Superada la primera parte de los excesos navideños, nos disponemos a afrontar una nueva semana de preparativos, para que la segunda acometida, que nos llevará de la mano al año nuevo, resulte, otra vez, un éxito culinario y un motivo para reunir a la familia, tan difícil de hacer coincidir, con esta vida ajetreada que cada uno llevamos en nuestros respectivos ámbitos.
Son estos días de calditos suaves y platos ligeros, con los que engañar a los pobres estómagos, hinchados sin consideración, de todo tipo de alimentos apetecibles, regados con una amplia gama de vinos y licores mezclados con diversos líquidos gaseosos y rematados con mazacotes dulces, bombones y golosinas de dudosa procedencia, que casi siempre acaban reclamando con urgencia, un antiácido que contrarreste los efectos nocivos de tan nutrido festín.
A diferencia, el panorama informativo anda bastante famélico, a causa del periodo vacacional, y únicamente nos espera a los gacetilleros como yo, esperar a después de Reyes, para que, una vez retomada la actividad, y habiendo engordado todos unos diez Kilos de media, la cosa se ponga un poco mas interesante y se pueda construir algún artículo con enjundia.
La crisis, afortunadamente, no ha afectado la capacidad de movimiento de los españoles y el ambiente de las calles de las ciudades es espectacular, no se sabe si con intención de consumir o no, salpicado por el alumbrado instalado para la ocasión y, en cierto modo, con un aire eufórico, antes de que llegue la temida cuesta de Enero, en la que volveremos a una realidad menos idealizada por la leyenda.
Alguna perla deja esta laxitud política, como la voluntad del presidente Zapatero de agotar la presente legislatura, sin que aclare en qué condiciones piensa hacerlo, ni qué maquiavélicas intenciones le rondan por la cabeza para acabar de fastidiarnos, pero la sola mención de su propósito, da un poco de canguelo, una vez comprobada la sarta de desaciertos con que se ha comportado meses atrás, pero la intriga será despejada en cuanto se reincorpore a su puesto en la Moncloa.
Ya que estamos en un inciso, habrá que echarle un poco de humor a lo que nos rodea y, en previsión de males mayores, disfrutar de cuanto podamos, comer con voracidad, por si llegan las vacas flacas, y pasar ampliamente de las impertinencias de la clase política, sin tolerar que también nos arruinen los pocos momentos en que nos es permitido no tener que soportar su presencia en los medios de comunicación, ni aguantar sus mutuos insultos de arrabaleras baratas, desde los escaños del Congreso, que pagamos nosotros, para mas INRI.
A ver si se van todos a Laponia a pasar las fiestas y se convierten en cómicas estatuas de hielo, sin posibilidad de descongelación, por lo menos hasta la primavera, porque está claro que vivimos mucho mejor sin ellos y, sobre todo, sin su calenturienta imaginación a la que no vendría mal, tampoco, un enfriamiento permanente que cauterizara la mala intención que con nosotros demuestran, sin la menor consideración.

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