jueves, 29 de junio de 2017

Intrigas palaciegas


Se ha enfadado y mucho, el Rey emérito Juan Carlos, por no haber sido invitado a la celebración de los cuarenta años de la entrada de la Democracia, confirmando con ello, todos los rumores que desde hace tiempo vienen afirmando que no existe una buena relación con su hijo Felipe y con su nuera y dejando muy claro que aún conserva el carácter que siempre se le atribuyó y que nunca salió a la luz durante sus años de reinado, en los que fue tratado, quizá, con extrema tibieza.
Muchos nos dimos cuenta desde el principio de la sonada ausencia real en el acto y es verdad que Juan Carlos tenía el mismo derecho a estar en él, que muchos de los viejos políticos que asistieron como invitados, pues ocupó igualmente un papel  protagonista en el comienzo de la transición, por lo que se podría deducir  que a alguien no le interesaba su presencia, probablemente por motivos personales.
Es incomprensible justificar esta ausencia alegando un olvido, pues las cuestiones protocolarias, cuando se trata de la casa Real son escrupulosamente revisadas y de obligado cumplimiento, por lo que resulta muy natural que Juan Carlos haya podido llegar a pensar que su hijo no quiere de ningún modo coincidir en público con él, debido tal vez, a la mala prensa que tuvo en sus últimos tiempos de mandato.
Estas intrigas palaciegas, que recuerdan a lo que ocurría en las cloacas de los castillos en la Edad Media, aportan sin embargo, un punto de morbo a la monótona vida política del  país, en la que casi todas las novedades diarias tienen que ver con la aparición de casos de corrupción o con las luchas partidistas que se organizan entre los líderes más conocidos y que parecen no tener fin, ni orden, ni concierto.
Así que resulta curioso que además de no estar, Juan Carlos fuera someramente mencionado en el acto de ayer, sin que  se le atribuyera el papel que tuvo en aquellos momentos  y que toda la atención mediática se centrara en lo expresado por su sucesor, como si interesara de algún modo borrar cualquier huella que hubiera podido dejar el Rey emérito, en su paso por la Jefatura del Estado.
Todos sabemos y ya sabíamos con anterioridad, que Juan Carlos tenía una vida personal ciertamente rocambolesca y que los encargados de vigilar sus movimientos hicieron lo posible y lo imposible por conseguir que sus aventuras nunca trascendieran. Lo que no se entiende, es que la prensa al completo consintiera esta conspiración de silencio y durante años colaborara sumisamente en mostrar a los españoles una imagen idealizada del que fuera su Rey, que se empezó a romper en mil pedazos cuando apareció, no sin cierta controversia, en aquella imagen africana, al estilo Clark Gable, en Mogambo.
La posterior abdicación a favor de su hijo, que siempre nos pareció forzada por una especie de complot familiar  en la que no se le dejó otra salida que entregar la corona y el cetro, subió la temperatura de lo que durante tanto tiempo se había callado y la transición real se produjo en un ambiente ciertamente tenso, pues coincidió además en el tiempo, con el juicio de Urdangarín y la Infanta, en el que tampoco salía muy bien parado el Rey saliente.
Puede que todas estas cosas hayan terminado por convencer a Felipe VI, que por motivos obvios conocería a la perfección las andanzas de su progenitor, de que resultaba necesario  establecer ciertas distancias, pues el papel de la Monarquía, a causa del cambio político producido en España durante los últimos años, ya ha sido bastante cuestionado, como para encima tener que ofrecer explicaciones sobre asuntos oscuros que habrán tenido que afectar y mucho al ámbito familiar, difíciles de perdonar, para quién pretende empezar desde cero.
Así que la ausencia del rey emérito, incluso podría interpretarse como una especie de venganza reparadora de los daños sufridos y también, como auto afirmación en el poder de quién luce hoy por hoy la corona, pero no me negarán que la acción ha sido por lo menos, de muy mal gusto y hasta pensada con un poco de mala leche.
Todos ustedes sabrán ya, que quién subscribe no es sospechosa de defender la Monarquía y que raras veces se hace mención a esta obsoleta institución en ninguno de mis artículos, pero nos guste o no, el Rey sigue siendo el Jefe del Estado español y debe por tanto a los ciudadanos ciertas explicaciones, cuando se produce un hecho de estas características.

Todos sabemos que no se va a cumplir con esa obligación y que nunca conoceremos cuáles han sido las verdaderas razones de tan sonada ausencia, en un acto como el de ayer, pero de vez en cuando y sin que sirva de precedente, no está nada mal elucubrar y hasta divertirse un poco imaginando lo que ocurre en las trastiendas de Palacio, ya que pagamos su mantenimiento entre todos.

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