lunes, 27 de diciembre de 2010

La foto vaticana

Si Luís García Berlanga viviera, habría disfrutado de lo lindo con esta fotografía, hecha de cara a la Navidad, en la que se ve a Benedicto XVI protagonizando el hermoso gesto, de invitar a cenar a cincuenta pobres, el día de Nochebuena.
Esa idea ya la plasmó nuestro gran genio del cine, recientemente fallecido, cuando en 1961 rodó su obra maestra “Plácido”, que, en clave de humor, relataba la enorme hipocresía de la alta sociedad española cuando, tratando de paliar su aversión por los más desfavorecidos, invitaba a sus mansiones de lujo a un pobre de solemnidad, para festejar las fiestas navideñas.
Este gesto papal, en mayor escala, denota exactamente lo mismo que la película de don Luís, como si por azares del destino, una mano juguetona hubiera calcado la esencia del negro humor que caracterizaba al maestro, convirtiendo en realidad las durísimas escenas del film, sin otra repercusión posible, que la de obtener una imagen que demuestre la “enorme preocupación” que sienten los corazones clericales por las carencias de las clases deprimidas, eso sí, un solo día del año.
Naturalmente, la foto ha dado la vuelta al mundo, tal y como se esperaba, y la conciencia, supuestamente atormentada, del Estado mas rico del mundo, parece haberse tranquilizado, tras no haber hecho absolutamente nada por ayudar a los que han sufrido con dureza la crisis, a pesar de las innumerables posibilidades que posee este pedazo de tierra en el que habitan los descendientes directos de aquel que predicó, con su ejemplo, el abandono total de los bienes, para echarse a los caminos con el único tesoro de una túnica raída y unas sandalias de pescador.
Puede que el guiño del pontífice, primorosamente preparado por sus asesores, llegue a convencer a sus adeptos de la caridad que le mueve y sea capaz de hacer saltar la lágrima fácil de algún católico de pacotilla, que seguramente contemplará la escena con rendida admiración para su ídolo religioso, pero, a poco que se ponga a funcionar la inteligencia, resultará lógico llegar a la conclusión de que si sólo hubiera cincuenta pobres en el mundo, la labor cotidiana de todas las organizaciones humanitarias sobraría, sobre todo si sus penurias fueran exclusivamente el costo de la cena de un día, incluso aunque el menú se tratara de toda una larga carta de los alimentos mas caros de todos los lugares de la tierra.
Si Benedicto XVI quiere, en verdad, hacer un gesto válido por la humanidad, tendría yo la osadía de proponerle, que cambiara sus ricas vestiduras por un simple mono azul de trabajo y pasara una temporada, por ejemplo en Haití, realizando trabajo de campo, codo con codo, con los voluntarios que por allí se mueven desde que este pueblo fue azotado sin consideración por la tragedia. Esos si que son pobres de verdad. Esos si que son, efectivamente lugares y calles de enfermedad y miseria y, en sitios como ese, es donde está la labor que debe realizar quien predica el cristianismo y no bajo las bóvedas primorosamente pintadas por algún artista del renacimiento, en la comodidad de su Estado capitalista, que ni siquiera tiene la decencia de abrir una pequeña ventana por contemplar la desolación que padece el mundo y, mucho menos, ayudar a combatirla.
Y es igual en cuántos idiomas sea este señor capaz de felicitar la Navidad, en su mensaje Urbi et Orbe, porque las palabras se las acaba llevando el viento y sólo las obras, cuando están bien hechas, permanecen.


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