Las peripecias que vivimos los ciudadanos de un tiempo a esta
parte y que no nos permiten recobrar la serenidad ni un solo momento, quizá por
aquello de que nos encontramos en una Era en la que las comunicaciones han
adquirido una velocidad que permite conocer los acontecimientos, apenas al
minuto de producirse, reproducen
continuamente un patrón de violencia enmascarada, que sin embargo parece pasar
desapercibida a nuestros ojos, porque sólo algunas veces los delitos que se
cometen reiteradamente a nuestro alrededor, concluyen en tragedia, como si
desgraciadamente nos hubiéramos habituado a convivir con la corrupción y todas
las consecuencias que su práctica reiterada acarrea, no afectase a todos los
ámbitos.
Da la impresión que hace tiempo que dimos por sentado que
todo aquél que se encuentra, por su profesión, en contacto diario con el poder,
recibe con el cargo, ya sea empresarial o político, una patente de corso para
la utilización de los caudales que le corresponde administrar y que esa
picaresca de que se nos acusa a los españoles desde que “El Lazarillo de
Tormes” se convirtiera en un best seller de su época, fuera un gen dominante
que hemos ido heredando irremediablemente a través de los siglos y que propicia
una tendencia a estafar, cada cual al nivel que puede, a cuántos incautos
encontremos en nuestro camino, procurando un enriquecimiento personal que sólo
se frena cuando la justicia descubre los delitos, si es que no se encuentra
mientras tanto, otro modo para continuar ejerciendo con impunidad, cualquier
movimiento oculto que engrose nuestra cuenta corriente.
El suicidio de Miguel Blesa, es uno de esos acontecimientos
trágicos que marcan un antes y un después en nuestra percepción de estos hechos
y que repentinamente nos ayudan a poner los pies en la tierra demostrando que a
veces en la vida, la realidad supera a la
ficción, pero que nos ofrece la posibilidad de recolocar todos y cada
uno de los elementos de una historia, volviendo a traer a nuestra memoria el
recuerdo de lo que en ella ocurrió, cuestión que no debe nublar jamás, la
desaparición del protagonista.
Porque aunque hasta
hace relativamente poco tiempo, Miguel Blesa era una figura archifamosa en el ámbito de la economía, amigo íntimo de
ex Presidentes y que en su vida cotidiana se codeaba con los dueños de las
grandes fortunas de todo el mundo y muy particularmente con los empresarios de
más altos vuelos en este país nuestro, para nosotros era un perfecto
desconocido, hasta que de repente, se convirtió en portada de todos los medios
de comunicación, por haber estado realizando durante años una serie de
actividades que traspasaban todos los límites de la ética y la legalidad,
actividades de las que por cierto, no mostró nunca ningún síntoma de
arrepentimiento.
Muy al contrario, acusó sin ningún pudor a los estafados por
las preferentes de haber ignorado la letra pequeña de los enrevesados papeles
que los Bancos les presentaban, llegando a enfrentarse con actitud francamente
agresiva a la gente que le esperaba en las puertas de los juzgados, reclamando
la devolución de los bienes que habían perdido sin remisión, en las oscuras
maniobras orquestadas a nivel nacional, por la banca española.
Nunca se compadeció de las historias que había generado
aquella estafa, mientras al mismo tiempo se despilfarraba a manos llenas el
dinero, por medio de las tarjetas black,
que se otorgaban a personalidades consideradas de renombre, que después
tuvieron que vérselas con la justicia, ni tuvo jamás, un gesto de caridad
frente a la tragedia que vivían quienes lo habían perdido todo, sin saber que
se jugaba con su dinero en operaciones de alto riesgo.
De su posterior caída en desgracia, no puede culparse a los
medios, cuya obligación primera es informar con veracidad de lo que ocurre, sino
a la naturaleza de sus delitos Dio los pasos que dio y corrió los riesgos que
quiso, probablemente convencido de que el poder que ostentaba le conferiría
para siempre una impunidad, que desapareció en cuanto se puso en marcha el
efecto dominó que levantaron las investigaciones realizadas sobre sus
actividades personales.
De nada le sirvieron entonces, ni sus contactos, ni sus
coqueteos con las más altas instancias, ni la soberbia de querer mantener el
orgullo erecto como respuesta a lo
que hizo, así que cualquiera de los
relatos que hemos oído en el día de hoy, por parte de algunos de los pocos
amigos que aún le quedaban, acusando directamente a las presiones sufridas por
parte de los medios, no tienen, perdónenme, ningún sentido e igual que decidió
mantenerse en una línea de total intransigencia, mientras se paseaba por los
juzgados del país, libremente, la decisión de marcharse de la manera que lo ha
hecho le corresponde únicamente a él. Era adulto, libre y listo.
Si merece o no, ahora que ya no está, compasión por parte de
los ciudadanos en general, se convierte en una cuestión de conciencia. El
respeto, ha de ser necesariamente obligatorio, sobre todo para sus familiares y
allegados, pero el hecho de morir no convierte a la gente en mejor de lo que
fueron mientras vivieron, a pesar de que eso sea lo que parece, por tradición,
en esta tierra nuestra.

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