Se engalana la capital con la bandera del arcoíris y se llena de miles de personas desinhibidas, que
muestran su alegría por poder revelar libremente su condición sexual, que durante
años tuvieron que ocultar por miedo a la represión policial y a la intolerancia
monstruosa de una sociedad beata e ignorante, incapaz de comprender que el
mundo está compuesto por gente diversa y que precisamente en esas diferencias,
se encuentra su belleza.
Al mismo tiempo que en
Alemania se aprobaba, con el voto en
contra de Merkel, el matrimonio entre personas del mismo sexo, la caravana del
Orgullo, se abría paso por las principales calles de Madrid, haciendo trizas
cualquier signo de intransigencia que aún pudiera dar lugar a brutales agresiones
como las que se vienen produciendo últimamente y demostrando que la gente que
en ella participaba, fuera de la condición sexual que fuese, estaba dispuesta a
defender, por encima de todo la libertad y el derecho inalienable a vivir la
vida, cómo y en compañía de quién se quiera.
Volcado en esta celebración, el Ayuntamiento de Manuela
Carmena ha convertido a la ciudad en uno de los referentes mundiales en este
tema y es una pena que personas de la categoría moral y humana de Pedro Zerolo,
cuya falta aún lloramos, no pudieran estar ayer presentes para ver cómo se
hacía realidad aquél sueño por el que tanto lucharon, en los tiempos difíciles,
demostrando una valentía que les hace merecedores de un enorme reconocimiento.
Muchas disculpas debe esta sociedad nuestra a este colectivo,
por el sufrimiento durante tanto tiempo infringido y muchas explicaciones de
por qué se dejó vencer por las malas influencias de aquellas Instituciones
represoras y organismos religiosos recalcitrantes, que denostaban todo aquello que
en su estrechez de miras, no podían comprender, demonizando a personas buenas y
honradas que sólo por su condición sexual, fueron tratados peor que los más
peligrosos delincuentes.
Y mucho hemos de congratularnos de haber sido capaces de
vencer en tan poco tiempo aquellos miedos y de haber aprendido a aceptar a la
gente por lo que es y sin establecer barreras que nos impidan una pacífica
convivencia, pues la intimidad de los seres humanos ha de ser respetada en
todos los casos y sin excepciones, aunque los estigmas grabados a fuego en la
mentalidad de la gente en el pasado, siga desgraciadamente latente, en algún
que otro neandertal, incapaz de evolucionar con el paso del tiempo.
Decía Pablo Iglesias
ayer, que la celebración de esta semana grande del colectivo LGTBI, era uno de
los motivos por los que se sentía orgulloso de ser español. No se puede, sino
estar totalmente de acuerdo y baste recordar que nuestra Ley sobre los
matrimonios entre personas del mismo sexo, lleva de adelanto a la alemana, un
buen puñado de años, a pesar de que en la actualidad el país teutón sea
considerado como el más importante en Europa.
Los que ayer participaron en la caravana y los que sin estar
en ella, la apoyábamos con el corazón, se podría decir que sólo estamos
cumpliendo con la obligación que tiene todo individuo de garantizar el derecho
a la libertad y por consiguiente, a
procurar que nadie atente contra ella, salvaguardándola como un tesoro que nos
costó demasiado tiempo conseguir, aunque nuca desistimos en el intento.
Estos vientos de fresca sinceridad que se han apoderado de
las calles de Madrid y la incansable tenacidad de los que han hecho de esta
causa su bandera, pueden dar una idea clara de la enorme transformación que
hemos sufrido todos, para bien, de un
tiempo a esta parte, siendo capaces de desterrar para siempre obsoletos
estereotipos, concebidos para la anulación personal de todo aquel que se
atreviera a abandonar un redil, marcado por la tiranía y el oscurantismo.
El ejemplo ofrecido por Madrid, que debiera ser adoptado por
muchos lugares en los que la condición sexual aún se castiga con extrema
crudeza, no puede, sino causar en nosotros una profunda admiración, quizá
porque estamos seguros de que cuando se empiezan a construir caminos, resulta
casi imposible que se pueda volver atrás y el futuro habrá de ser
necesariamente mejor que el presente, como no podría ser de otra manera.

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