lunes, 22 de mayo de 2017

La justicia del pueblo


Gana Pedro Sánchez las Primarias del PSOE, demostrando a Susana Díaz y sus leales barones que dirigir un Partido no puede significar jamás un ejercicio de tiranía y que el respeto hacia las personas y sus pensamientos, ha de estar, necesariamente, por encima de todo lo demás, pues la violencia ejercida sobre los demás suele despertar de inmediato una  reacción de rebeldía, que ejercida con cierta inteligencia, acaba provocando un efecto boomerang, imposible de evitar por la fuerza de su contundencia.
Y contundente e incontestable ha sido la victoria de Sánchez, a quién se defenestró sin contemplaciones con una especie de golpe de estado encubierto y muy fundamentalmente, sin consultar a aquellos que lo eligieron, haciendo sentir a esa militancia de base que no tiene aspiraciones de poder personal y que lucha todos los días, por fidelidad a unos principios, que su opinión, en este Partido centenario, no sólo resultaba para la cúpula dirigente en general, del todo irrelevante, sino que se lesionaban además todos los derechos contemplados en  los Estatutos de la Formación, convirtiendo a las bases en una masa gris a la que se puede manejar al antojo de los que ostentan el poder, lesionando gravemente su libertad de expresión y su derecho participativo en las decisiones importantes.
Creyó Susana Díaz, hasta ayer tarde, que lo tenía todo ganado y que España era Andalucía, dónde los estómagos agradecidos y las presiones ejercidas sobre los socialistas de a pie, le han otorgado una posición de poder absoluto, que resultó evidente en el recuento de votos anoche, pero que en nada le aseguraban el beneplácito de los militantes del resto del país, que quizá siempre tuvieron la certeza de que la orquestación del golpe de estado de Ferraz, la tuvo como directora y también de que esa soberbia política que demuestra en cada una de sus intervenciones, le resta la necesaria elegancia que debe caracterizar a un político de empaque y que ha de ser compañera inseparable de su valía y su carisma.
Creyó, que contando con el respaldo de las viejas glorias y el aplauso de sus privilegiados barones territoriales, no podía más que salir vencedora de la contienda y no ahorró, durante todo el camino, insultos y descalificaciones que más que llegar al corazón de su militancia, la retrataron a la perfección como persona y como política, empujándola sin remisión hacia ese segundo puesto que tantas veces ha denostado con desagradable ironía, como si ya tuviera el mundo en sus manos y no hubiera otra opción que seguir el camino marcado por su dedo, igual que en una dictadura fascista.
Ayer, aterrizó de bruces en la realidad y la justicia del pueblo, sabia como ninguna, le ofreció de repente la oportunidad de probar el amargo sabor de la derrota, esta vez, al contrario que en el caso de Sánchez, a través del lenguaje de las urnas, limpiamente y sin conspiraciones, aplicándole un correctivo de humildad que estaba necesitando hace tiempo y que ciertamente, no olvidará en toda su vida.
No se puede, sino felicitar al ganador y no ya porque Sánchez vaya a ser quién consiga unir los jirones de este PSOE medio deshecho que agoniza por haberse apartado tanto de su camino, sino porque merecía, en justicia, una compensación moral por todo lo ocurrido y una oportunidad real de poder demostrar su auténtica valía, sin las durísimas presiones ejercidas desde las baronías, que tuvo que soportar durante su anterior etapa como Secretario General del Partido.
Han tenido que ser los militantes, tan imprescindibles y valiosos en cualquier Formación que se precie, los que hayan determinado a través de sus votos libres, qué lugar corresponde en su Partido, a cada cual y su pensamiento, irrebatible por los resultados de la consulta, será el que a partir de ahora haya de marcar las líneas que se deben seguir y qué fronteras no se deben traspasar, bajo ningún concepto.
Decía Susana Díaz, en el Debate, que el problema del PSOE era Pedro Sánchez, acusándole directamente de los malos resultados obtenidos en las últimas elecciones. Naturalmente, erraba. El problema era y aún es, el abandono de los principios ideológicos que siempre caracterizaron al socialismo y la derechización evidente que algunos de sus líderes, empezando por González y siguiendo por la propia Presidenta andaluza, han protagonizado de un tiempo a esta parte.
A partir de hoy, no cabe, si no reconducir el camino y ese canto de La Internacional, con que Sánchez y los suyos celebraron el triunfo, parecía preludiar la reconciliación con la izquierda.
Muchos, lo escuchamos con emoción. Hacía mucho tiempo que no se veían puños en alto en ningún acto de los socialistas.
Las caras de los perdedores, la prisa en escapar de los medios para no tener que enfrentarse a las explicaciones que se les iban a exigir y la inmediata dimisión de Hernando, el peor de todos los que traicionaron a Sánchez después de su caída, fueron dignos de ser observados con minuciosidad, aunque pasaran del todo inadvertidos, por la fogosidad del momento.
Díaz, en su intervención, ni siquiera fue capaz de pronunciar el nombre del ganador, incapaz de asimilar su derrota y empezando a entrever, que el tiempo en que manejaba los hilos del PSOE a su antojo, se habían terminado para siempre.

Ya les digo yo que algo intentará, pero la verdad, a partir de ayer, se ha quedado sin argumentos. 

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