jueves, 11 de mayo de 2017

Para cerrar heridas


Casi cuarenta y dos años han tenido que pasar, para que el Parlamento español apruebe, con la excepción del PP, la exhumación de los restos de Franco, que fueron sepultados en el Valle de los caídos, tras su fallecimiento en 1975 y que resulta ser el único monumento europeo que ensalza la victoria de las tropas fascistas que se produjo tras una cruenta guerra civil y  que trajo como consecuencia, un oscuro periodo dictatorial que duró hasta la misma muerte de quién la presidiera durante más de cuatro décadas.
Se da la circunstancia, ya lo hemos referido otras veces, de que este monumento fue construido, en condiciones absolutamente infrahumanas por presos pertenecientes al bando republicano y que muchos se dejaron allí la vida, quedando sus cuerpos sepultados bajo el conjunto monumental que durante mucho tiempo ha servido para celebrar actos que recordaban por su fondo y su estética, a los que protagonizaron los seguidores de Mussolini y Hitler, sin que hasta ahora, ninguno de los gobiernos que han pasado por la Moncloa, tras la llegada de la Democracia, se hubiera atrevido a proponer su desaparición, aunque sólo fuera para cerrar heridas que continúan abiertas en el corazón de los familiares de esos vencidos que durante años fueron maltratados, perseguidos y vejados por  el régimen tiránico del general y que en  algunos casos, continúan sin hallar los restos de sus muertos, para poder devolverles la dignidad que les robaron, entonces, aquellos golpistas.
Es por ello, que aunque la resolución aprobada hoy en el Parlamento no resulta ser de obligado cumplimiento para este Gobierno, si que constituye, en cierto modo, una especie de bálsamo sanador para todos aquellos que durante los oscuros años de la Dictadura continuaron defendiendo la libertad y también, el honor de los que perdieron la vida en la absurda contienda, cuya memoria fue silenciada mientras proliferaban los homenajes y los privilegios para los que apoyaron el golpe de estado, creando una situación que dividía claramente al país en dos y que permanece aún anclada en el corazón de los españoles, por no haber sido jamás remediada por los encargados de administrar una justicia, absolutamente ineficaz, poco atrevida y factible de ser cambiada, según se alternaban los Gobiernos.
La aplicación de la Ley de Memoria Histórica, que trajo una esperanza a los que tanto tiempo habían esperado un poco de respeto para los suyos, quedó absolutamente sepultada con la llegada al poder de Mariano Rajoy, que no ha invertido un solo euro en esta materia, por considerar, lo ha dicho y recalcado muchas veces, que a nadie importa ya lo ocurrido en el pasado y que su obligación, como Presidente, no es otra que mirar al futuro, aunque el precio a pagar por esta afirmación sea el de intentar hacer desaparecer este negro episodio de nuestra Historia, seguramente porque sus preferencias personales han de encontrarse necesariamente, mucho más cerca de los que fueron los vencedores.
Su postura, que ha quedado meridianamente clara en el día de hoy, cuando ha obligado a sus parlamentarios a votar en contra de la exhumación del cadáver del dictador, tiene sin embargo un trasfondo demasiado amargo para una gran parte de la población, pues demuestra taxativamente su desprecio hacia el resto de los Partidos que forman el Parlamento y por ende, a los ciudadanos que los votaron y de los que nunca podrá, por esta y por otras acciones, considerarse Presidente.
El demoledor efecto de intentar conservar a toda costa un monumento claramente dedicado al fascismo y su empecinamiento en mantener vivo un lugar de nefasto recuerdo para los que perdieron allí a sus seres queridos, en condiciones sórdidas, puede dar una idea de cuáles son las raíces reales del pensamiento de Rajoy y los suyos y dar por sentado que nada harán, mientras se les mantengan en el Gobierno.

Sin embargo, el error de no asumir la Historia, tal como sucedió, los reiterados intentos de intentar disfrazarla con inaceptables subterfugios, que en el fondo recuerdan demasiado a los argumentos empleados durante la Dictadura, no sólo no hará desaparecer la verdad. Para eso, existen, a nivel mundial, expertos historiadores, que ya se han encargado de narrar con objetividad lo acaecido en ese pasado que a Rajoy le interesa olvidar y también, en este presente que hoy vivimos, dejando plasmadas en los libros, para las generaciones posteriores, todas y cada una de las actuaciones que ha  tomado este Presidente y por supuesto, también y muy especialmente, su negativa a condenar los símbolos del fascismo y no sólo en el día de hoy, en esta sesión del Parlamento.

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