jueves, 2 de diciembre de 2010

Nadie en quien creer

La obsesión de José Luís Rodríguez Zapatero por asistir sistemáticamente a las empresas, en detrimento de los trabajadores, se ha convertido en una manía reiterativa, que cada vez lo aleja más de cualquier teoría relacionada con el socialismo.
Al mismo tiempo, ninguna de las medidas ideadas da frutos en la creación de empleo y otra vez, sube el paro, al mismo tiempo que se anticipa la amenaza de retirar el ridículo subsidio que reciben los desempleados de larga duración.
Quisiera yo saber, si alguno de los bancos que recibieron inyecciones económicas durante la crisis, ha empezado ya a devolver el montante con el que fue socorrido, o si hay, al menos, visos de que próximamente lo haga. Porque si así fuera, quizá podría utilizarse lo recuperado, en auxiliar a aquellas familias que contemplan con desesperación un calendario que se va haciendo eterno, en su búsqueda cotidiana de un medio de vida.
Que se sepa, ningún banquero, ni siquiera esos “pobres necesitados”, receptores de las ayudas estatales, se ha visto en la situación de arreglarse con menos de 500 euros al mes, ni ha tenido que recurrir a Cáritas, o a los comedores sociales, o a las basuras de los Hipermercados, para alimentar a sus familias. Y la urgencia, en cualquier caso, es siempre tratar de resolver los problemas, según su gravedad, y no según innumerables bailes de trucadas cifras macroeconómicas, porque las macroeconomías, no forman parte humana de los pueblos.
Con esto quiero decir, que ya es hora de que quien quiera que sea que nos gobierne, aprenda con rapidez, cuáles son las prioridades del país y sólo con ser medianamente listo, enseguida llegará a la innegable conclusión, de que lo primordial es cualquier intento por alejar a los habitantes bajo su mando, de la miseria.
Poniendo un poco más de cuidado, es seguro que a renglón seguido, a poco que miren las caras de asombro que se nos pone al pueblo ante su incomprensible diálogo de besugos, les quedará meridianamente claro que no entendemos su discurso, ni nos interesa nada que se aleje de los gravísimos problemas que padecemos desde que, por su mala gestión, llegamos a este punto de indigencia.
Restablecer la concordia entre políticos y votantes, de verdad, va entrañar enorme dificultad, según se desarrollan los acontecimientos. Nada hay peor que un estómago vacío para pensar con claridad y es fácil desviar las ideas hacia caminos nada recomendables cuando aprieta la desesperanza.
Es tal el hartazgo y la apatía que estamos empezando a sentir, que de continuar por este sinuoso sendero de oscuridad total, se puede esperar cualquier cosa, sobre todo, si al mismo tiempo, no paramos de recibir noticias de casos de corrupción, de políticos capaces de emplear auténticas fortunas en viajes, cenas o trajes, sin la menor preocupación por echar una mirada al negro panorama en que se desarrolla la vida cotidiana de sus propios compatriotas.
Y aún se atreve a pronosticar el presidente, una mejora sustancial para el año próximo, aparentemente convencido de la credulidad de quienes le escuchamos, como si el nivel cultural de los españoles, hubiera quedado anclado a los años cuarenta y el país siguiera teniendo un alto índice de analfabetos a los que llevar al huerto, en su bendita inocencia.
Afortunadamente, algo hemos avanzado desde aquellos años, tanto, que hasta somos capaces de pensar por nosotros mismos y por ello saber, cuando se nos miente y cómo responder si las trolas que nos están contando, se contradicen en su totalidad con la realidad que nos asalta cada día.

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