No se sabe por qué, pero cada subida de impuestos que se le ocurre al gobierno de turno, grava irremisiblemente el bolsillo de los fumadores, acercando el precio de la cajetilla de tabaco, a las desorbitadas tarifas europeas o estadounidenses.
Al mismo tiempo, los ministros de sanidad, repiten hasta la saciedad los perjuicios que el tabaco causa en la salud de sus consumidores, y a las prohibiciones ya establecidas, el próximo dos de Enero, se añadirá la de fumar en todo el sector hostelero, volviendo a desoír las protestas de los dueños de los locales en cuestión, y acercando, cada vez más, a los que estamos enganchados a este absurdo vicio, a una especie de categoría de apestados, malmirados y vejados, en un puritanismo exagerado que, claramente, merma nuestra libertad de acción, de decisión y de elección, discriminándonos frente al resto de los habitantes de nuestro país.
Este doble juego, que, por una parte fabrica el veneno que corroe las venas y los pulmones de los ciudadanos y contribuye al enriquecimiento de las arcas del Estado, cada vez que hace falta un empujoncito para sanear la economía, y por otra, lo convierte en el enemigo público de la sanidad colectiva, haciéndolo aparecer como una de las primeras causas de muerte y reiterando a diario cuán nocivo resulta consumirlo habitualmente, es sin duda, una contradicción paradójica de difícil entendimiento, a poco que se ponga a funcionar la lógica normalidad de una mente sana.
Si la gravedad del consumo del tabaco es, como alegan, de consecuencias irreparables, la solución a tan terrible enigma es tan simple, como dejar de fabricarlo y comercializarlo, aunque sea por decreto, apechugar con las secuelas médicas que el “mono” producirá durante un tiempo en la mente enferma de los que fumamos, y, por supuesto, decir adiós a las jugosas ganancias que este asunto genera, pero que, en cierto modo, volverá a igualar la categoría de los ciudadanos que caminamos por las calles, sin que algunos tengamos, de vez en cuando, que entrar en cabinas de hidrofumaje de un metro cuadrado, ante la mirada repulsiva de los que nunca adquirieron esta costumbre, o tuvieron los redaños suficientes para abandonarla, por voluntad propia, o por estricta prescripción médica.
Habría que preguntarse también, si los defensores a ultranza de estas leyes represivas, serán capaces de contemplar en breve, con idéntica contundencia, los efectos nefastos que otro tipo de drogas legalizadas, como el alcohol, produce en colectivos mucho más amplios que el de los fumadores, o si a nosotros nos agrada, por ejemplo, tener que convivir con las masivas botellonas organizadas en las calles, o con la lata que los borrachos de turno se dedican a dar en los bares, pronto libres de humo, pero no de estos elementos.
Seguramente alegarán, que el que bebe, no perjudica a nadie, pero olvidan, por ejemplo, la altísima tasa de accidentes de tráfico, con resultado de muerte, que provocan, o el dineral que supone la limpieza de los múltiples deshechos orgánicos e inorgánicos, que sus multitudinarias reuniones dejan como regalo en las calles de todo el país.
Tampoco importa la posesión de drogas mas duras, si son para consumo propio, e incluso, nadie puede llamar a nadie la atención por esnifar cocaína en un centro público, sin importar que por allí pululen niños pequeños, embarazadas, o ancianos, que bien podrían convertirse en víctimas de los efectos alucinantes que los estupefacientes provoquen en sus variopintos consumidores.
No sé si existen por ahí asociaciones o clubs de fumadores, que, como yo, se sientan absolutamente cabreados por esta postura de hipocresía permanente, que no hace otra cosa que discriminarnos en actos que suenan rotundamente como anticonstitucionales, pero si los hay, y mientras las posturas no adopten un único camino a seguir en este asunto, tienen mi apoyo asegurado, aunque mañana me de la ventolera de dejarlo, pero porque lo quiera yo.
Al mismo tiempo, los ministros de sanidad, repiten hasta la saciedad los perjuicios que el tabaco causa en la salud de sus consumidores, y a las prohibiciones ya establecidas, el próximo dos de Enero, se añadirá la de fumar en todo el sector hostelero, volviendo a desoír las protestas de los dueños de los locales en cuestión, y acercando, cada vez más, a los que estamos enganchados a este absurdo vicio, a una especie de categoría de apestados, malmirados y vejados, en un puritanismo exagerado que, claramente, merma nuestra libertad de acción, de decisión y de elección, discriminándonos frente al resto de los habitantes de nuestro país.
Este doble juego, que, por una parte fabrica el veneno que corroe las venas y los pulmones de los ciudadanos y contribuye al enriquecimiento de las arcas del Estado, cada vez que hace falta un empujoncito para sanear la economía, y por otra, lo convierte en el enemigo público de la sanidad colectiva, haciéndolo aparecer como una de las primeras causas de muerte y reiterando a diario cuán nocivo resulta consumirlo habitualmente, es sin duda, una contradicción paradójica de difícil entendimiento, a poco que se ponga a funcionar la lógica normalidad de una mente sana.
Si la gravedad del consumo del tabaco es, como alegan, de consecuencias irreparables, la solución a tan terrible enigma es tan simple, como dejar de fabricarlo y comercializarlo, aunque sea por decreto, apechugar con las secuelas médicas que el “mono” producirá durante un tiempo en la mente enferma de los que fumamos, y, por supuesto, decir adiós a las jugosas ganancias que este asunto genera, pero que, en cierto modo, volverá a igualar la categoría de los ciudadanos que caminamos por las calles, sin que algunos tengamos, de vez en cuando, que entrar en cabinas de hidrofumaje de un metro cuadrado, ante la mirada repulsiva de los que nunca adquirieron esta costumbre, o tuvieron los redaños suficientes para abandonarla, por voluntad propia, o por estricta prescripción médica.
Habría que preguntarse también, si los defensores a ultranza de estas leyes represivas, serán capaces de contemplar en breve, con idéntica contundencia, los efectos nefastos que otro tipo de drogas legalizadas, como el alcohol, produce en colectivos mucho más amplios que el de los fumadores, o si a nosotros nos agrada, por ejemplo, tener que convivir con las masivas botellonas organizadas en las calles, o con la lata que los borrachos de turno se dedican a dar en los bares, pronto libres de humo, pero no de estos elementos.
Seguramente alegarán, que el que bebe, no perjudica a nadie, pero olvidan, por ejemplo, la altísima tasa de accidentes de tráfico, con resultado de muerte, que provocan, o el dineral que supone la limpieza de los múltiples deshechos orgánicos e inorgánicos, que sus multitudinarias reuniones dejan como regalo en las calles de todo el país.
Tampoco importa la posesión de drogas mas duras, si son para consumo propio, e incluso, nadie puede llamar a nadie la atención por esnifar cocaína en un centro público, sin importar que por allí pululen niños pequeños, embarazadas, o ancianos, que bien podrían convertirse en víctimas de los efectos alucinantes que los estupefacientes provoquen en sus variopintos consumidores.
No sé si existen por ahí asociaciones o clubs de fumadores, que, como yo, se sientan absolutamente cabreados por esta postura de hipocresía permanente, que no hace otra cosa que discriminarnos en actos que suenan rotundamente como anticonstitucionales, pero si los hay, y mientras las posturas no adopten un único camino a seguir en este asunto, tienen mi apoyo asegurado, aunque mañana me de la ventolera de dejarlo, pero porque lo quiera yo.

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