Mientras
se celebraba el partido entre el Real Madrid y la Juventus, en Cardiff, una
furgoneta ocupada por tres individuos
irrumpía a toda velocidad en el Puente de Londres, atropellando a una
veintena de personas que paseaban a esa
hora de la noche por el centro de la Ciudad, para apearse después e ir
apuñalando a los transeúntes que encontraban en su camino hacia el Boroug Market,
dónde también sembraron el pánico entre la gente que tomaba algo
mientras veía el partido.
Un
poco más tarde, en Turín, una amenaza falsa de bomba provocaba una estampida
que se saldó con cuatrocientos heridos, convirtiendo en una pesadilla la que
podría haber sido una noche tranquila de fútbol.
Los
terroristas, que consiguieron escapar, portaban además unos chalecos
aparentemente cargados de explosivos que parece ser que eran falsos, pero cuya
visión multiplicó por mil el pánico que sembraron en la gente que se cruzaron
con ellos y que temieron que en cualquier momento los detonaran, haciendo que
todo saltara por los aires.
El
atentado, que en sus formas recordaba a los perpetrados en Niza y en el mercado
navideño de Berlín, no tiene visos sin embargo, de haber sido minuciosamente
preparado y parece tratarse, más bien, de una acción improvisada por gente
radicalizada a través de la red, que se atreve a poner en práctica una acción
de estas características, en un momento en que
consideran que puede salir bien, aun sin contar apenas con medios.
Los
siete muertos y los 48 heridos de Londres,
podrían haberse cuadriplicado si los explosivos hubieran sido reales,
por lo que la precipitación y la inexperiencia de los autores, en este caso, ha
evitado una tragedia aún mayor, aunque este factor no sirva de consuelo, a los
familiares de los fallecidos y heridos.
Una
nueva noche de tinieblas, que viene a demostrar nuevamente y con toda su
dureza, la vulnerabilidad de Europa y también que los sistemas de prevención
contra atentados no están funcionando en absoluto, por lo que habría que plantearse con urgencia una nueva
estrategia que garantizara la seguridad de los ciudadanos, sobre todo en
lugares de ocio, que parecen ser los preferidos por estos guerrilleros urbanos,
fanatizados por las promesas de una vida mejor, aunque sea después de su propia
muerte.
El
crecimiento reiterado del racismo en Europa y el trato que se dispensa a los
árabes actualmente en el mundo, no sólo no ayudan a su integración, sino que
abren una profunda brecha entre los habitantes de oriente y occidente,
retrotrayéndonos a los siglos en los que se disputaban las cruzadas, como si el
mundo no hubiera sido capaz de avanzar, ni un ápice, en el terreno de estos
sentimientos.
La
pobreza, el hambre, la desesperación y el rechazo evidente, convierten al mundo
árabe en un polvorín a punto de estallar, sin que hasta el momento hayamos
querido encontrar un modo de acercamiento, que cure las heridas que permanecen
abiertas, desde hace varios siglos.
Cada
nuevo atentado, ha de abrir necesariamente en nosotros un periodo de reflexión,
porque aunque son del todo imperdonables este tipo de acciones, saber qué lleva
a determinadas personas a cometerlos, ha de ser una prioridad, si se quiere
erradicar de verdad, el conflicto entre
civilizaciones.
Puede
que todo tenga que ver con la reciprocidad del respeto.

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