuarios que han de enfrentarse a diario, con el enrevesado discurso de los que se suben a la palestra, proclamándose a sí mismos como representantes del pueblo, aunque jamás utilizan el idioma que solemos manejar, o bien, se dedican a tergiversarlo, hasta conseguir que no entendamos nada de lo que en sus peroratas nos cuentan.
Los que peinamos una que otra cana, con frecuencia, dudamos de las intenciones de este tipo de interlocutores, pues el grado que da la experiencia, demuestra que la mayoría de las veces, bajo las frases bien construidas y los buenos auspicios que, para auto bombo , reclaman los unos y los otros, se esconden mensajes subliminales que suelen acabar derivando en sorpresivos decretos, dictados por imposición, y que, curiosamente, casi siempre resultan contrarios a nuestro interés, aunque- eso sí- dulcificados con la excusa recurrente de la necesidad perentoria.
Es por eso, que conviene afinar el oído y poner a trabajar hasta la última neurona activa de nuestro cerebro, no sólo para descifrar la verborrea del orador de turno, sino también para procurar que no escape a nuestra inteligencia, cuánto quiso en verdad decir mientras, entre sonrisas, mostraba su pretendida inocencia, de cara a la galería, cuando en realidad, nos iba apuñalando por la espalda, a ser posible, sin que notáramos enseguida los efectos del frío acero al hundirse en nuestras castigadas costillas.
Valga un ejemplo. Merece un premio quien sea capaz de aclarar con toda nitidez, las declaraciones que hoy ha dejado caer el ministro de trabajo sobre la ley de pensiones y la edad de jubilación, que tanto interesa al público en general, pero que tan sabiamente ha conseguido convertir en un enrevesado jeroglífico de imposible traducción, si no se maneja con soltura, la jerga inmunda con que tratan de confundirnos, estos que aún creen hablar para un país, con un índice de analfabetismo cercano al que padecíamos en los años cuarenta.
Ahora resulta, que lo que en principio había suscitado recelos por doquier, movido a nuestros acomodados sindicatos a salir a las calles, cabreado a los trabajadores agotando su ilimitada paciencia y encendido los ánimos de manera furibunda, no es más que un dulce caramelito, que una vez tragado, permite a cada cuál, según su esfuerzo, profesión, o vida laboral, jubilarse cuando le de la real gana, cobrando la máxima pensión, y , ha faltado decir, darse a una vida opípara, gracias al buen hacer de este equipo económico, que tan buenos resultados está dando, como hemos podido comprobar en los últimos tiempos.
Qué habrá detrás de este discurso, es una incógnita de carácter absoluto, pero, permítanme, poner en juego mi capacidad de indagar para rebuscar en la trastienda y, seguramente, muy pronto aflorarán, como salidas de la nada, una serie de cláusulas que todo el mundo olvidó prudentemente mencionar y que, de cierto, habrán de mostrar en su cruda realidad, la verdad de esta historia, con sus flecos, su intríngulis y las puñeteras exigencias que la madre Europa quiera añadir al empalagoso dulce que hoy se nos vende a precio de saldo.
Así que me permito recomendar a los miembros de la Real Academia de la Lengua Española, que se afanen en editar a la mayor brevedad, un volumen capaz de hacernos discernir aquello que nos ocultan, en sus arengas, nuestros amigos políticos, que tanto han demostrado querernos en los tiempos que corren y, a ser posible, que los reprendan con una severa regañina, e incluso que los castiguen al rincón de los díscolos, por su reiterada manía de alborotar la clase con cuentos que ya no se creen, ni los enanos de la guardería.
Los que peinamos una que otra cana, con frecuencia, dudamos de las intenciones de este tipo de interlocutores, pues el grado que da la experiencia, demuestra que la mayoría de las veces, bajo las frases bien construidas y los buenos auspicios que, para auto bombo , reclaman los unos y los otros, se esconden mensajes subliminales que suelen acabar derivando en sorpresivos decretos, dictados por imposición, y que, curiosamente, casi siempre resultan contrarios a nuestro interés, aunque- eso sí- dulcificados con la excusa recurrente de la necesidad perentoria.
Es por eso, que conviene afinar el oído y poner a trabajar hasta la última neurona activa de nuestro cerebro, no sólo para descifrar la verborrea del orador de turno, sino también para procurar que no escape a nuestra inteligencia, cuánto quiso en verdad decir mientras, entre sonrisas, mostraba su pretendida inocencia, de cara a la galería, cuando en realidad, nos iba apuñalando por la espalda, a ser posible, sin que notáramos enseguida los efectos del frío acero al hundirse en nuestras castigadas costillas.
Valga un ejemplo. Merece un premio quien sea capaz de aclarar con toda nitidez, las declaraciones que hoy ha dejado caer el ministro de trabajo sobre la ley de pensiones y la edad de jubilación, que tanto interesa al público en general, pero que tan sabiamente ha conseguido convertir en un enrevesado jeroglífico de imposible traducción, si no se maneja con soltura, la jerga inmunda con que tratan de confundirnos, estos que aún creen hablar para un país, con un índice de analfabetismo cercano al que padecíamos en los años cuarenta.
Ahora resulta, que lo que en principio había suscitado recelos por doquier, movido a nuestros acomodados sindicatos a salir a las calles, cabreado a los trabajadores agotando su ilimitada paciencia y encendido los ánimos de manera furibunda, no es más que un dulce caramelito, que una vez tragado, permite a cada cuál, según su esfuerzo, profesión, o vida laboral, jubilarse cuando le de la real gana, cobrando la máxima pensión, y , ha faltado decir, darse a una vida opípara, gracias al buen hacer de este equipo económico, que tan buenos resultados está dando, como hemos podido comprobar en los últimos tiempos.
Qué habrá detrás de este discurso, es una incógnita de carácter absoluto, pero, permítanme, poner en juego mi capacidad de indagar para rebuscar en la trastienda y, seguramente, muy pronto aflorarán, como salidas de la nada, una serie de cláusulas que todo el mundo olvidó prudentemente mencionar y que, de cierto, habrán de mostrar en su cruda realidad, la verdad de esta historia, con sus flecos, su intríngulis y las puñeteras exigencias que la madre Europa quiera añadir al empalagoso dulce que hoy se nos vende a precio de saldo.
Así que me permito recomendar a los miembros de la Real Academia de la Lengua Española, que se afanen en editar a la mayor brevedad, un volumen capaz de hacernos discernir aquello que nos ocultan, en sus arengas, nuestros amigos políticos, que tanto han demostrado querernos en los tiempos que corren y, a ser posible, que los reprendan con una severa regañina, e incluso que los castiguen al rincón de los díscolos, por su reiterada manía de alborotar la clase con cuentos que ya no se creen, ni los enanos de la guardería.

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