Llevaba
Ascensión Mendieta, de 91 años de edad, ochenta años sin poder reencontrarse con Timoteo, el padre que le
arrebataron durante la Guerra Civil y que fue fusilado, como otros tantos
hombres y mujeres, en Noviembre de 1939
y protagonizando una lucha denodada contra el tiempo, sin quererse
marchar hasta no tener la certeza de poder devolver a su progenitor, al que
nunca olvidó, la dignidad robada en aquellos años oscuros de niebla y de
forzado silencio, en los que a muchos se nos prohibieron hasta los recuerdos y en los que no pudimos hacer nada más que luchar en clandestinidad y
llorar en la intimidad, a nuestros muertos.
Tuvimos,
unos leves momentos de esperanza, cuando se aprobó la Ley de Memoria histórica
y se empezaron a levantar las tierras apelmazadas de las fosas comunes ubicadas
en cientos de cunetas, momento que se nubló, otra vez, sin remisión, en cuanto
Mariano Rajoy tomó las riendas del Gobierno, destrozando las ilusiones de todos
aquellos que continuaban sin encontrar a los suyos y entre ellos Ascensión,
cuyos ojos empañados de lágrimas, nos hirieron en lo más profundo del corazón,
la primera vez que la vimos.
Fue
su voz nunca silenciada, salida de ese cuerpo menudo y anciano, con indomable
firmeza, un revulsivo para las conciencias de los escépticos y una daga capaz
de horadar los sentimientos de los compartíamos su historia, que es la Historia
de todos, a la que aún queda un capítulo por cerrar, escrito con la sangre
incolora que aún mana de aquellas
heridas abiertas.
Hace
sólo unos días, Ascensión ha podido cumplir su sueño y la emoción que la
embargaba mientras le confirmaban los forenses que los restos de su padre
habían aparecido, por fin, en una fosa de Guadalajara, no era, sino el reflejo
de nuestra propia sensación, su alegría, era nuestra alegría y el final feliz
de su vida, un colofón de oro, para este guion inacabado, que todos empezamos a
escribir, hace ya tanto tiempo.
Las
búsquedas, que no han terminado ni terminarán mientras la conciencia colectiva
de los españoles no asuma que todo aquello que ocurrió fue un error que jamás
debe volver a repetirse y que vencedores
y vencidos de aquella espantosa contienda han de gozar, obligatoriamente, de
los mismos e inalienables derechos,
pueden llegar para algunos, sin embargo, demasiado tarde, como ya llegó para
otros tantos que murieron, sin haber encontrado a sus seres queridos.
Hay,
es verdad, que enterrar los odios y rencores que crecieron como la mala hierba
entre nosotros con aquella maldita guerra, pero es imposible olvidar, dar un
paso adelante y perdonar, si no se cierran todos los duelos que se produjeron
hace ya ochenta años y que siguen sin resolverse.
Y
no hay que callar. Ya lo callamos todo mientras la dictadura difamaba,
ultrajaba y humillaba nuestro propio nombre y los de nuestros muertos.
Es
el nuestro, un grito bronco y desesperado que no reclama más que justicia y la
nuestra, una espera que se hace interminable, que mina con su incesante goteo,
la paz que precisamos para seguir viviendo.
La
tenacidad de Ascensión, la desgarrada lucha que ha protagonizado, sin rendirse,
ni a las adversidades, ni a la intolerancia, ni al desprecio, constituye hoy un
ejemplo a seguir para todos los que anónimamente continúan aguardando también,
el reencuentro.
Por
ellos, por ella, por nosotros y porque brille al fin la verdad de lo que pasó
con los nuestros, es imposible abandonar, pues dejar de buscar sería, como
renunciar a que se reconozca, por fin, el verdadero calado de nuestro
sufrimiento.

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