lunes, 13 de diciembre de 2010

Lo que nunca muere

El pasado fin de semana, tuve la suerte de poder reunirme, después de mucho tiempo, con un grupo de amigos de eterno recuerdo, ya que aún poniendo a funcionar a tope la memoria, tendría que hacer infinidad de juegos malabares, para poder establecer desde cuando se anclaron a mi vida, para permanecer en ella hasta el día de hoy.
Sí recuerdo, la desbordante juventud que iluminaba nuestros rostros en aquellos primeros encuentros, la risa fácil y desbordante con que inundábamos las calles a nuestro paso, los amores incipientes, exagerados en todas sus dimensiones, a causa de la edad, y los secretos confiados a media voz, mientras éramos apenas lanzados al mundo, como todos, sin habernos desprendido todavía, de la venda que impide ver la oscuridad que lo envuelve a medida que transcurren las épocas que te asaltan después.
A pesar de no ser nada especial, aquel grupo alocado de gentecilla un poco atrevida, que pululaba por ambientes casi siempre festivos, como no podía ser de otra manera, dada nuestra inexperiencia, comprobaría más tarde que había sido tocado por la fortuna de transformarse en gente buena, de esa que sobrevive con valor a las vicisitudes que le depara el futuro, y cuyos ojos, ya en la madurez, son capaces de conservar el reflejo de la sorpresa y la ilusión.
Aquellas relaciones amorosas, iniciadas entonces, acabaron cuajando en casi la totalidad de los casos. Las vocaciones, se hicieron posibles a través del trabajo, y todos fuimos agraciados con el premio de crear familias, cuyos hijos, podemos presumir de haber educado y querido hasta verlos convertidos en una nueva generación poderosa y pujante.
Miraba yo las caras de mis compañeros de mesa, en la certeza de cada uno de ellos encerraba muy dentro un espacio que no le permitía olvidarse de que me conocieron y una pequeña campana que, de vez en cuando, tintineaba en sus oídos susurrando mi nombre para sumarlo a la lista de llamadas imprescindibles que se suelen hacer en ocasiones como estas.
Y por mi parte, reconozco, que entre los que me rodeaban en ese preciso instante, reconocía sin dudarlo, a una gran familia afectiva a la que no paraba de acariciar y besar, con ese sentimiento de amor desinteresado que sale directamente del alma, en una necesidad urgente de dar y recibir el calor de los que resultan necesarios en la andadura de la vida.
Es tal la magia que rodea estos minutos irrepetibles, cercanos a lo que debe ser la felicidad, que ni siquiera se repara en los cambios físicos experimentados en el transcurso de los últimos cuarenta años, y te parece
estar aún sentada con las mismas personas, en unos escalones de cualquier parque, sin medios económicos para permitirte un refrigerio, o incluso dejándote robar algún beso mientras te sonroja la espontánea salida de la infancia que te asalta sin avisar.
Son estos, los amigos de siempre, los que se llevan tatuados a fuego en el interior con esa tinta indeleble, que no se desdibuja con las desdichas que te rozan, ni se pierden en los anales del recuerdo como sombras vagas que ahora dudas de haber conocido alguna vez.
A ellos, que no son otra cosa que un pedazo inseparable de mi vida, quisiera hoy convertir en noticia y lanzar su imagen maravillosa a las ventanas abiertas de los que siguen mis escritos, como un ejemplo de lo que no debiera desaparecer en este mundo del que hablamos a diario, con cierto pesimismo.
Volver a verlos, besarlos, oírlos, contar viejas historias que ahora suenan remotas, anticuadas e increíbles, sigue siendo el mayor tesoro que poseo en esta trayectoria inestable que caracteriza mi indomable rebeldía.
Son, un valor seguro, en este inhóspito mundo que habitamos y un remanso de paz en las agitadas aguas que rodean esta absurda modernidad que nos amenaza. Son, deben ser, eso que nunca muere.

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