Finalmente, se celebran los actos de conmemoración del
asesinato de Miguel Ángel Blanco, con ciertos abucheos hacia la intervención de
manuela Carmena, en Madrid, generando un clima de desunión que no se veía desde
hace tiempo en cuestiones relativas al terrorismo, que en el ámbito nacional
parece haber desaparecido desde que ETA anunciara el abandono de las armas, en
aquella aparición de la que todos desconfiamos al principio, pero que luego
resultó ser cierta.
La sociedad española y muy particularmente la vasca respiró
tímidamente con aquel anuncio y a medida que han ido transcurriendo los años,
aquella convivencia que parecía imposible, se ha ido paulatinamente
normalizando, aunque queden, no se puede negar, muchas heridas aún abiertas y
algunos se nieguen a reconocer la evidencia de que la violencia terminó, por
suerte y para siempre.
Uno se pregunta, no obstante, por qué cada cierto tiempo, el
PP decide remover las conciencias de los ciudadanos, bien atribuyéndose un
mérito que no le corresponde en absoluto, en la desaparición de la banda, bien
convocando a los familiares de las víctimas para celebrar algún acto
conmemorativo del estilo de los que hoy se llevan a cabo por todo el país, como
si al desaparecer ese enemigo que durante más de cincuenta años mantuvo en
jaque a la Sociedad en general, hubieran perdido una de las bazas principales
que han garantizando en cierto modo, su
permanencia en el poder, quedando huérfanos de un argumentario que les ha dado
múltiples y apetecidos frutos, a lo
largo de su trayectoria política.
Porque quieran o no, la aparición en escena de los familiares
de las víctimas de ETA, por la razón que sea, suele venir acompañada en todos
los casos, por una extensa polémica y acaba por servir para levantar irreconciliables
enemistades entre Partidos de un signo o
de otro, logrando que se olviden, al menos durante unos días, otras cuestiones
menos relacionadas con los sentimientos, como la corrupción, el paro o los
recortes.
No se podría decir lo propio cuando las tragedias suceden a
otras personas, menos cercanas al PP y hoy mismo hemos leído con estupor que el
Ayuntamiento de Guadalajara reclama a Ascensión Mendieta los gastos del
levantamiento de la fosa común en que se encontraron recientemente los restos
de su padre, como si el dolor experimentado durante más de ochenta años por los
familiares de los represaliados por el franquismo, hubiera de ser
necesariamente diferente al que padecen éstas víctimas de primera clase, a las
que el PP ofrece toda su ayuda, por supuesto, sin reclamar a cambio costo
alguno, por el gasto ocasionado en ninguno de los actos a los que asisten.
Tampoco hemos visto jamás que se organice ningún evento
conmemorativo de la muerte de aquellos defensores de la Democracia que lucharon
contra los golpistas durante la guerra civil y ni siquiera que sean, por parte
del PP, reconocidos como víctimas de una barbarie, que sin embargo, todos
sabemos que existió y que en un buen número de casos, continúa existiendo, al
negarse a sus familiares reiteradamente la posibilidad de recuperar los restos
que aún permanecen enterrados en muchas cunetas del país y que constituyen una
vergüenza en la opinión de mayoría de los ciudadanos.
Debe ser que los conservadores creen que estas otras víctimas
no han sufrido bastante o quizá lo que ocurre, es que sus historias
desgarradoras que se han prolongado hasta hoy, afectando a más de tres
generaciones, no aporta la posibilidad de un enaltecimiento de la política
practicada por el PP, ni reporta votos agradecidos a perpetuidad, como ocurre
en el caso de las familias de los caídos en los atentados de ETA.
Así que realmente, ese interés que demuestra permanentemente
el PP por airear el dolor de las víctimas, depende en gran parte, de la
procedencia de los autores de los atentados y casi en su mayoría, de la
ideología defendida por las Asociaciones creadas para defender su recuerdo.
Verán, si yo fuera familiar de un fallecido a manos de ETA,
me negaría tajantemente a que mi dolor fuera recurrentemente utilizado como
moneda de cambio, pues consideraría una profunda falta de respeto, que el
sufrimiento de tanta gente fuera considerado únicamente como un negocio
electoral.
La angustia, la amargura de haber perdido a alguien en estas
espantosas circunstancias, a manos de quién haya sido, han de ser
necesariamente iguales, independientemente de las circunstancias en que se
hayan producido las muertes.
Esto, que la gente de bien tiene meridianamente claro, no
parece entenderlo el PP. Es una pena que haya que estar recordándoselo permanentemente.

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