martes, 4 de julio de 2017

Todo, menos diálogo


El cese de  Jordi Baiget como Conseller de Empresa de la Generalitat, viene a sumarse a los muchos problemas que se ciernen alrededor de la posible celebración del Referendum, colocando  a Puigdemont en el punto de mira de una actualidad que se escribe de manera diferente en  Cataluña y en Madrid, propiciando un mayor recrudecimiento de un conflicto que probablemente no hubiera llegado al punto en el que está, si se hubiera dado, por ambas partes, una oportunidad al diálogo razonado al que todos parecen haberse negado desde el principio, enrocados en sus diferentes posturas de fuerza.
El delito de Baiget, que no ha sido otro que dudar de la posibilidad de que pueda llegar a celebrarse legalmente el Referendum, ha debido molestar y mucho a las Fuerzas que desde el principio han reclamado con fervor el derecho a la Independencia y muy fundamentalmente a ER y CUP, profundamente convencidos de la necesidad de una desconexión que siempre postularon desde sus posiciones ideológicas y que  incluso seguirían defendiendo en el caso de que la consulta se perdiera, cosa que probablemente no ocurriría en el caso del PDeCAT, que durante años pactó con el Gobierno español, sin que se les notara por ello, ni siquiera molestos.
La medida adoptada por Puigdemont, seguramente por haber sido duramente presionado  por sus socios independentistas, ofrece sin embargo un balón de oxígeno al gobierno de Rajoy, que no ha tardado en empezar a calificar al President de la Generalitat como un tirano al que no le duelen prendas a la hora de destituir a cualquiera que no esté totalmente de acuerdo con su propio pensamiento.
El modo en que se ha producido el relevo parece darles aparentemente la razón y hasta podría decirse que visto desde fuera, el modus operandi de Puigdemont no ha sido precisamente elegante, pero llegados al punto en que nos encontramos, la Generalitat y sus socios no pueden, si quieren mantener posiciones, permitir que se resquebraje la firmeza de sus pensamientos, de cara a la galería y menos aún, que pudiera abrirse alguna grieta por la que el Gobierno español encontrara el modo de dar al traste con el programa previsto, meticulosamente estudiado y preparado, para lograr el fin propuesto.
 Todo lo contrario ocurre, por supuesto, en el PP, que ávido por hallar algún resquicio que le permita salir airoso del atolladero en que nos ha metido la flema de su Presidente, busca a diario un modo de enmendar los gravísimos errores cometidos en el pasado y mantenidos en el presente, de los que sólo nos sacaría la celebración de nuevas elecciones generales y autonómicas en Cataluña, siempre que tuviéramos la suerte de que las ganaran interlocutores distintos y dispuestos a negociar, cosa que ya no puede ocurrir, entre estos enemigos declarados que representan los intereses de ambas partes.
Pedro Sánchez, que tras reunirse hoy con el Rey se ha atrevido a proponer la necesidad de abordar urgentemente una reforma constitucional que clarifique estos temas, reconociendo la multinacionalidad del país, sí parece haber entendido con meridiana claridad que los pasos que el Gobierno Rajoy y también el antiguo PSOE, han venido dando no han conseguido llegar a ninguna parte, convirtiendo el problema catalán en un pulso entre dos posturas contrapuestas, que nadie puede ganar si no se avienen a ceder, parte de sus reivindicaciones iniciales,  para poder llegar a un acuerdo.
Así, ni las manifestaciones de Baiget podrían considerarse motivo suficiente  para su  cese, ni el aprovechamiento de la situación que provoca su marcha, debiera en ningún caso, ser aprovechado por el PP, como si se tratara de un triunfo propio.
Porque en el fondo, yo creo que ni los españoles ni los catalanes querríamos que los acontecimientos transcurriesen así, ni que si finalmente pudiera celebrarse el Referendum, se hiciera bajo un clima de desasosiego, sino bajo todas las garantías legales, como ha ocurrido en otros lugares del mundo.
Lo que nos diferencia, no obstante de los demás, es el modo en que ha sido tratado el problema desde el principio y ese españolismo feroz demostrado por el Partido en el poder, que en nada se diferencia del nacionalismo más radical que pudiéramos encontrar en Cataluña, o en cualquier otra parte del planeta.
Así que exigir a los demás cosas que nosotros mismos no seremos jamás capaces de cumplir, no solo nos incapacita a la hora de tomar decisiones, sino que además resulta, por lo menos, grotesco.




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