Con grandes dosis de solemnidad y un punto de rancia
nostalgia que ha sido el factor común de todos los discursos pronunciados, se
celebraban esta mañana los cuarenta años del nacimiento de nuestra Democracia
en el Congreso, en un acto al que han acudido algunos de aquellos primeros
diputados, incluidos Felipe González y Aznar, en representación de los
Presidentes que hemos tenido desde entonces.
Concebido para el lucimiento en la tribuna de Ana Pastor y el actual Rey Felipe VI, el evento ha ido
transcurriendo con las bancadas llenas hasta la bandera, aunque ahora ocupadas
por gente bien distinta de la que conformara aquel primer Parlamento y en un
momento difícil en la vida política española, que recuerda a los ciudadanos
cómo se han ido deteriorando las cosas y cuántas ilusiones se han ido desde
entonces rompiendo por un camino, que todos iniciamos con la ilusión propia de
quien ve la luz por primera vez, después de haber vivido en la oscuridad,
durante casi medio siglo.
Si les digo la verdad, causaba cierta tristeza contemplar a
qué ha quedado hoy reducido aquel ímpetu que demostraba entonces gente como
González y Guerra y el verles en sus asientos, cargados de años y de canas que
no han querido o sabido defender con la dignidad propia de quiénes son capaces
de mantener sus principios hasta el final, duele en el alma a muchos de los que
confiaron en los vientos de cambio que prometieron en aquellos momentos y que
después se han ido transformando en mera acomodación, quizá porque abandonar la
lucha es el camino más fácil cuando uno ha conseguido situarse, por encima del
nivel del pueblo.
Un poco antes de que comenzara la sesión, Podemos celebraba
un encuentro con familiares de víctimas
del franquismo y caídos en la defensa de la Democracia, que continúan reclamando un reconocimiento
que nunca termina de llegar y que en justicia, les corresponde no sólo por la
importancia que tuvieron como artífices de una lucha en la que se ponía en
juego la vida, sino porque en muchos casos la perdieron, intentando que todos
los demás tuviéramos la oportunidad de ganar una libertad, de la que entonces
carecíamos.
Sin embargo, nadie ha tenido a bien hacer mención a estas
víctimas, mil veces vilipendiadas, olvidadas y castigadas con la indiferencia
de todos los Gobiernos y hemos tenido que conformarnos con el enardecido
discurso que exaltaba a esos grandes hombres que se encargaron de hacer viable
una transición, que ya en aquel momento cerró en falso muchas y dolorosas
heridas, en pos de una línea de hermanamiento nacional, que perjudicaba
claramente y sin contemplaciones, al bando de los perdedores de la guerra.
Y sin embargo, nada de aquello hubiera sido posible sin el
extremado riesgo que corrieron en las calles los ciudadanos y ciudadanas más
valientes, que consideraron abiertamente y sin ningún género de dudas, que con
la muerte del dictador, había llegado el momento de abandonar la clandestinidad
de los lugares oscuros en los que hasta entonces se habían reunido, para tomar
por asalto las calles y hacerlas suyas, ejerciendo una presión que hizo
insoportable el mantenimiento del régimen dictatorial, aunque en el camino se
perdieran vidas.
Mientras hoy se condecoraba a Martín Villa, Ministro de
Interior con Suárez, en una sala del Congreso, las familias de los obreros
asesinados en la Catedral de Vitoria por unas fuerzas de seguridad que se
encontraban bajo su mando, recordaban que está reclamado por la justicia
argentina, la única que se ha puesto hasta ahora, del lado de estas víctimas silenciadas, que
sin embargo tienen derecho a dignificar su lucha y su nombre.
Presumir de la transición olvidando ex profeso las sombras
que oscurecieron sus primeros años y fundamentalmente la valiosísima
colaboración de aquellos viejos luchadores a los que no importaba enfrentarse a
la cárcel o a la muerte, es atribuir un mérito falso a una serie de políticos
que jamás hubieran podido actuar como lo hicieron, si no hieran estado muy
seguros de que les respaldaba un nutrido número de gente comprometida con una
causa común, a la que no se podía renunciar sin plantar cara a las adversidades
del momento.
Ninguno de nosotros sería hoy como es, ni tendría hoy lo que
tiene, ni pensaría hoy como piensa, de no haber sido por esos valientes y sin
ellos, probablemente España hubiera continuado sosteniendo durante algunos años
más, la férrea disciplina impuesta por el aparato de una Dictadura,
perfectamente preparada para aguantar, a base de represión, la comodidad de sus
múltiples privilegios.
Y de nada hubieran servido, ni las presiones internacionales,
ni las supuestas buenas intenciones de los que luego se convirtieron en
leyenda, porque nuestro destino estaba escrito de otra forma y sólo nuestra
decisión, nuestro empeño y nuestro sufrida renuncia al esclarecimiento puntual
de la oscura verdad silenciada durante tanto tiempo, hizo posible que las cosas
salieran de la manera que salieron y que hoy podamos contar el episodio, como
lo estamos relatando.
Quizá por eso, duele la indiferencia de estos que son
considerados como grandes hombres de una Patria, que muchos defendieron teniendo
que aprender a perdonar y a soportar, a los que hasta entonces eran sus
enemigos. Y esas sombras, que quedaron ancladas al corazón, abriendo una
rendija para que un poco de luz iluminara nuestra salida de un pasado trágico y
violento, aún se encuentran latentes en el interior, esperando, cada vez que se
celebra un acto como el de hoy, un poco de comprensión y reconocimiento.
Por todos los que aún vivimos, por los que hace tiempo que se
fueron y sobre todo por los que vendrán, el derecho a que nuestra Historia sea
escrita tal como fue, es una asignatura pendiente que supone un baldón en el
recuerdo.
Alguien lo tiene que decir. Aunque sólo sea por la
satisfacción de hacer saber que no se olvida a los auténticos actores de aquel
momento.

No hay comentarios:
Publicar un comentario