El cese de Jordi
Baiget como Conseller de Empresa de la Generalitat, viene a sumarse a los
muchos problemas que se ciernen alrededor de la posible celebración del
Referendum, colocando a Puigdemont en el
punto de mira de una actualidad que se escribe de manera diferente en Cataluña y en Madrid, propiciando un mayor
recrudecimiento de un conflicto que probablemente no hubiera llegado al punto
en el que está, si se hubiera dado, por ambas partes, una oportunidad al
diálogo razonado al que todos parecen haberse negado desde el principio,
enrocados en sus diferentes posturas de fuerza.
El delito de Baiget, que no ha sido otro que dudar de la
posibilidad de que pueda llegar a celebrarse legalmente el Referendum, ha
debido molestar y mucho a las Fuerzas que desde el principio han reclamado con
fervor el derecho a la Independencia y muy fundamentalmente a ER y CUP,
profundamente convencidos de la necesidad de una desconexión que siempre
postularon desde sus posiciones ideológicas y que incluso seguirían defendiendo en el caso de
que la consulta se perdiera, cosa que probablemente no ocurriría en el caso del
PDeCAT, que durante años pactó con el Gobierno español, sin que se les notara
por ello, ni siquiera molestos.
La medida adoptada por Puigdemont, seguramente por haber sido
duramente presionado por sus socios
independentistas, ofrece sin embargo un balón de oxígeno al gobierno de Rajoy,
que no ha tardado en empezar a calificar al President de la Generalitat como un
tirano al que no le duelen prendas a la hora de destituir a cualquiera que no
esté totalmente de acuerdo con su propio pensamiento.
El modo en que se ha producido el relevo parece darles
aparentemente la razón y hasta podría decirse que visto desde fuera, el modus
operandi de Puigdemont no ha sido precisamente elegante, pero llegados al punto
en que nos encontramos, la Generalitat y sus socios no pueden, si quieren
mantener posiciones, permitir que se resquebraje la firmeza de sus pensamientos,
de cara a la galería y menos aún, que pudiera abrirse alguna grieta por la que
el Gobierno español encontrara el modo de dar al traste con el programa
previsto, meticulosamente estudiado y preparado, para lograr el fin propuesto.
Todo lo contrario
ocurre, por supuesto, en el PP, que ávido por hallar algún resquicio que le
permita salir airoso del atolladero en que nos ha metido la flema de su
Presidente, busca a diario un modo de enmendar los gravísimos errores cometidos
en el pasado y mantenidos en el presente, de los que sólo nos sacaría la
celebración de nuevas elecciones generales y autonómicas en Cataluña, siempre
que tuviéramos la suerte de que las ganaran interlocutores distintos y
dispuestos a negociar, cosa que ya no puede ocurrir, entre estos enemigos
declarados que representan los intereses de ambas partes.
Pedro Sánchez, que tras reunirse hoy con el Rey se ha
atrevido a proponer la necesidad de abordar urgentemente una reforma
constitucional que clarifique estos temas, reconociendo la multinacionalidad
del país, sí parece haber entendido con meridiana claridad que los pasos que el
Gobierno Rajoy y también el antiguo PSOE, han venido dando no han conseguido
llegar a ninguna parte, convirtiendo el problema catalán en un pulso entre dos
posturas contrapuestas, que nadie puede ganar si no se avienen a ceder, parte
de sus reivindicaciones iniciales, para
poder llegar a un acuerdo.
Así, ni las manifestaciones de Baiget podrían considerarse
motivo suficiente para su cese, ni el aprovechamiento de la situación
que provoca su marcha, debiera en ningún caso, ser aprovechado por el PP, como
si se tratara de un triunfo propio.
Porque en el fondo, yo creo que ni los españoles ni los
catalanes querríamos que los acontecimientos transcurriesen así, ni que si
finalmente pudiera celebrarse el Referendum, se hiciera bajo un clima de
desasosiego, sino bajo todas las garantías legales, como ha ocurrido en otros
lugares del mundo.
Lo que nos diferencia, no obstante de los demás, es el modo
en que ha sido tratado el problema desde el principio y ese españolismo feroz
demostrado por el Partido en el poder, que en nada se diferencia del
nacionalismo más radical que pudiéramos encontrar en Cataluña, o en cualquier
otra parte del planeta.
Así que exigir a los demás cosas que nosotros mismos no
seremos jamás capaces de cumplir, no solo nos incapacita a la hora de tomar
decisiones, sino que además resulta, por lo menos, grotesco.

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