Casi cuarenta y dos años han tenido que pasar, para que el
Parlamento español apruebe, con la excepción del PP, la exhumación de los
restos de Franco, que fueron sepultados en el Valle de los caídos, tras su
fallecimiento en 1975 y que resulta ser el único monumento europeo que ensalza
la victoria de las tropas fascistas que se produjo tras una cruenta guerra
civil y que trajo como consecuencia, un
oscuro periodo dictatorial que duró hasta la misma muerte de quién la
presidiera durante más de cuatro décadas.
Se da la circunstancia, ya lo hemos referido otras veces, de
que este monumento fue construido, en condiciones absolutamente infrahumanas
por presos pertenecientes al bando republicano y que muchos se dejaron allí la
vida, quedando sus cuerpos sepultados bajo el conjunto monumental que durante
mucho tiempo ha servido para celebrar actos que recordaban por su fondo y su
estética, a los que protagonizaron los seguidores de Mussolini y Hitler, sin
que hasta ahora, ninguno de los gobiernos que han pasado por la Moncloa, tras
la llegada de la Democracia, se hubiera atrevido a proponer su desaparición,
aunque sólo fuera para cerrar heridas que continúan abiertas en el corazón de
los familiares de esos vencidos que durante años fueron maltratados,
perseguidos y vejados por el régimen tiránico
del general y que en algunos casos,
continúan sin hallar los restos de sus muertos, para poder devolverles la
dignidad que les robaron, entonces, aquellos golpistas.
Es por ello, que aunque la resolución aprobada hoy en el
Parlamento no resulta ser de obligado cumplimiento para este Gobierno, si que
constituye, en cierto modo, una especie de bálsamo sanador para todos aquellos
que durante los oscuros años de la Dictadura continuaron defendiendo la
libertad y también, el honor de los que perdieron la vida en la absurda
contienda, cuya memoria fue silenciada mientras proliferaban los homenajes y
los privilegios para los que apoyaron el golpe de estado, creando una situación
que dividía claramente al país en dos y que permanece aún anclada en el corazón
de los españoles, por no haber sido jamás remediada por los encargados de
administrar una justicia, absolutamente ineficaz, poco atrevida y factible de
ser cambiada, según se alternaban los Gobiernos.
La aplicación de la Ley de Memoria Histórica, que trajo una
esperanza a los que tanto tiempo habían esperado un poco de respeto para los
suyos, quedó absolutamente sepultada con la llegada al poder de Mariano Rajoy,
que no ha invertido un solo euro en esta materia, por considerar, lo ha dicho y
recalcado muchas veces, que a nadie importa ya lo ocurrido en el pasado y que
su obligación, como Presidente, no es otra que mirar al futuro, aunque el
precio a pagar por esta afirmación sea el de intentar hacer desaparecer este
negro episodio de nuestra Historia, seguramente porque sus preferencias
personales han de encontrarse necesariamente, mucho más cerca de los que fueron
los vencedores.
Su postura, que ha quedado meridianamente clara en el día de
hoy, cuando ha obligado a sus parlamentarios a votar en contra de la exhumación
del cadáver del dictador, tiene sin embargo un trasfondo demasiado amargo para
una gran parte de la población, pues demuestra taxativamente su desprecio hacia
el resto de los Partidos que forman el Parlamento y por ende, a los ciudadanos
que los votaron y de los que nunca podrá, por esta y por otras acciones,
considerarse Presidente.
El demoledor efecto de intentar conservar a toda costa un
monumento claramente dedicado al fascismo y su empecinamiento en mantener vivo
un lugar de nefasto recuerdo para los que perdieron allí a sus seres queridos,
en condiciones sórdidas, puede dar una idea de cuáles son las raíces reales del
pensamiento de Rajoy y los suyos y dar por sentado que nada harán, mientras se
les mantengan en el Gobierno.
Sin embargo, el error de no asumir la Historia, tal como sucedió,
los reiterados intentos de intentar disfrazarla con inaceptables subterfugios,
que en el fondo recuerdan demasiado a los argumentos empleados durante la
Dictadura, no sólo no hará desaparecer la verdad. Para eso, existen, a nivel
mundial, expertos historiadores, que ya se han encargado de narrar con
objetividad lo acaecido en ese pasado que a Rajoy le interesa olvidar y
también, en este presente que hoy vivimos, dejando plasmadas en los libros,
para las generaciones posteriores, todas y cada una de las actuaciones que
ha tomado este Presidente y por
supuesto, también y muy especialmente, su negativa a condenar los símbolos del
fascismo y no sólo en el día de hoy, en esta sesión del Parlamento.

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