jueves, 23 de diciembre de 2010

Treinta años son nada...

Las letras de los tangos, desgarradoras, trágicas, insolentes en sus textos arrabaleros de relaciones imposibles, guardan dentro de sí, títulos impagables que cualquier escritor de renombre hubiera, sin duda, deseado inventar para lanzar al mercado algún best seller, en algún momento de su vida.
Pero no solo las letras de los tangos han relatado dramas en el país en que nacieron. La historia de Argentina, en los últimos treinta años, ha superado con creces cualquier experiencia traumática que haya podido relatar su música, dejando tras de sí una estela de sufrimiento insuperable y un regusto amargo de impotencia, para los muchos afectados por los horrores practicados durante la dictadura, que se instaló en sus hogares en 1978, de la mano del general golpista Videla.
Del terror que produjo en la sociedad lo que estaba ocurriendo alrededor, sólo un grupo de mujeres de inusitada valentía, tuvo, desde el principio, conciencia plena y arrestos suficientes para plantar cara a los desatinos, sin otro armamento, que un pañuelo blanco sobre la cabeza y las fotos de sus hijos y nietos desaparecidos entre las manos, acudiendo desde entonces, todos los jueves a la Plaza de Mayo, en un gesto desesperado contra el olvido propuesto por los depredadores que detentaban el poder.
Estas mujeres, que han recorrido el mundo contando sus historias, buscando apoyos para la desesperación de su locura emocional, denunciando sin tregua la manera en que les fueron arrebatados, sin que nunca volvieran a saber nada de ellos, hasta treinta mil personas, cuyos nombres llegaron a hacer desaparecer de los registros civiles, como si nunca hubieran nacido, son ahora un grupo de ancianas –las que sobreviven- que ayer vieron culminado su deseo de justicia, cuando los tribunales condenaron al dictador a cadena perpetua, acabando con la inexplicable impunidad con que había escapado hasta ahora, a su dilatada culpabilidad en los asesinatos de la época en que usurpó el poder.
Entretanto, solamente una pequeña parte de los niños nacidos en las cárceles del terror y entregados fraudulentamente a familias adictas al régimen, han podido ser recuperados por sus combativas abuelas, aunque la mayor parte, permanece en destinos desconocidos, aunque se sigue intentando, mediante pruebas de ADN, demostrar su auténtica procedencia, para restituir, en parte, el dolor sufrido durante más de tres décadas por estos familiares, que no se rinden.
La emoción de saber que, al menos, el causante primero de este sufrimiento, pasará el resto de su vida en prisión, no devuelve a los muertos, pero ayuda a volver a creer en que existe la justicia y es castigo ejemplar para quienes pudieran albergar, en un futuro, la tentación de repetir episodios como este, amparados en que nunca antes ningún dictador hubo de rendir cuentas de sus tropelías, ante una sociedad diezmada por sus atropellos inexcusables.
En algún otro rincón del mundo, donde quiera que esté, también el Juez Garzón, que tanto se ha implicado en esta causa, habrá esbozado la sonrisa del deber cumplido. Y seguro que las ya abuelas de la Plaza de Mayo, asimismo, habrán recordado su nombre, junto a otros muchos, que perpetuamente las apoyaron en su reivindicación de justicia. El Papa no. Inexplicablemente, el Vaticano siempre se negó a recibirlas.

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