miércoles, 10 de mayo de 2017

Una regeneración necesaria y urgente


Lo que viene ocurriendo en este país nuestro, en torno al mundo de la justicia y muy especialmente en lo que se relaciona con las terribles presiones que están sufriendo los fiscales encargados de los casos de corrupción, no puede, sino calificarse como un hecho insólito e inaceptable, que trata de modificar el camino recto que deben seguir, sin excepciones, los encargados de aplicar la Ley y que choca frontalmente con el derecho de los ciudadanos a ser defendidos contundentemente de cualquier delito que contra ellos se cometiera, individual o colectivamente.
No pasa últimamente un solo día sin que se pongan en tela de juicio las actuaciones de determinados cargos nombrados directamente por el gobierno para luchar, supuestamente, contra la corrupción, ni un solo momento en que no vayan quedando claras las continuas injerencias del Estado en asuntos que atañen directamente a políticos investigados por este tipo de delitos y que sugieren la intención de querer parar como sea la posibilidad de que pudiera incrementarse la larga lista de condenados pertenecientes al PP, que por desgracia, todos conocemos.
La última e inoportuna filtración que se ha producido sobre el caso Lezo y que ha traído como consecuencia la petición de la dimisión del Fiscal anticorrupción, Manuel Moix, por la oposición al completo, se complementa hoy con la noticia de que fue posiblemente el número dos de interior, José Antonio Nieto, quién avisó a Ignacio González de que estaba siendo investigado y que su detención parecía ser inminente.
A la hora en que escribo este artículo, el citado en segundo lugar, trata de defenderse en una comparecencia en el Congreso de las acusaciones que se vierten sobre su persona, pero en el mundo en que vivimos, resulta infinitamente difícil ocultar cualquier movimiento a los ojos de los demás, pues los medios con los que se cuenta a la hora de seguir una investigación han  dejado de ser, como hasta hace bien poco, absolutamente rudimentarios, para ser dotados de una sofisticación que asombraría a cualquiera que nada supiera sobre las técnicas empleadas para estos fines y con las que por supuesto se cuenta, cuando se trata de cuestiones de extrema gravedad, como ésta a la que nos referimos y que afecta a los mismos cimientos de una Democracia, que ha entrado en un doloroso trance de crisis, precisamente por estos argumentos.
Puede que en un pasado no muy lejano, el abuso del nepotismo fuera una práctica habitual en el Partido Popular, sin que las conversaciones y encuentros mantenidos entre sus miembros más relevantes llegaran nunca a conocerse, a causa de esa nefasta mayoría absoluta con la que contaban en el Parlamento,  pero la inesperada irrupción en la política española de nuevas Formaciones y la fragmentación sobrevenida, tras el resultado de las últimas elecciones, ha puesto en el ojo del huracán todas y cada una de las acciones de los altos cargos del Partido en el gobierno, que además de ser ahora examinadas con lupa, pueden a la vez, ser cuestionadas y juzgadas con una contundencia inimaginable hace solo unos años, pero que ha hecho despertar a la Sociedad del letargo en el que la tenía sumida la alternancia en el poder, de socialistas y conservadores.
Este despertar, fundamentalmente influido por el torrente de información vertido por esos medios de comunicación a los que se pretende a toda costa silenciar, con medidas disuasorias de escasa legalidad en un estado de derecho, genera, como no  podría ser de otra manera, una indignación que exige con urgencia la regeneración de ciertas instituciones judiciales y muy fundamentalmente, que quiénes las dirijan a partir de ahora sean elegidos por un consenso necesario que garantice  plenamente su limpieza.
Echando la vista atrás y mirando los casos ocurridos en otros países del mundo, lo que está pasando en este nuestro sería, sin atisbo de duda, motivo suficiente para exigir la dimisión de todo el Gobierno.



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