jueves, 20 de julio de 2017

Una decisión personal


Las peripecias que vivimos los ciudadanos de un tiempo a esta parte y que no nos permiten recobrar la serenidad ni un solo momento, quizá por aquello de que nos encontramos en una Era en la que las comunicaciones han adquirido una velocidad que permite conocer los acontecimientos, apenas al minuto de producirse,  reproducen continuamente un patrón de violencia enmascarada, que sin embargo parece pasar desapercibida a nuestros ojos, porque sólo algunas veces los delitos que se cometen reiteradamente a nuestro alrededor, concluyen en tragedia, como si desgraciadamente nos hubiéramos habituado a convivir con la corrupción y todas las consecuencias que su práctica reiterada acarrea, no afectase a todos los ámbitos.
Da la impresión que hace tiempo que dimos por sentado que todo aquél que se encuentra, por su profesión, en contacto diario con el poder, recibe con el cargo, ya sea empresarial o político, una patente de corso para la utilización de los caudales que le corresponde administrar y que esa picaresca de que se nos acusa a los españoles desde que “El Lazarillo de Tormes” se convirtiera en un best seller de su época, fuera un gen dominante que hemos ido heredando irremediablemente a través de los siglos y que propicia una tendencia a estafar, cada cual al nivel que puede, a cuántos incautos encontremos en nuestro camino, procurando un enriquecimiento personal que sólo se frena cuando la justicia descubre los delitos, si es que no se encuentra mientras tanto, otro modo para continuar ejerciendo con impunidad, cualquier movimiento oculto que engrose nuestra cuenta corriente.
El suicidio de Miguel Blesa, es uno de esos acontecimientos trágicos que marcan un antes y un después en nuestra percepción de estos hechos y que repentinamente nos ayudan a poner los pies en la tierra demostrando que a veces en la vida, la realidad supera a la  ficción, pero que nos ofrece la posibilidad de recolocar todos y cada uno de los elementos de una historia, volviendo a traer a nuestra memoria el recuerdo de lo que en ella ocurrió, cuestión que no debe nublar jamás, la desaparición del protagonista.
Porque aunque  hasta hace relativamente poco tiempo, Miguel Blesa era una figura archifamosa   en el ámbito de la economía, amigo íntimo de ex Presidentes y que en su vida cotidiana se codeaba con los dueños de las grandes fortunas de todo el mundo y muy particularmente con los empresarios de más altos vuelos en este país nuestro, para nosotros era un perfecto desconocido, hasta que de repente, se convirtió en portada de todos los medios de comunicación, por haber estado realizando durante años una serie de actividades que traspasaban todos los límites de la ética y la legalidad, actividades de las que por cierto, no mostró nunca ningún síntoma de arrepentimiento.
Muy al contrario, acusó sin ningún pudor a los estafados por las preferentes de haber ignorado la letra pequeña de los enrevesados papeles que los Bancos les presentaban, llegando a enfrentarse con actitud francamente agresiva a la gente que le esperaba en las puertas de los juzgados, reclamando la devolución de los bienes que habían perdido sin remisión, en las oscuras maniobras orquestadas a nivel nacional, por la banca española.
Nunca se compadeció de las historias que había generado aquella estafa, mientras al mismo tiempo se despilfarraba a manos llenas el dinero, por medio de las tarjetas  black, que se otorgaban a personalidades consideradas de renombre, que después tuvieron que vérselas con la justicia, ni tuvo jamás, un gesto de caridad frente a la tragedia que vivían quienes lo habían perdido todo, sin saber que se jugaba con su dinero en operaciones de alto riesgo.
De su posterior caída en desgracia, no puede culparse a los medios, cuya obligación primera es informar con veracidad de lo que ocurre, sino a la naturaleza de sus delitos Dio los pasos que dio y corrió los riesgos que quiso, probablemente convencido de que el poder que ostentaba le conferiría para siempre una impunidad, que desapareció en cuanto se puso en marcha el efecto dominó que levantaron las investigaciones realizadas sobre sus actividades personales.
De nada le sirvieron entonces, ni sus contactos, ni sus coqueteos con las más altas instancias, ni la soberbia de querer mantener el orgullo erecto  como respuesta a lo que  hizo, así que cualquiera de los relatos que hemos oído en el día de hoy, por parte de algunos de los pocos amigos que aún le quedaban, acusando directamente a las presiones sufridas por parte de los medios, no tienen, perdónenme, ningún sentido e igual que decidió mantenerse en una línea de total intransigencia, mientras se paseaba por los juzgados del país, libremente, la decisión de marcharse de la manera que lo ha hecho le corresponde únicamente a él. Era adulto, libre y listo.
Si merece o no, ahora que ya no está, compasión por parte de los ciudadanos en general, se convierte en una cuestión de conciencia. El respeto, ha de ser necesariamente obligatorio, sobre todo para sus familiares y allegados, pero el hecho de morir no convierte a la gente en mejor de lo que fueron mientras vivieron, a pesar de que eso sea lo que parece, por tradición, en esta tierra nuestra.



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