Era cuestión de tiempo que algo así pasara. No todos somos capaces de actuar con resignación cuando el destino se nos tuerce y acaba por ahogarnos la desesperación de no encontrar ningún camino que nos lleve a una salida digna, para nosotros mismos, y para quienes de nuestro trabajo, dependen.
Era cuestión de tiempo que la estabilidad mental de muchos españoles se acabara quebrando y que las consecuencias de esta enfermedad, aparentemente eterna, para los que han recorrido un largo camino de frustración, en una búsqueda infructuosa de un medio para salir adelante, terminara produciendo actos de consecuencias irremediables, como los acontecidos ayer en Olot, sin que se tenga la seguridad de que hechos como este, no vayan a repetirse en los próximamente.
Tanto tensar la cuerda, tanto despreciar el elemento trágico que conlleva a cada casa el prolongado desempleo, la desesperanza que produce acudir sin resultados, una vez y otra, a las oficinas del INEM, tanto abusar del peligroso juego de desheredar del único tesoro que poseen, su trabajo, a las personas de bien, negándoles sistemáticamente las deudas antes adquiridas con ellas, cerrarse en banda a las ayudas solicitadas, privarlas de su sitio habitual de residencia, por una falta evidente de medios para hacer frente a la usura de las hipotecas vitalicias, había de reventar por algún sitio y Pere P., seguramente vio caer la gota que hizo rebosar el vaso de su paciencia y también de una estabilidad emocional, que resolvió a tiros contra quienes consideraba inductores de su particular calvario.
Su imagen en las portadas de todos los periódicos, es un aviso desgarrador de que la impotencia puede llegar a ser tan peligrosa, como para llevarla a una violencia extrema, que después de cobrarse cuatro vidas humanas, hacen exclamar a un hombre la frase: “Yo ya estoy satisfecho”.
Hiela la sangre el sólo pensamiento de que la historia de Pere P., no es ahora un caso aislado de degeneración de un sistema incapaz de resolver la vida de un gran número de habitantes de nuestro país y que la supuesta enajenación que sacudió su espíritu, hasta llevarlo a la consumación de estos hechos, quizá, podría ocurrirnos mañana a cualquiera de nosotros.
Es por ello, que a los politicastros que manejan nuestras vidas, sin detenerse en un análisis profundo de las tragedias personales que acarrea su ineficacia, habría que hacerles ver con prontitud, este reflejo esperpéntico de nuestra sociedad, que camina con paso rápido hacia actitudes que, de otro modo, nos parecerían monstruosas y decirles, que está en sus manos abandonar su reiterativa preocupación por las cifras macroeconómicas, que no son otra cosa, que una reunión, a gran escala, de pequeñas economías familiares como la de este presunto asesino, que no creyó ver otra posibilidad para la resolución de sus múltiples problemas.
Ahora, seguramente, la señora Justicia, ciega como dicen que es, dejará caer todo el peso de la ley, de manera ejemplarizante, sobre este desgraciado caso, sin detenerse a calcular si su anterior aplicación, en las reivindicaciones de este pobre hombre, hubiera ,tal vez, evitado el desenlace que hoy se maneja en las páginas de sucesos.
No se sabe aún, cuántos ramalazos de locura producirá esta crisis, ni hasta cuándo seremos capaces de mantener la serenidad necesaria para soportar las vicisitudes que nos están trayendo a la puerta los devaneos descarados que con los dueños del capital, se traen nuestros políticos, ni si tendremos las agallas necesarias para mantener la cordura mucho más.
Ni siquiera podemos, llegados a este punto, conocer qué nuevas tropelías se cometerán contra nosotros al día siguiente a la publicación de este artículo, que hoy escribimos con el corazón roto por todos aquellos que no serán capaces de canalizar su ira.
Era cuestión de tiempo que la estabilidad mental de muchos españoles se acabara quebrando y que las consecuencias de esta enfermedad, aparentemente eterna, para los que han recorrido un largo camino de frustración, en una búsqueda infructuosa de un medio para salir adelante, terminara produciendo actos de consecuencias irremediables, como los acontecidos ayer en Olot, sin que se tenga la seguridad de que hechos como este, no vayan a repetirse en los próximamente.
Tanto tensar la cuerda, tanto despreciar el elemento trágico que conlleva a cada casa el prolongado desempleo, la desesperanza que produce acudir sin resultados, una vez y otra, a las oficinas del INEM, tanto abusar del peligroso juego de desheredar del único tesoro que poseen, su trabajo, a las personas de bien, negándoles sistemáticamente las deudas antes adquiridas con ellas, cerrarse en banda a las ayudas solicitadas, privarlas de su sitio habitual de residencia, por una falta evidente de medios para hacer frente a la usura de las hipotecas vitalicias, había de reventar por algún sitio y Pere P., seguramente vio caer la gota que hizo rebosar el vaso de su paciencia y también de una estabilidad emocional, que resolvió a tiros contra quienes consideraba inductores de su particular calvario.
Su imagen en las portadas de todos los periódicos, es un aviso desgarrador de que la impotencia puede llegar a ser tan peligrosa, como para llevarla a una violencia extrema, que después de cobrarse cuatro vidas humanas, hacen exclamar a un hombre la frase: “Yo ya estoy satisfecho”.
Hiela la sangre el sólo pensamiento de que la historia de Pere P., no es ahora un caso aislado de degeneración de un sistema incapaz de resolver la vida de un gran número de habitantes de nuestro país y que la supuesta enajenación que sacudió su espíritu, hasta llevarlo a la consumación de estos hechos, quizá, podría ocurrirnos mañana a cualquiera de nosotros.
Es por ello, que a los politicastros que manejan nuestras vidas, sin detenerse en un análisis profundo de las tragedias personales que acarrea su ineficacia, habría que hacerles ver con prontitud, este reflejo esperpéntico de nuestra sociedad, que camina con paso rápido hacia actitudes que, de otro modo, nos parecerían monstruosas y decirles, que está en sus manos abandonar su reiterativa preocupación por las cifras macroeconómicas, que no son otra cosa, que una reunión, a gran escala, de pequeñas economías familiares como la de este presunto asesino, que no creyó ver otra posibilidad para la resolución de sus múltiples problemas.
Ahora, seguramente, la señora Justicia, ciega como dicen que es, dejará caer todo el peso de la ley, de manera ejemplarizante, sobre este desgraciado caso, sin detenerse a calcular si su anterior aplicación, en las reivindicaciones de este pobre hombre, hubiera ,tal vez, evitado el desenlace que hoy se maneja en las páginas de sucesos.
No se sabe aún, cuántos ramalazos de locura producirá esta crisis, ni hasta cuándo seremos capaces de mantener la serenidad necesaria para soportar las vicisitudes que nos están trayendo a la puerta los devaneos descarados que con los dueños del capital, se traen nuestros políticos, ni si tendremos las agallas necesarias para mantener la cordura mucho más.
Ni siquiera podemos, llegados a este punto, conocer qué nuevas tropelías se cometerán contra nosotros al día siguiente a la publicación de este artículo, que hoy escribimos con el corazón roto por todos aquellos que no serán capaces de canalizar su ira.

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