martes, 13 de junio de 2017

El nacimiento de un estadista


 Hay momentos, en la vida política de un país, en los que todas las previsiones auguradas por los expertos resultan ser invalidadas por circunstancias ajenas a la que sería su propia estimación y se transforman tomando un rumbo diferente al que se esperaba, fluyendo torrencialmente hacia un punto diametralmente opuesto, bien porque los escenarios condicionan los acontecimientos, bien porque los actores principales deciden, por sorpresa, abandonar el guion, creando en directo un discurso que los aparta de la línea que podría considerarse como habitual, cuando se   piensa en ellos.
Puede que para muchos y fundamentalmente para el PP, esta Moción de Censura  que comenzaba a las nueve en punto de esta mañana, con la subida a la tribuna de Irene Montero, fuera tomada hasta ayer mismo con cierta ligereza y hasta  una incomprensible ironía, pero ha bastado el comienzo de la intervención de la portavoz de Podemos y  el tono fresco y desafiante de sus palabras, para demostrar que lo que estaba ocurriendo en el Congreso de los Diputados, no sólo no se trataba de una broma, sino que además había sido minuciosamente estudiado y trabajado, por los de la Formación morada, como después ha quedado en evidencia, a lo largo de toda la mañana.
Le ha tocado a Irene Montero el papel de fiscal y lo ha asumido con un entusiasmo que para sí hubieran querido el defenestrado Moix y algún otro, en el ejercicio de sus funciones, pillando desprevenidos desde el primer momento a los censurados con una toda una avalancha de información y datos que ha incluido hasta 65 nombres de imputados en casos de corrupción, relacionados con el PP, cuestión en la que se ha centrado gran parte de su intervención, en la que sin embargo, se han enumerado además, una a una, toda suerte de irregularidades y presuntos delitos de los que todos hemos tenido conocimiento, llegando a decir que la Sede central de la corrupción estaba situada en Génova 13 y terminando con la exigencia irrenunciable de que se devuelva el dinero robado a los españoles, provocando bastante incomodidad, en la bancada de los populares.
Mucho ha debido ser el impacto provocado por Montero, porque Rajoy se ha apresurado a responderle, a pesar de que se dudaba de que lo hiciera, prácticamente hasta ese momento, pero el argumentario del Presidente, manido hasta la saciedad, ha dado la impresión de haber estado preparado para responder a  una persona distinta y ha sonado como forzado a ser adelantado, a causa de la dureza empleada por quién le precedió en la tribuna.
Careciendo de cualquier atisbo de razón y sin poder negar la evidencia de las pruebas fehacientes de lo que ocurre en su Partido, la retórica de Rajoy, decimonónica, aburrida e inconsistente, no ha podido con la frescura y la espontaneidad del discurso de Montero, hasta el punto de que no le ha quedado otra salida que recurrir  a la archinombrada Venezuela, en un intento desesperado de frenar lo que se le venía encima, irremediablemente.
No esperaba él, encontrar hoy a un Pablo Iglesias absolutamente trasformado, seguramente por la experiencia adquirida y también por haber aprendido de los errores cometidos, muy alejado en las formas del discurso capaz de levantar pasiones y odios, en igual medida y basado, fundamentalmente en defender un programa de gobierno, pensado, analizado, razonado y sobre todo posible y argumentado punto por punto, párrafo a párrafo y cita por cita, que parece haber decidido pasar del ensayo a la actuación, a cuerpo abierto, enfrente de unos ciudadanos que han seguido, a pesar de la hora, su intervención, con interés extremo.
La impresión, ha sido la de haber asistido a un crecimiento personal y profesional de este político, al que todos empezamos a conocer como líder de un movimiento asambleario, que se ha presentado esta mañana ante nosotros, por primera vez, con el empaque y la seriedad necesaria que suelen caracterizar a los grandes hombres de Estado. Durísimo  en el ataque y sin hacer ningún tipo de concesiones al Presidente , pero siempre correcto en las maneras y con las dosis de predisposición precisas, para ceder cortésmente el puesto a cualquier otro candidato, aludiendo veladamente a Pedro Sánchez y hablándole a corazón abierto.
Un poco eslavo de la corrección parlamentaria y dando la impresión de estar esforzándose en todo momento por conseguirla, Iglesias, en su largo discurso, no se ha olvidado de ningún tema, saltando hábilmente de los reproches justificados contra la manera de afrontar los mismos que hasta ahora ha tenido el PP, a ofrecer soluciones posibles para todos y cada uno de ellos, deteniéndose especialmente en el problema del independentismo catalán, cuya solución parece cada vez más lejana, por la actitud personal del Presidente.
Claro, conciso y contundente, pero a la vez, mesurado en las palabras y respetuoso con las formas, Iglesias ha conseguido por fin, a mi parecer, imponerse a esa imagen belicosa que muchos le achacaban como su principal defecto para  llegar al poder, ganando quizá, una serie de adeptos que hasta ahora le rechazaban por su apariencia y que seguramente hoy habrán entendido perfectamente que está del todo preparado para ser Presidente.
Sin apartarse ni un ápice  de su línea ideológica, la lección ofrecida sobre el conocimiento de los problemas del país y su apuesta por otro tipo de soluciones, perfectamente explicadas a lo largo de su intervención, han sido, sencillamente, magistrales.

Aunque se pierda la moción, queda claro que hemos asistido al nacimiento de un estadista.

No hay comentarios:

Publicar un comentario