Gana Pedro Sánchez las Primarias del PSOE, demostrando a
Susana Díaz y sus leales barones que dirigir un Partido no puede significar
jamás un ejercicio de tiranía y que el respeto hacia las personas y sus
pensamientos, ha de estar, necesariamente, por encima de todo lo demás, pues la
violencia ejercida sobre los demás suele despertar de inmediato una reacción de rebeldía, que ejercida con cierta
inteligencia, acaba provocando un efecto boomerang, imposible de evitar por la
fuerza de su contundencia.
Y contundente e incontestable ha sido la victoria de Sánchez,
a quién se defenestró sin contemplaciones con una especie de golpe de estado
encubierto y muy fundamentalmente, sin consultar a aquellos que lo eligieron,
haciendo sentir a esa militancia de base que no tiene aspiraciones de poder
personal y que lucha todos los días, por fidelidad a unos principios, que su
opinión, en este Partido centenario, no sólo resultaba para la cúpula dirigente
en general, del todo irrelevante, sino que se lesionaban además todos los
derechos contemplados en los Estatutos
de la Formación, convirtiendo a las bases en una masa gris a la que se puede
manejar al antojo de los que ostentan el poder, lesionando gravemente su libertad
de expresión y su derecho participativo en las decisiones importantes.
Creyó Susana Díaz, hasta ayer tarde, que lo tenía todo ganado
y que España era Andalucía, dónde los estómagos agradecidos y las presiones
ejercidas sobre los socialistas de a pie, le han otorgado una posición de poder
absoluto, que resultó evidente en el recuento de votos anoche, pero que en nada
le aseguraban el beneplácito de los militantes del resto del país, que quizá
siempre tuvieron la certeza de que la orquestación del golpe de estado de
Ferraz, la tuvo como directora y también de que esa soberbia política que
demuestra en cada una de sus intervenciones, le resta la necesaria elegancia
que debe caracterizar a un político de empaque y que ha de ser compañera
inseparable de su valía y su carisma.
Creyó, que contando con el respaldo de las viejas glorias y
el aplauso de sus privilegiados barones territoriales, no podía más que salir
vencedora de la contienda y no ahorró, durante todo el camino, insultos y
descalificaciones que más que llegar al corazón de su militancia, la retrataron
a la perfección como persona y como política, empujándola sin remisión hacia
ese segundo puesto que tantas veces ha denostado con desagradable ironía, como
si ya tuviera el mundo en sus manos y no hubiera otra opción que seguir el
camino marcado por su dedo, igual que en una dictadura fascista.
Ayer, aterrizó de bruces en la realidad y la justicia del pueblo,
sabia como ninguna, le ofreció de repente la oportunidad de probar el amargo
sabor de la derrota, esta vez, al contrario que en el caso de Sánchez, a través
del lenguaje de las urnas, limpiamente y sin conspiraciones, aplicándole un
correctivo de humildad que estaba necesitando hace tiempo y que ciertamente, no
olvidará en toda su vida.
No se puede, sino felicitar al ganador y no ya porque Sánchez
vaya a ser quién consiga unir los jirones de este PSOE medio deshecho que
agoniza por haberse apartado tanto de su camino, sino porque merecía, en
justicia, una compensación moral por todo lo ocurrido y una oportunidad real de
poder demostrar su auténtica valía, sin las durísimas presiones ejercidas desde
las baronías, que tuvo que soportar durante su anterior etapa como Secretario
General del Partido.
Han tenido que ser los militantes, tan imprescindibles y
valiosos en cualquier Formación que se precie, los que hayan determinado a
través de sus votos libres, qué lugar corresponde en su Partido, a cada cual y
su pensamiento, irrebatible por los resultados de la consulta, será el que a
partir de ahora haya de marcar las líneas que se deben seguir y qué fronteras
no se deben traspasar, bajo ningún concepto.
Decía Susana Díaz, en el Debate, que el problema del PSOE era
Pedro Sánchez, acusándole directamente de los malos resultados obtenidos en las
últimas elecciones. Naturalmente, erraba. El problema era y aún es, el abandono
de los principios ideológicos que siempre caracterizaron al socialismo y la
derechización evidente que algunos de sus líderes, empezando por González y
siguiendo por la propia Presidenta andaluza, han protagonizado de un tiempo a
esta parte.
A partir de hoy, no cabe, si no reconducir el camino y ese
canto de La Internacional, con que Sánchez y los suyos celebraron el triunfo,
parecía preludiar la reconciliación con la izquierda.
Muchos, lo escuchamos con emoción. Hacía mucho tiempo que no
se veían puños en alto en ningún acto de los socialistas.
Las caras de los perdedores, la prisa en escapar de los
medios para no tener que enfrentarse a las explicaciones que se les iban a
exigir y la inmediata dimisión de Hernando, el peor de todos los que
traicionaron a Sánchez después de su caída, fueron dignos de ser observados con
minuciosidad, aunque pasaran del todo inadvertidos, por la fogosidad del
momento.
Díaz, en su intervención, ni siquiera fue capaz de pronunciar
el nombre del ganador, incapaz de asimilar su derrota y empezando a entrever,
que el tiempo en que manejaba los hilos del PSOE a su antojo, se habían
terminado para siempre.
Ya les digo yo que algo intentará, pero la verdad, a partir
de ayer, se ha quedado sin argumentos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario