domingo, 2 de julio de 2017

Madrid era una Fiesta


Se engalana la capital con la bandera del arcoíris y se  llena de miles de personas desinhibidas, que muestran su alegría por poder revelar libremente su condición sexual, que durante años tuvieron que ocultar por miedo a la represión policial y a la intolerancia monstruosa de una sociedad beata e ignorante, incapaz de comprender que el mundo está compuesto por gente diversa y que precisamente en esas diferencias, se encuentra su belleza.
 Al mismo tiempo que en Alemania se aprobaba, con el voto  en contra de Merkel, el matrimonio entre personas del mismo sexo, la caravana del Orgullo, se abría paso por las principales calles de Madrid, haciendo trizas cualquier signo de intransigencia que aún pudiera dar lugar a brutales agresiones como las que se vienen produciendo últimamente y demostrando que la gente que en ella participaba, fuera de la condición sexual que fuese, estaba dispuesta a defender, por encima de todo la libertad y el derecho inalienable a vivir la vida, cómo y en compañía de quién se quiera.
Volcado en esta celebración, el Ayuntamiento de Manuela Carmena ha convertido a la ciudad en uno de los referentes mundiales en este tema y es una pena que personas de la categoría moral y humana de Pedro Zerolo, cuya falta aún lloramos, no pudieran estar ayer presentes para ver cómo se hacía realidad aquél sueño por el que tanto lucharon, en los tiempos difíciles, demostrando una valentía que les hace merecedores de un enorme reconocimiento.
Muchas disculpas debe esta sociedad nuestra a este colectivo, por el sufrimiento durante tanto tiempo infringido y muchas explicaciones de por qué se dejó vencer por las malas influencias de aquellas Instituciones represoras y organismos religiosos recalcitrantes, que denostaban todo aquello que en su estrechez de miras, no podían comprender, demonizando a personas buenas y honradas que sólo por su condición sexual, fueron tratados peor que los más peligrosos delincuentes.
Y mucho hemos de congratularnos de haber sido capaces de vencer en tan poco tiempo aquellos miedos y de haber aprendido a aceptar a la gente por lo que es y sin establecer barreras que nos impidan una pacífica convivencia, pues la intimidad de los seres humanos ha de ser respetada en todos los casos y sin excepciones, aunque los estigmas grabados a fuego en la mentalidad de la gente en el pasado, siga desgraciadamente latente, en algún que otro neandertal, incapaz de evolucionar con el paso del tiempo.
 Decía Pablo Iglesias ayer, que la celebración de esta semana grande del colectivo LGTBI, era uno de los motivos por los que se sentía orgulloso de ser español. No se puede, sino estar totalmente de acuerdo y baste recordar que nuestra Ley sobre los matrimonios entre personas del mismo sexo, lleva de adelanto a la alemana, un buen puñado de años, a pesar de que en la actualidad el país teutón sea considerado como el más importante en Europa.
Los que ayer participaron en la caravana y los que sin estar en ella, la apoyábamos con el corazón, se podría decir que sólo estamos cumpliendo con la obligación que tiene todo individuo de garantizar el derecho a la libertad y  por consiguiente, a procurar que nadie atente contra ella, salvaguardándola como un tesoro que nos costó demasiado tiempo conseguir, aunque nuca desistimos en el intento.
Estos vientos de fresca sinceridad que se han apoderado de las calles de Madrid y la incansable tenacidad de los que han hecho de esta causa su bandera, pueden dar una idea clara de la enorme transformación que hemos sufrido todos, para bien, de un  tiempo a esta parte, siendo capaces de desterrar para siempre obsoletos estereotipos, concebidos para la anulación personal de todo aquel que se atreviera a abandonar un redil, marcado por la tiranía y el oscurantismo.
El ejemplo ofrecido por Madrid, que debiera ser adoptado por muchos lugares en los que la condición sexual aún se castiga con extrema crudeza, no puede, sino causar en nosotros una profunda admiración, quizá porque estamos seguros de que cuando se empiezan a construir caminos, resulta casi imposible que se pueda volver atrás y el futuro habrá de ser necesariamente mejor que el presente, como no podría ser de otra manera.


 


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