miércoles, 28 de junio de 2017

Sombras en el corazón


Con grandes dosis de solemnidad y un punto de rancia nostalgia que ha sido el factor común de todos los discursos pronunciados, se celebraban esta mañana los cuarenta años del nacimiento de nuestra Democracia en el Congreso, en un acto al que han acudido algunos de aquellos primeros diputados, incluidos Felipe González y Aznar, en representación de los Presidentes que hemos tenido desde entonces.
Concebido para el lucimiento en la tribuna de Ana Pastor   y el actual Rey Felipe VI, el evento ha ido transcurriendo con las bancadas llenas hasta la bandera, aunque ahora ocupadas por gente bien distinta de la que conformara aquel primer Parlamento y en un momento difícil en la vida política española, que recuerda a los ciudadanos cómo se han ido deteriorando las cosas y cuántas ilusiones se han ido desde entonces rompiendo por un camino, que todos iniciamos con la ilusión propia de quien ve la luz por primera vez, después de haber vivido en la oscuridad, durante casi medio siglo.
Si les digo la verdad, causaba cierta tristeza contemplar a qué ha quedado hoy reducido aquel ímpetu que demostraba entonces gente como González y Guerra y el verles en sus asientos, cargados de años y de canas que no han querido o sabido defender con la dignidad propia de quiénes son capaces de mantener sus principios hasta el final, duele en el alma a muchos de los que confiaron en los vientos de cambio que prometieron en aquellos momentos y que después se han ido transformando en mera acomodación, quizá porque abandonar la lucha es el camino más fácil cuando uno ha conseguido situarse, por encima del nivel del pueblo.
Un poco antes de que comenzara la sesión, Podemos celebraba un encuentro con familiares de  víctimas del franquismo y caídos en la defensa de la Democracia,  que continúan reclamando un reconocimiento que nunca termina de llegar y que en justicia, les corresponde no sólo por la importancia que tuvieron como artífices de una lucha en la que se ponía en juego la vida, sino porque en muchos casos la perdieron, intentando que todos los demás tuviéramos la oportunidad de ganar una libertad, de la que entonces carecíamos.
Sin embargo, nadie ha tenido a bien hacer mención a estas víctimas, mil veces vilipendiadas, olvidadas y castigadas con la indiferencia de todos los Gobiernos y hemos tenido que conformarnos con el enardecido discurso que exaltaba a esos grandes hombres que se encargaron de hacer viable una transición, que ya en aquel momento cerró en falso muchas y dolorosas heridas, en pos de una línea de hermanamiento nacional, que perjudicaba claramente y sin contemplaciones, al bando de los perdedores de la guerra.
Y sin embargo, nada de aquello hubiera sido posible sin el extremado riesgo que corrieron en las calles los ciudadanos y ciudadanas más valientes, que consideraron abiertamente y sin ningún género de dudas, que con la muerte del dictador, había llegado el momento de abandonar la clandestinidad de los lugares oscuros en los que hasta entonces se habían reunido, para tomar por asalto las calles y hacerlas suyas, ejerciendo una presión que hizo insoportable el mantenimiento del régimen dictatorial, aunque en el camino se perdieran vidas.
Mientras hoy se condecoraba a Martín Villa, Ministro de Interior con Suárez, en una sala del Congreso, las familias de los obreros asesinados en la Catedral de Vitoria por unas fuerzas de seguridad que se encontraban bajo su mando, recordaban que está reclamado por la justicia argentina, la única que se ha puesto hasta ahora,  del lado de estas víctimas silenciadas, que sin embargo tienen derecho a dignificar su lucha y su nombre.
Presumir de la transición olvidando ex profeso las sombras que oscurecieron sus primeros años y fundamentalmente la valiosísima colaboración de aquellos viejos luchadores a los que no importaba enfrentarse a la cárcel o a la muerte, es atribuir un mérito falso a una serie de políticos que jamás hubieran podido actuar como lo hicieron, si no hieran estado muy seguros de que les respaldaba un nutrido número de gente comprometida con una causa común, a la que no se podía renunciar sin plantar cara a las adversidades del momento.
Ninguno de nosotros sería hoy como es, ni tendría hoy lo que tiene, ni pensaría hoy como piensa, de no haber sido por esos valientes y sin ellos, probablemente España hubiera continuado sosteniendo durante algunos años más, la férrea disciplina impuesta por el aparato de una Dictadura, perfectamente preparada para aguantar, a base de represión, la comodidad de sus múltiples privilegios.
Y de nada hubieran servido, ni las presiones internacionales, ni las supuestas buenas intenciones de los que luego se convirtieron en leyenda, porque nuestro destino estaba escrito de otra forma y sólo nuestra decisión, nuestro empeño y nuestro sufrida renuncia al esclarecimiento puntual de la oscura verdad silenciada durante tanto tiempo, hizo posible que las cosas salieran de la manera que salieron y que hoy podamos contar el episodio, como lo estamos relatando.
Quizá por eso, duele la indiferencia de estos que son considerados como grandes hombres de una Patria, que muchos defendieron teniendo que aprender a perdonar y a soportar, a los que hasta entonces eran sus enemigos. Y esas sombras, que quedaron ancladas al corazón, abriendo una rendija para que un poco de luz iluminara nuestra salida de un pasado trágico y violento, aún se encuentran latentes en el interior, esperando, cada vez que se celebra un acto como el de hoy, un poco de comprensión y reconocimiento.
Por todos los que aún vivimos, por los que hace tiempo que se fueron y sobre todo por los que vendrán, el derecho a que nuestra Historia sea escrita tal como fue, es una asignatura pendiente que supone un baldón en el recuerdo.

Alguien lo tiene que decir. Aunque sólo sea por la satisfacción de hacer saber que no se olvida a los auténticos actores de aquel momento.

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