Hay
momentos, en la vida política de un país, en los que todas las previsiones
auguradas por los expertos resultan ser invalidadas por circunstancias ajenas a
la que sería su propia estimación y se transforman tomando un rumbo diferente
al que se esperaba, fluyendo torrencialmente hacia un punto diametralmente
opuesto, bien porque los escenarios condicionan los acontecimientos, bien
porque los actores principales deciden, por sorpresa, abandonar el guion,
creando en directo un discurso que los aparta de la línea que podría considerarse
como habitual, cuando se piensa en ellos.
Puede
que para muchos y fundamentalmente para el PP, esta Moción de Censura que comenzaba a las nueve en punto de esta
mañana, con la subida a la tribuna de Irene Montero, fuera tomada hasta ayer
mismo con cierta ligereza y hasta una
incomprensible ironía, pero ha bastado el comienzo de la intervención de la
portavoz de Podemos y el tono fresco y
desafiante de sus palabras, para demostrar que lo que estaba ocurriendo en el
Congreso de los Diputados, no sólo no se trataba de una broma, sino que además
había sido minuciosamente estudiado y trabajado, por los de la Formación
morada, como después ha quedado en evidencia, a lo largo de toda la mañana.
Le
ha tocado a Irene Montero el papel de fiscal y lo ha asumido con un entusiasmo
que para sí hubieran querido el defenestrado Moix y algún otro, en el ejercicio
de sus funciones, pillando desprevenidos desde el primer momento a los
censurados con una toda una avalancha de información y datos que ha incluido
hasta 65 nombres de imputados en casos de corrupción, relacionados con el PP,
cuestión en la que se ha centrado gran parte de su intervención, en la que sin
embargo, se han enumerado además, una a una, toda suerte de irregularidades y presuntos
delitos de los que todos hemos tenido conocimiento, llegando a decir que la
Sede central de la corrupción estaba situada en Génova 13 y terminando con la
exigencia irrenunciable de que se devuelva el dinero robado a los españoles,
provocando bastante incomodidad, en la bancada de los populares.
Mucho
ha debido ser el impacto provocado por Montero, porque Rajoy se ha apresurado a
responderle, a pesar de que se dudaba de que lo hiciera, prácticamente hasta
ese momento, pero el argumentario del Presidente, manido hasta la saciedad, ha
dado la impresión de haber estado preparado para responder a una persona distinta y ha sonado como forzado
a ser adelantado, a causa de la dureza empleada por quién le precedió en la
tribuna.
Careciendo
de cualquier atisbo de razón y sin poder negar la evidencia de las pruebas
fehacientes de lo que ocurre en su Partido, la retórica de Rajoy, decimonónica,
aburrida e inconsistente, no ha podido con la frescura y la espontaneidad del
discurso de Montero, hasta el punto de que no le ha quedado otra salida que
recurrir a la archinombrada Venezuela,
en un intento desesperado de frenar lo que se le venía encima,
irremediablemente.
No
esperaba él, encontrar hoy a un Pablo Iglesias absolutamente trasformado,
seguramente por la experiencia adquirida y también por haber aprendido de los
errores cometidos, muy alejado en las formas del discurso capaz de levantar
pasiones y odios, en igual medida y basado, fundamentalmente en defender un
programa de gobierno, pensado, analizado, razonado y sobre todo posible y
argumentado punto por punto, párrafo a párrafo y cita por cita, que parece
haber decidido pasar del ensayo a la actuación, a cuerpo abierto, enfrente de
unos ciudadanos que han seguido, a pesar de la hora, su intervención, con
interés extremo.
La
impresión, ha sido la de haber asistido a un crecimiento personal y profesional
de este político, al que todos empezamos a conocer como líder de un movimiento
asambleario, que se ha presentado esta mañana ante nosotros, por primera vez,
con el empaque y la seriedad necesaria que suelen caracterizar a los grandes
hombres de Estado. Durísimo en el ataque
y sin hacer ningún tipo de concesiones al Presidente , pero siempre correcto en
las maneras y con las dosis de predisposición precisas, para ceder cortésmente
el puesto a cualquier otro candidato, aludiendo veladamente a Pedro Sánchez y
hablándole a corazón abierto.
Un
poco eslavo de la corrección parlamentaria y dando la impresión de estar
esforzándose en todo momento por conseguirla, Iglesias, en su largo discurso,
no se ha olvidado de ningún tema, saltando hábilmente de los reproches
justificados contra la manera de afrontar los mismos que hasta ahora ha tenido
el PP, a ofrecer soluciones posibles para todos y cada uno de ellos,
deteniéndose especialmente en el problema del independentismo catalán, cuya
solución parece cada vez más lejana, por la actitud personal del Presidente.
Claro,
conciso y contundente, pero a la vez, mesurado en las palabras y respetuoso con
las formas, Iglesias ha conseguido por fin, a mi parecer, imponerse a esa
imagen belicosa que muchos le achacaban como su principal defecto para llegar al poder, ganando quizá, una serie de
adeptos que hasta ahora le rechazaban por su apariencia y que seguramente hoy
habrán entendido perfectamente que está del todo preparado para ser Presidente.
Sin
apartarse ni un ápice de su línea
ideológica, la lección ofrecida sobre el conocimiento de los problemas del país
y su apuesta por otro tipo de soluciones, perfectamente explicadas a lo largo
de su intervención, han sido, sencillamente, magistrales.
Aunque
se pierda la moción, queda claro que hemos asistido al nacimiento de un
estadista.

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