lunes, 19 de junio de 2017

Tragedia en el país hermano


La terrible ola de calor que hemos estado padeciendo  estos días trae consigo luctuosas consecuencias y se cobra 62 víctimas mortales en un incendio sobrevenido el centro de Portugal, a causa de un rayo que ha prendido como la yesca, árboles y vegetación reseca, por la falta de lluvias.
Hay además, otros 62 heridos afectados por esta tragedia que pone en evidencia la falta de medios reales para combatir estos sucesos, a veces provocados, a veces fortuitos, que ocurren en la Península Ibérica, todos los años.
Llora el país vecino a estos muertos que en su mayoría se vieron atrapados dentro de sus coches por la voracidad de unas llamas que empujadas por un fuerte viento se extendieron como la pólvora en muy poco tiempo, dando lugar a uno de los sucesos más graves de cuántos han sucedido en el país hermano y también en el nuestro.
El fuego, que continuaba activo a primeras horas de esta mañana, ha necesitado de la colaboración española, siempre  dispuesta para este tipo de acontecimientos, que van a resultar difíciles de olvidar para aquellos que han conseguido salir vivos de entre el humo y el fuego.
Mientras los bomberos luchaban con todas sus fuerzas para controlar los puntos por los que se propagaba el incendio, un individuo arremetía contra los musulmanes que salían de una mezquita en Londres, imitando las acciones terroristas llevadas a cabo en la capital del Reino Unido y otras partes del mundo, por islamistas radicales, simpatizantes de la causa de ISIS.
La impotencia, era en ambos casos, el de Portugal y el británico, una sensación generalizada que recorría las venas de la gente de bien, que no puede entender, ni el hecho de que no se tomen más medidas contra los incendios forestales, ni que se vaya propagando poco a poco una incomprensible islamofobía, que ya ha empezado a mostrar sus más terribles consecuencias.
 Los tres días de luto decretados en Portugal, sin duda servirán a sus dirigentes, para reflexionar intensamente sobre qué hacer en un futuro casi inminente y para establecer, quizá, unos protocolos de actuación mucho más efectivos, aunque sólo sea por respeto al recuerdo de tantos muertos.
El otro problema, tiene más difícil solución, pues este método del ataque directo sobre la gente corriente, requiere, también en el caso de los imitadores del otro signo, poca preparación y sólo se puede rogar que no sean muchos los que se atrevan a ponerlo en práctica, aumentando la violencia en las calles de las grandes ciudades y provocando en la gente una sensación de inseguridad, nociva para la Sociedad al completo.
No es éste el modo de combatir el problema del terrorismo y esto ha quedado sobradamente demostrado, a lo largo del tiempo. La gente de paz, practique la religión que practique y pertenezca a oriente o a occidente, está por el bien común, condenada a entenderse, si no se quiere provocar un enfrentamiento crónico entre dos tipos de culturas, perfectamente capaces de convivir, si quieren, en perfecta armonía, apelando siempre al respeto.
Las hordas radicales de uno y otro bando, la práctica de la violencia indiscriminada, queriendo pagar muertes con muertes, no puede, sino incrementar el fracaso de   las políticas represivas impuestas y ofrecer a los que nos siguen en el tiempo, un futuro mucho peor y menos enriquecedor que el que les proporcionaría un mestizaje pacífico, que sólo será posible desterrando la idea de que lo diferente es peor que lo nuestro.

Últimamente, estamos llorando a demasiada gente.  

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